El Jacarandá, un jardín que florece con la organización comunitaria

En un barrio del conurbano bonaerense, un galpón en desuso se convierte en un espacio de crecimiento, cuidado y resistencia. Allí las infancias encuentran un lugar para aprender y soñar gracias al esfuerzo de la comunidad que lo sostiene. Esta crónica revela cómo desde el Jardín Comunitario Jacarandá se configura una trinchera pedagógica frente al desmantelamiento de las políticas de cuidados del gobierno de Milei, cultivando una red de afectos que fortalecen el tejido social y la lucha popular.

Por Carolina Fernández Ares

El galpón del fondo de la casa era el depósito de un acumulador. Un espacio detenido en el tiempo, ahogado entre tanta basura amontonada. Verónica entró por primera vez al galpón como parte de la cuadrilla de obra del Movimiento Evita para vaciarlo. Corría el año 2021, y a pesar de las restricciones de circulación a causa de la pandemia decidió participar. Era persona de riesgo, pero para ella más riesgoso hubiera sido permanecer pasiva en su casa. La organización proveyó herramientas y el resto lo llevaron desde sus casas: bolsas y palas. Con paciencia y perseverancia fueron sacando bolsa tras bolsa, volquete tras volquete de basura, hasta vaciarlo, abrir espacio para que la transformación ocurra.

Verónica no se asustó cuando vio el estado desvencijado del galpón porque ya sabía de transformaciones. Conoce desde las tomas de tierras en Wilde en los 90s, en el conurbano sur bonaerense, cómo un espacio abandonado en los desechos del tiempo puede volverse hogar, puede volverse vivo. Para las familias trabajadoras es fundamental tener donde dejar a sus hijxs durante buena parte del día, y como no es obligatoria la asistencia a los jardines de infantes los municipios no los priorizan. Mientras llenaba bolsas de basura comenzó a imaginarse el espacio repleto de niñxs, y cuando escuchó que un grupo de futuras trabajadoras iba a recibir formación, aprovechó la oportunidad para sumarse. La formación la llevaron adelante Catalina y Diana, hoy coordinadoras del Jardín.

En ese galpón, ubicado en el barrio de Villa Martelli, primer cordón del conurbano norte bonaerense, funciona hoy el Jardín Comunitario Jacarandá. Verónica es la secretaria, trabaja por las mañanas de secretaria en el jardín y por las tardes continúa con sus estudios. La formación académica es algo nuevo en su vida. Desde chica, dice sin resquemores, se sintió sapo de otro pozo en la escuela privada religiosa a la que asistía. Como venía de familia trabajadora rápidamente notó las diferencias y prejuicios entre clases sociales al interior de la escuela. Eso la movió a participar en la parroquia de su barrio, Monte Chingolo, a la par que se puso a trabajar, lo que la llevó a dejar la escuela. Incluso en esa época la idea de dedicar la vida en entrega hacia otrxs germinó en la posibilidad de volverse monja. Hoy agradece haber encontrado la militancia barrial. Encontrarse acá, cuenta, mientras señala con sus ojos el gran galpón transformado ahora en un pequeño ser a cuidar. Actualmente, continuar con sus estudios en educación popular son una manera de renovar votos con el compromiso social, esta vez enfocado en las infancias. 

***

Vicente López da al río. Cuanto más cerca del río, las casas y edificios se vuelven más amplios, lujosos y exclusivos. Pero en el otro extremo, en Villa Martelli. la topografía cambia. Las casas son más pequeñas y se las ve amontonadas entre grandes extensiones fabriles. Casas que parecen respirar tranquilidad, pero que han visto pasar momentos de dolor. En este municipio, la noche del levantamiento de Valle allá por el ‘56, fueron detenidas ilegalmente 9 personas mientras miraban una pelea de boxeo y fusilados en José León Suárez, en el municipio aledaño.

Justo antes de llegar a Constituyentes se encuentra el vecindario la Fabrikita, que se extiende por lo que efectivamente en su momento fue una fábrica: media manzana. En ese espacio las construcciones se extienden para arriba. Las escaleras caracol y las puertas que dan al vacío parecen extraídas de un cuadro de Escher: comienzan y terminan en lugares que desafían las lógicas de la arquitectura. A dos cuadras está el barrio popular Las Flores. Del otro lado de Constituyentes, Villa Zagala. En esa intersección de barrios populares, sobre la calle Güemes, un cartel sobre un portón gris indica que allí, en el galpón del fondo, conviven el Polo Productivo y Educativo Juan Gaucho Rivera y el Espacio de Primera Infancia Jacarandá. Desde esos barrios aledaños vienen lxs niñxs al jardín.

***

-Empezamos siendo dieciocho trabajadoras, hoy somos siete- cuenta Catalina en la cocinita del galpón, mientras termina de lavar unas acelgas que les regalaron de la huerta comunitaria del Hospital Belgrano cuando la visitaron hace unos días con lxs niñxs. Habla y limpia acelgas mientras piensa qué cocinar para que los niños coman hojas verdes. Habla y limpia acelgas mientras intenta dejar de lado la preocupación de dónde internar a su madre con consumo problemático nuevamente. Habla y limpia acelgas porque la auxiliar encargada de la cocina y limpieza renunció hace unos días; su sueldo no le alcanzó.

Para Catalina los primeros momentos de la vida son fundantes y sientan las bases de lo que vendrá, de las posibles formas de ser. Lo siente así porque lo vivió. Hasta los 12 años lo que más recuerda son tardes de juego en las plazas y visitar regularmente espacios culturales para niñxs. Su madre siempre aprovechaba la variada oferta cultural y popular de la gran metrópoli que es Buenos Aires. Fue a los 13 años cuando todo se complicó: les remataron la casa y los desalojaron. Tuvieron que irse a vivir a lo de su abuela, la madre se separó y comenzó con consumo problemático de alcohol. Catalina no tuvo más remedio que salir a trabajar. El refugio que encontró fue un espacio de circo social donde le daban unos pesos por asistir a talleres. 

-Me servían la plata para no volver con las manos vacías y me gustaban los talleres-. Allí conoció jóvenes que, al igual que ella y su hermano más pequeño, estaban en situaciones críticas sin dinero y sin comida, pero rápidamente notó que algunxs de ellxs no tenían siquiera nociones básicas de cuidado del cuerpo o de cuidado vincular, no sabían leer ni escribir. Ahí percibió esa particular impronta que cargaba consigo y que era indeleble. Las marcas de la infancia son, para ella, ineluctables.

***

El gobierno de LLA buscó desde un comienzo desarticular los movimientos sociales y romper el tejido social. La persecución a dirigentes sociales, la estigmatización mediática, el vaciamiento de los comedores comunitarios y la desmantelación del Potenciar Trabajo son parte de las estrategias que llevó adelante el gobierno en los primeros meses de gestión para desgastar el tejido social y poder realizar el ajuste y los cambios estructurales que tanto necesita el capital. En el Jardín Comunitario el impacto fue directo. Sin certeza sobre los sueldos, reducidos a la mitad y varios dados de baja de un día para el otro, más de la mitad de las trabajadoras tuvieron que buscarse otros trabajos. Sin ayuda estatal para alimentos, en el jardín tuvieron que unificar los dos turnos que ofrecían y buscar modos de conseguir alimentos para seguir brindando desayuno y almuerzo. Pero muchas familias tuvieron que buscar nuevos espacios: un jardín de medio turno no les era suficiente para asegurarse el espacio para la jornada laboral. 

-Si hubieran venido a auditar, les habríamos mostrado el espacio, el tipo de trabajo amoroso y de seguimiento sobre los derechos y cuidados que hacemos con cada niñx inscriptx en el jardín. Podrían haber observado las tareas que hacen cada una de las trabajadoras, pero nadie vino a auditar- Catalina tiene el mate cocido en las manos y la angustia en los ojos. La decisión del gobierno de cambiar los planes sociales, que se justifica con la idea de generar trabajo real, fue unilateral y desmantela un programa social sin ver las implementaciones reales de lo que se sostenía. Este jardín es real.  

 ***

Cuando consiguen tener alimentos para la semana sienten cómo entra aire en los pulmones del jardín, pueden volver a respirar. Para lograr esa tranquilidad (que dura poco) las trabajadoras buscan espacios afines y cercanos para compartir sobre el jardín y juntar fondos. Así hicieron en la jornada por la memoria en la plaza Florida, así participaron de la jornada en defensa de las ciencias en la Biblioteca Popular Sudestada, así van de un lado para el otro, construyendo alianzas con otros espacios. También asisten a espacios de formación pedagógica para contar sobre el proyecto.

Este año 2025 retomaron la Red Sapukai, un encuentro mensual entre diferentes espacios culturales y agrupaciones independientes de municipios aledaños a Villa Martelli.

-Hay gente con la que había hablado por teléfono y que nos apoyaron pero con las que nunca nos habíamos encontrado. En el espacio que abre la red nos vemos la cara, pensamos en conjunto- Catalina cuenta entusiasmada que a pesar del giro cultural y político ultraderechista las redes con las que se siguen sosteniendo. 

-A veces las dinámicas cotidianas te arrastran… bueno, esa palabra, arrastrar, suena medio determinante, pareciera que uno no piensa, pero nosotras pensamos mucho lo que vamos haciendo todos los días en el espacio- Catalina está convencida de que más manos e ideas en la sala traen aparejado actividades más interesantes y un acompañamiento más amoroso y atento sobre lxs peques. Este 2025 se sumaron a participar un día por semana del jardín el colectivo Prisma Lúdico. Al verlos cada semana traer propuestas diferentes, pensadas especialmente para el grupo del jardín, algo siente que es acariciado dentro de ella.

  ***

Cuando se despejan de preocupaciones, las trabajadoras se comparten nuevos proyectos para crecer. Hace tiempo vienen pensando uno. Vienen pensando: piensan en plural. Una sugiere la idea, la dice en voz alta, otra la recibe y le da vueltas y ven cómo sería posible, hasta que la idea se consolida y pueden hacerla real. Quieren hacer tardes de cine para niños. 

-Hay peques que nunca fueron al cine- cuenta una de las educadoras, también llamada Verónica-, por eso pensamos armar un espacio acá, para que vengan con sus hermanos y puedan compartir ese momento. A mi nieta le encanta la experiencia del cine, pero también necesita moverse y jugar-.

El pelo de Verónica parece seda amarilla y cae sobre sus hombros con elegancia vertical, indicios de su pasado como peluquera. Entre sus tantos trabajos, cuenta que el que más cercano al actual en el jardín fue el de auxiliar de sala en un jardín maternal del barrio porteño Nuñez. Allí aprendió cómo moverse, cómo tratar a los peques, pero estaba atenta especialmente a cumplir con lo que le pedían las maestras. Hoy ve el trabajo con las infancias desde otro prisma. 

-Ahora presto atención a qué hace el peque, cómo durmió, cómo se levantó, nos comunicamos con las familias para conocer el trasfondo. Un pequeño dato que parece trivial a nosotras nos puede ayudar a comprenderlo- detalla Verónica.

En el último tiempo vio a varias trabajadoras del jardín irse a buscar nuevos trabajos: como costureras, como meseras, como maestranzas. Cuando se asustó porque no figuraba en la aplicación para cobrar su sueldo, mandó currículum a una empresa de facturación y pensó en la posibilidad de mantener dos trabajos, el del jardín a la mañana y el de la oficina por la tarde. Pero supo inmediatamente que no podría: cuando su nieta cumpla los 4 años, ya no le permitirán pasar temporadas enteras con su madre en un penal de La Plata. Alguien tendrá que hacerse cargo de ella. Verónica agradece tener un trabajo que le permita estar con su nieta. Aun así, piensa que las condiciones en el penal no están tan mal: asisten a un jardín de infantes cercano, hay salita de salud y pediatría las 24hs, un gran patio de juegos, y coordinan con las otras presas para llevar a sus hijxs en el mismo periodo. La presencia de su nieta la afirma. 

***

El sábado del cine las trabajadoras fueron temprano. Las ventanas cubiertas de cartones no fueron suficiente para oscurecer al galpón entero. Con una bandera de la organización le armaron un techo a la zona de la proyección, sogas de un lado y de otro. La luz se colaba por rendijas desconocidas hasta el momento, así que con telas taparon todo lo que pudieron. Estaban expectantes por ver llegar a las infancias  y a las familias. Una mesa aguardaba con pochoclos y mate cocido. No se imaginaron que iba a ir tanta cantidad de gente.

-Decidimos pasar la película Intensamente II porque convoca a toda la familia. No alcanzó el pochoclo ni el mate cocido. Entre el correteo de los niños y la cantidad de personas, la película casi ni se escuchaba. La gente estaba feliz de ver una película en el barrio. Muchos se fueron preguntando qué actividades se hacen en el espacio, desde cuándo está, y cuándo es la próxima función- eso es un éxito para Catalina, que siempre está buscando estrategias para que más personas puedan sumar.

Seguir abriendo el espacio, con la seguridad de que es par todxs. Un Lactario seguro y tranquilo para que las madres se puedan sentar a amamantar, un Punto Tecnológico, con computadoras a disposición de quien las requiera, un Roperito Comunitario para llevarse el abrigo que se necesita. Y un jardín comunitario. El galpón se transformó en todo eso. Y el corazón son las infancias que lo frecuentan diariamente.

Sístole y diástole. Momentos de contracción y momentos de relajamiento. Como todo organismo, el Jardín Comunitario Jacarandá atraviesa momentos difíciles, de lucha colectiva y desgaste corporal, y momentos de encuentro. Como todo espacio de movimiento popular, el gobierno ultraderechista de Milei implica un momento de endurecimiento: endurecerse en la determinación de existir, de estar, de mantenerse en pie. Poco relajamiento, más que el que puede dar el acompañamiento de la comunidad. A pesar del agotamiento, en ningún momento se pierde el sentido de la ternura cultivada allí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *