Extractos de autonomía zapatista

En el Caracol Jacinto Canek, territorio autónomo zapatista, tuvo lugar el encuentro de arte y resistencia. Jóvenes zapatistas que han crecido luego del levantamiento armado de 1994 muestran con sus formas de vida los frutos de esa rebeldía.

Por Carolina Fernández Ares


I.

Ninguna tiene hijos. Eso es lo primero que me llama la atención al hablar con cinco amigas del Caracol 5, municipio de Roberto Barrios, en este encuentro internacional de arte que organiza el zapatismo. Tienen veintitrés años, no tienen hijos y por ahora no eligen tenerlos. Tampoco pareja, dice una escondiéndose detrás de otra entre risas. Ya oscureció, y las pocas lamparitas cercanas muestran cierta complicidad que deja inmiscuirse la posibilidad de que esa segunda respuesta no sea demasiado fiel a los hechos. Noto un dejo de timidez y gracia. Pero las miradas son certeras, firmes, determinantes. 

Es de noche y pronto va a comenzar el baile que cierra la larga jornada de presentaciones artísticas en el Encuentro Revel y Rebel Arte que convocó el movimiento zapatista. Con este encuentro, la intención es reunir artistas nacionales e internacionales para pensar el arte por fuera del capitalismo. Es abril del 2025, ya se cuentan 31 años del levantamiento y ellxs siguen pensando formas de construir comunidad por fuera del capitalismo. 

Subimos para que el baile no nos sorprenda con el estómago vacío. Acá, en la entrada del Caracol, varias familias venden comida preparada y está el comedor en común atendido por jóvenes de diferentes caracoles. Al lado nuestro, una señora está eligiendo uno a uno los elotes para vender. Los toma con pinzas, los gira y muestra sus dientes carnosos y desprolijos. Los maíces ancestrales son así, diversos, no están modificados con transgénicos para ser todos iguales. Estos varían en colores y en tamaño, por eso los muestra con cariño. A pocos metros otra señora alimenta el fuego de una olla enorme repleta de tamales. Yo me inclino por uno de ellos, pero antes conversamos.

Ellas comen elotes untados con mayonesa y chile y se ríen tapándose la boca ante mis preguntas. Cuando les pregunto si tienen hijxs y me contestan con firmeza que no, me siento ridícula. Siempre que a mí me lo preguntan me cansa dar la misma respuesta y tener que justificar mi decisión, pero a pesar de mi torpeza por recaer en esos prejuicios que detesto, las siento cercanas, o por lo menos con una determinación parecida a la mía. A mis treinta años, no tener hijxs me permite mantenerme en movimiento y actualmente en viaje por Chiapas, México. La seria pregunta sobre la maternidad recién este último año apareció entre mis amigas en Buenos Aires. Ninguna tiene hijxs. Las razones son varias. La poca proyección y seguridad económica siempre despierta como un tiburón del fondo del mar cuando compartimos nuestras inquietudes, pero últimamente, quizá por el ingreso a la tercera década, empezamos a poner en la balanza diferentes factores que van más allá del económico. No podemos dejar que nos organice la incertidumbre. De todas maneras por ahora preferimos dedicarnos a otras actividades y no apurarnos ante esas decisiones que implican tanta responsabilidad.

II.

Un recuerdo fugaz se me viene a la mente. Hace un tiempo, a mis veinte años, viajaba por Ecuador cuando conocí a una chica en un pequeño pueblo llamado Balao, al sur de Guayaquil. Un pueblo cercano al mar pero sin posibilidad de llegar a él para bañarse, como se espera de cualquier pueblo costeño. Entre el pueblo y el mar están los manglares donde producen camarones, pero sin duda lo que caracteriza al pueblo es la producción de plátanos para exportar. Recuerdo el olor a plátano húmedo de la zona, el zumbido de las avionetas fumigadoras sobre nuestras cabeza. Recuerdo ver cómo las casas de madera y chapa al lado de las plantaciones de banana recibían la descarga. Recuerdo mi sorpresa al ver que los niños no se resguardaban cuando pasaban. Caminar por esas plantaciones me hizo pensar que eran el escenario perfecto para una película de terror; ni una planta crecía que no fuera plátano y de cada árbol colgaba una bolsa de plástico celeste donde se formaban los monótonos raquis para exportar. Recuerdo el olor de ese suelo potásico en descomposición, los caminos oscuros sin fin del monocultivo. La chica de la que hablo trabajaba en un salón de belleza al lado de la ruta que une Guayaquil con la frontera de Perú como peluquera. No recuerdo de qué estábamos hablando, ni si fue antes o después de ese partidito de fútbol femenino que jugamos en el pueblo vecino de prostíbulos (como pude evidenciar en nuestro corto viaje en moto hasta la cancha). Pero en esa conversación hablamos de mi edad, de si tenía hijxs o no y qué motivaba mi viaje (qué le habré dicho), y sentí cómo me clavaba su mirada desde una profundidad que no había notado hasta ese momento. Aún hoy la recuerdo y se me eriza la piel.

-Cuando me pude preguntar si quería tener hijos, ya tenía dos. 

No supe qué responderle, de eso sí me acuerdo. Teníamos la misma edad, nuestros caminos se cruzaban, pero habíamos vivido una diferencia abismal. Recuerdo que el padre de sus hijxs no estaba porque había fallecido hacía unos años, cuando el pequeño tenía dos. Conocí a su hijo de 4 y a su hija de 7 que siempre la rondaba y la ayudaba en el salón de belleza.

¿Cómo puede ser que social y culturalmente no se nos dé el tiempo de decidir cuándo y cómo tener hijos? He aquí la manera, entendí, del amansamiento de las masas. Ocuparnos con crías para no pensar sobre las condiciones de vida.

III.

Las cinco amigas zapatistas, con su paliacate anaranjado al cuello, mientras siguen comiendo sus elotes me repreguntan, se interesan por mí. Les cuento, quieren saber qué hago ahí y cómo llegué. Hablo de mi separación y de cómo renuncié a mi trabajo docente en una escuela secundaria para salir de viaje así, ilimitadamente, sin rumbo más que el canto de sirena que hacía ya un tiempo escuchaba desde México. Me miran, sorprendidas, pero la que sigue más sorprendida soy yo. ¿Por qué me sorprende que un grupo de jóvenes que viven en una comunidad indígena y campesina no sean madres? ¿Por qué tengo internalizado que en las comunidades indígenas son moneda corriente los embarazos adolescentes? Las estadísticas respaldan eso que doy por sentado. En el informe ejecutivo anual de la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes en México se muestra que entre los 12 y los 17 años el porcentaje de mujeres indígenas que habían tenido un hijo en México hasta 2020 fue de 3.9%, esto era 1.6 puntos porcentuales más elevado que el porcentaje del total de las mujeres indígenas y no indígenas en el mismo rango de edad (2.4%). Y una de las principales acciones para prevenir el embarazo adolescente es, según la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), reconocer los vacíos institucionales para prevenir y atender el embarazo adolescente y actualizar los programas de prevención (si los hubiera).

Entonces me pregunto: ¿cuáles son las principales conquistas dentro del movimiento zapatista que dan tiempo a las mujeres a decidir cuándo y cómo ser madres? Porque fue específicamente el vacío y el abandono institucional estatal lo que impulsó, entre tantos otros factores de vulnerabilidad y marginalidad, la toma de las armas y la declaración de guerra.

-Cuando me pude preguntar si quería tener hijos, ya tenía dos. 

Desde que se conformó el ejército zapatista de liberación nacional y convocaron a las mujeres a sumarse a la rebelión -con ustedes somos el doble, les dijeron- ellas (¿madres, abuelas de estas jóvenes con las que converso?) pusieron una condición: que no beban más alcohol. -Pero cómo se imaginan, ¿ni una botellita siquiera?- Ni una botellita. Porque lo que le pasaba a una le pasaba a todas, manifestaron. Muy justa la revolución que planteaban, pero ni bien llegaban borrachos a las casas comenzaban los golpes, las violaciones, y a la mañana siguiente no se podían levantar para trabajar y menos para el entrenamiento que requería el movimiento. Esa fue la condición y hoy, más de treinta años después (casi cuarenta años de esa decisión), ni hace falta hacer énfasis en la prohibición del alcohol y las drogas.

Directamente no sucede. ¿Qué sucedería si encuentra a alguien bebiendo? No creo que esa persona quiera ser sorprendida, pues el pueblo organizado decidirá. 

Puede ser que esa sea una de las razones fundamentales de la autonomía de las mujeres a la hora de decidir tener familia y cuándo. No subestimemos las consecuencias que el alcohol puede provocar. 

Ellas son promotoras de salud. Como parte del Caracol Roberto Barrios, me cuentan, asistieron a la secundaria en el Caracol Oventik, uno de los primeros caracoles consolidados, y luego eligieron en qué área del común querían participar: educación, salud, comunicación, militar. El área de salud es central en la autonomía de los territorios zapatistas. La precariedad y el abandono en que el Estado (al que lxs zapatistas llaman el mal gobierno) dejaba a las comunidades lxs impulsó a crear sus propios espacios autónomos. Cada caracol tiene su propia sala donde lxs promotores atienden a las personas de la comunidad y de afuera que lo necesitan sin costo. En el área de salud buscan integrar la medicina occidental con la ancestral, organizan formación constantemente con profesionales que se solidarizan con el zapatismo en seminarios y coordinan según las necesidades jornadas de operaciones con médicxs especialistas.

IV.

-¿Vienes a bailar?

No me lo perdería por nada en el mundo. Esos ritmos convocando a un ejército de rebeldes y trabajadores de una realidad sin explotación, con el común como centro, son un regalo para quienes nos cuesta imaginar un afuera del capitalismo. Acá hay una organización que grita que la tierra no se vende ni se compra, la tierra es en común, y todo lo que se necesita para la vida y la naturaleza se construye en común y con solidaridad. Estos bailes son un festejo de eso, de esos relatos de mundo posible (y sin una sola gota de alcohol). Ya va a comenzar la banda y entre jóvenes, estos encuentros son también oportunidad para conocer a otrxs, entablar pláticas y, por qué no, algunos romances. 

Así que voy por mi tamal.

-Antes pues de que se construyera este caracol, mi familia y yo participábamos del caracol 2, lejos de aquí- Segundo Noé, de 70 años, mientras su mujer saca un tamal calentito y él lo desenvuelve, me mira con sus ojos negros rodeados de arrugas. -Mis hectáreas ahora son del caracol. Nosotros decimos para nosotros nada, para todos todo. Le echa salsa picante al tamal y me lo da con una cucharita. Atrás, sobre unos cartones en la tierra, se ven unos bultos cubiertos con mantas. Son sus nietas que ya están durmiendo. Él me cuenta sobre el caracol. No hay que vivir en el caracol para formar parte de él. Es una cuestión de unión que va más allá del estar ahí. Una familia puede vivir a dos, tres horas montaña adentro y aun así pertenecer al caracol, formar parte de alguna de sus áreas, participar del común y de los servicios autónomos que allí se brindan. Segundo Noé vivenció la realidad de antes; el sometimiento, la explotación, la partición de tierras a las que se quiso someter a las comunidades indígenas. Sus manos que ahora me dan el tamal con cariño, supieron (¿saben?) agarrar un fusil. En 1991 se metió a la selva. Conoce lo que es el frío, el hambre, las enfermedades que conlleva alejarse para resistir, dormir sin un fuego al lado por miedo a que los encuentren. En 1994 participó del levantamiento armado. Hace 40 años no habría imaginado la vida de hoy. Como generación, como anciano, se enfrenta a la tarea de transmitir sus experiencias a las generaciones jóvenes crecen en autonomía. El zapatismo es transgeneracional. 

-Segundo Noé es mi segundo nombre. El que me dieron cuando nací es otro-. Podemos nacer tantas veces en la vida, pienso, y me acuerdo de la frase de Saer muchos mueren sin haber nacido. Entiendo que la fuerza para una rebelión es similar a la de un parto. 

-Vamos, nos esperan unos amigos.

Agradezco el tamal y me uno al grupo de chicas. 

No hay que vivir en el caracol para formar parte de él. Es una cuestión de unión que va más allá del estar ahí. Una familia puede vivir a dos, tres horas montaña adentro y aun así pertenecer al caracol, formar parte de alguna de sus áreas, participar del común y de los servicios autónomos que allí se brindan.

V.

Al bajar del comedor en común por el camino de tierra primero cruzamos la reja donde siempre dos compañerxs del EZLN hacen guardia. Están vestidxs con su uniforme, que tiene más que ver con respetar el color y la practicidad de cada prenda que con la uniformidad total. Botas oscuras cómodas para caminar por la montaña, pantalón verde oscuro con bolsillos, camisa marrón de mangas largas, pasamontañas negro, paliacate rojo y corra verde. Debajo del pasamontañas, a una se le asoma como una serpiente una larga trenza negra. Mujeres y hombres participan por igual del área militar, tiene que ver con su decisión personal. Detrás de su pasamontañas sus ojos miran, apaciblemente, a quienes van y vienen. Hoy no podrán sumarse al baile pero mañana, sí. Más tarde cuando todxs se vayan a dormir cerrarán esas rejas para que sus relevos las abran nuevamente a primera hora de la mañana.

-Mis hectáreas ahora son del caracol. Nosotros decimos para nosotros nada, para todos todo.

Este caracol está en terreno montañoso, entonces subir y bajar es una constante. La cancha de básquet es el corazón de las presentaciones diarias y ahora se transforma en pista de baile. Unas gradas construidas con madera y piedra, con techo de lona bien tensado, ascienden hasta una zona media que funciona como sala de exposiciones visuales. Con piolín y cinta, fotógrafxs y artistas gráficxs montaron sus trabajos. Entre ellos hay grabados, fotografías en blanco y negro del movimiento zapatista antes del levantamiento armado, una muestra sobre la lucha mapuche en tierras patagónicas. Durante el día constantemente se ven ojos detenidos observando ese lenguaje silencioso de la imagen. Las imágenes, montadas en ese contexto, se potencian. A ambos costados de esta área hay construidas casas en madera donde funcionan las diferentes áreas del común que constituyen el caracol: un lugar para reuniones y la Junta del Buen Gobierno, un espacio para los Tercios Compas (el área que se encarga de la comunicación audiovisual), una frutería, la sala de salud autónoma, una despensa, y varias casetas con camas para quienes se quedan a pasar la noche (en este encuentro muchxs dormiremos en la escuela, en el patio de juegos, o bajo lonas en la montaña). Más abajo de la cancha de básquet y del escenario, donde cuelga la bandera negra y roja del EZLN, hay un gran auditorio construido con madera. Para un lado, largas hileras de baños y duchas. Para el otro, un sendero que lleva a las carpas donde duermen los participantes de los diferentes caracoles. Más que carpas, son lonas tensadas que sirven de techo. Ellxs, arrebujados, duermen en cobijas sobre cartones. Pero ahora no llegamos tan abajo. Nos detenemos en la cancha de básquet; ya apagaron las luces blancas y encendieron las de la cumbia.


VI.

El baile es lo que lxs zapatistas esperan durante el día. No importa el área ni la edad. La vergüenza es colonial, acá no entra. Las ganas se amontonaron y ahora nos volvemos miles de hormiguitas moviéndonos a tiempo o destiempo. Las cinco amigas quieren ir adelante. Vamos. Me presentan a unos amigos del mismo caracol. Le dicen algo a uno que se me acerca, se presenta y me invita a bailar. No una canción, ni dos, ni tres. No hay corte. Ellas siguen bailando cerca en grupo hasta que unos chicos de otro caracol se acercan y las invitan a bailar. Una ni lo duda, a otras dos les cuesta acceder pero terminan aceptando. Cruzamos miradas entre mujeres, cómplices. ¿Nos volveremos a ver? Las estrellas arriba algo estarán tramando.

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