Por qué insistimos con la roca

al fin/ la noche/ me alivia/ de la responsabilidad/ de la forma

Susana Villalba

Miramos la piel de la montaña como cuando nos miramos las manos en sueños, en reconocimiento prodigioso de que ahí está, nítida y porosa, con las arrugas que cuentan sobre el tiempo. Escalar es insistir. ¿Por qué insistimos con la roca? Quisiera aproximarme a comprender esa perseverancia, encontrar una forma de explicar eso que nos mueve y que va más allá de una pasión o un desafío personal en los términos en que un deporte lo puede ser, a sabiendas de que para muchas personas esa es razón más que suficiente. Intuyo que hay algo más, o por lo menos que esa insistencia favorece la oportunidad de que algo más emerja. Este texto es un intento por explicar la forma que puede adoptar ese encuentro con la roca y traducirla a palabras.  

Todo acantilado comparte su imagen, o mejor dicho, somos, en tanto que parte inescrutable de ella, un ángulo desde donde observar su imagen, y tan solo ese gesto de mirar la existencia pasiva de la roca es presenciar una forma que puede tomar el silencio en poesía. Natalia Ortiz Maldonado echó luz sobre la cualidad de lo pasivo. En su ensayo Elogio al balbuceo recapitula las cualidades del segundo hexagrama del I Ching, K’un, lo receptivo, que representa lo pasivo, “pero pasivo no es inane, no es un abandono, es un estar presente, estar y permanecer estando, apertura. (…) En el I Ching, el segundo hexagrama es la potencialidad total de la materia”. De ahí que el deslumbramiento ante la roca, lo macizo, el persistente acantilado, sea una transcendencia del presente en sus dimensiones. La piedra lo dice, en la pluma de Susana Villalba en su poemario La bestia ser, de la siguiente manera: “soy el dios/ con el que todos/ tropiezan:/ su inmanencia”.

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Escalador en la pared Las Ánimas, el Santo, Nuevo León, México

Anatomía huidiza del escalar. Me aproximo a la roca, a esas fisuras, a las heridas de la coraza de la tierra. Pienso: ¿en qué tiempo fuera del tiempo nuestro planeta dio lugar a sus fracturas? ¿Contra quién batalló? ¿Quién afiló la obsidiana que las talló? Una sospecha: dentro de ella se gestó su monstruo. ¿También ha batallado contra su propio ego? Lo que fuere ahí sigue, en su interior candente, para el tiempo de la venganza. Quienes escalamos solo nos encargaremos de acariciar la cicatriz; a nuestro modo.

Nos acercamos, por lo menos, dos. No podemos escalar solos. Hay quienes escalan free solo, pero antes, siempre, para conocer la roca, tuvieron que ir emparejados. Tenemos que agruparnos, ser balanza. Una persona subirá, otra más funcionará como contrapeso, una forma física de disolver el peso. Quizá es eso, pienso, también lo que nos hace escalar; lograr disolver nuestro peso, desafiar la gravedad, una de las únicas reglas inquebrantables de este juego en la tierra. Y romperla asumiéndola, viendo sus consecuencias, jugando con ese riesgo: caer, una y otra vez. Sé que subo ineludiblemente para caer también. Caer al vacío implica, una y otra vez, restablecer la confianza en el mundo. Afirmarlo, y afirmarme en ese vuelo. Cargamos el equipo necesario. Chequeamos que el equipo resista; cuerda, cintas, arnés, mosquetones. Ante todo queremos que aguante. Y una vez que estamos amarrados entre los dos como aprendimos de la historia de quienes lo intentaron, lo pensaron y lo sistematizaron, escalar.

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el arte de estar/ quieta/ es dar el corazón/ al movimiento

Susana Villalba 

En un gesto anterior al lenguaje, para entrar en contacto con la roca ponemos nuestro cuerpo a disposición para ver qué surge del encuentro. Esa es una de las razones que nos hacen ir a su encuentro; la danza que esconde; (ad)mirar la roca y disponer nuestro propio cuerpo para interpretar la danza que propone. Ella es quien guía en este tango.

Escalar es descifrar navegando por su superficie. Una fisura aquí a la derecha, una pequeña regleta arriba a la izquierda, ese punto ahí abajo para un pie, y luego intentar llegar a un gran agarre allí lejos. Entonces, dejar caer el peso del cuerpo inclinado sobre un pie, erguirse y alcanzar esa regleta alta casi de un salto, y luego ir descubriendo los movimientos que tu cuerpo puede interpretar ante las sugerencias de la forma de la roca, de su simple modo de estar. Es, en algún sentido, como traducir en movimiento una pintura. (Habrás visto los ojos estupefactos de las personas con las mandíbulas caídas ante los acantilados, los cuellos quebrados hacia atrás para apreciar los bellos peñascos, como pintados).

La otra razón por la que seguimos insistiendo en ir a la roca es lo que Al Alvarez llama “alimentar a la bestia”. Porque no todo es poesía contemplativa. Hay vísceras también, crujen los órganos y chillan, algo claman. Otros tendrán otros métodos, y todos son válidos. Pero si sabemos de su existencia que tironea adentro nuestro, no podemos hacer oídos sordos o nos devorará.

Nuevo León, méxico

Anhelamos el tacto de nuestra piel con la piel de la montaña, la roca. Es fría a la sombra, siempre muy fría a la sombra. Se calienta con el sol, como nosotrxs.

-¡Mira!- los cachetes rosas de esa chica que se acerca, cargando su mochila, sus pies de gatas, su cuerda y su arnés. Se adentró por el cañadón e insiste en ir al encuentro. Y aquí está, ante la roca sombría, con el cuello doblado hacia atrás, diminuta.

Estar frente al paredón del acantilado nos vuelve ínfimos. Un pequeño recordatorio de la pequeñez y la fugacidad que cargamos en esta existencia. El ego humano se disuelve en la solidez inquebrantable de la roca que persiste, permanece. (O tiene la oportunidad ante sí, aunque como siempre, hay que confiar en la capacidad de disolver el ego para al menos intentarlo, no es automático, y hay muchas personas que escalan que no pueden convivir con esa cualidad y allí van, muy ellos, muy siempre ellos, cada vez más ellos a escalar. Suben siendo ellos y bajan igual, igual de ellos que antes, con una frustración más o con un trofeo para mostrar).

Escalar es deshacer los modos que aprendimos, cambiar el ángulo de la mirada y de nuestro andar. Salir de la horizontalidad para disponerse a la verticalidad. El cuerpo enciende elementos, músculos, rincones de sí que parecían inanes. El cuerpo entero se aviva.

-¡Apriétate!- se escuchan los gritos desde un rincón de la roca. La voz de una persona que alienta y tapa, en el desconcierto, la voz interna del escalador que la mayoría de las veces anda por ahí adentro acusando: No hacía falta que salieras de tu saco de dormir, que te levantaras de la mesa y dejaras de tomar café para treparte a esta roca de donde pende tu vida de una simple cuerda hecha por humanos.

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Pared Las Ánimas, el Salto, Nuevo León, México

Escalas. Buscas sobre la roca agarres. Tu mirada se dirige a porosidades, huecos donde meter un dedo y evitar así la caída, o por lo menos conseguir un porcentaje de permanencia más grande. Porque también quieres ser permanencia. ¿Buscas volverte un poco roca? Consigues buenos agarres y pies, pero no hay certezas. El tiempo avanza y como tiempo todo deviene otra cosa. La fuerza que hace instantes habías inhalado con alivio al encontrar ese agarre, se marchita rápidamente como las hojas del roble en otoño. El brazo se cansa, y el brazo es el cuerpo. No hay fuerza en lo estático. ¿Ser parte de la roca y danza a la vez? El movimiento hace a la firmeza, aunque cada vez, cada paso, cada agarre sea menos. ¿No detenerse? Solo para respirar más hondo, sacudir los brazos, y seguir.

Se afinan los sentidos del cuerpo, eso lo notamos en el primer paso ascendente. La escalada es danza y es ritmo, disfonía y sintonía entre lo orgánico y la roca. ¿Cómo traducirlo a música? Lisandro Aristimuño lo buscó en El rostro de los acantilados, su disco de 2023. De niño se pasaba horas con sus hermanos buscando rostros en los acantilados. Verano, mar y acantilados. Jugar afina la cadencia, la vista, el oído. Yo confío en que quizá alguien, algún día, (o nadie nada nunca, pero de todas maneras) en ese tacto suave de la mirada y del roce, en algún momento llegará a encontrar el rostro.

-¡Mira ahí! Arriba- Allí, arriba en la roca, algo se está cifrando. Una lagartija, o una polilla, o un escalador. Algo se ha fundido por un instante (pero no dura, y cae).

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¿Qué sucede con la escritura cuando escalas?

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Algo está sucediendo con la escritura cuando escalas.

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¿Hay escritura con el movimiento?

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La peña, el cañadón, el acantilado. La fortuita irrupción entre tanto monte. El antropólogo Eduardo Kohn en su libro Cómo piensan los bosques, comparte que los Sapara, originarios de la amazonía, piensan con el bosque. No consideran que se piense en el bosque, sino con el bosque, ya que él (la selva, o lo que otros pueblos originarios llaman la floresta) forma parte activa de los pensamientos que allí circulan. Los pensamientos que genera un bosque, explican, vienen en forma de imágenes que, nítidas o borrosas, siempre son armoniosas. Traducirlas sería inútil, pero saber de su existencia para reconocer la imagen como lenguaje otro es el paso que nos invitan a dar para convivir con el bosque respetando los seres que allí habitan.

Del mismo modo, los Yanomami, en el norte de la amazonía, saben de los espíritus moradores de la floresta y de la forma-imagen que cobran. Como comparten en el libro El espíritu de la floresta Bruce Albert y Davi Kopenawa, “Cada morador de la floresta tiene una imagen-esencia: los que caminan por el suelo, los que trepan a los árboles, los que vuelan y los que viven en las aguas. Pero también los árboles, las aguas e incluso las piedras. Son estas imágenes las que los chamanes hacen descender como espíritus xapiri pë. Ellas son el verdadero centro, el verdadero interior de los seres de la floresta”. Estas culturas humanas no escindidas del entorno y del mundo viviente más allá del humano, vienen a golpearnos la puerta a quienes sufrimos el raciocinio científico occidental. Y especialmente a quienes, allí donde solo teníamos la intuición para reconocer algo de un orden diferente, ahora, conociendo de sus experiencias por medio de estos libros-compartición, podemos elaborar con nuestro lenguaje un acercamiento lo más fiel posible a esa experiencia.

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hay un lenguaje de las piedras/ áspero de ideas/ enteras/ y redondas/ más que

silencio/ un idioma/ que no se pronuncia

Susana Villalba

Apretar, aferrarse, que en el fondo estamos hechos de lo mismo. Y apretar sobre la superficie porosa es encontrar tu piel, tocarla, sentirla, saberla allí. Allí, en la punta de los dedos, podemos establecer lazos. Elegimos con quién. “Esta tierra-floresta-mundo alberga un complejo rompecabezas de sociedades formadas de seres-sujetos tanto humanos como no humanos, vegetales y animales o, desde nuestro punto de vista, invisibles (entidades maléficas, espíritus chamánicos, espectros) e inanimados (tierra, viento, agua, piedra)”, afirman Bruce Albert y Davi Kopenawa. La escalada nos da una oportunidad, es tarea nuestra ver si logramos desglosar nuestras formas establecidas y descubrir nuevas formas de convivencia en el mundo con otros seres. ¿Estamos dispuestos a generar un espacio de disponibilidad y de escucha?

Si conocemos de espíritus que son centro, de pensamientos que podemos generar con el bosque, y gracias al bosque, pienso de dónde viene la insistencia de estar ante el acantilado, ante la peña, ante la roca desnuda y qué imágenes-pensamientos viven allí. Como sostiene Kohn, “conectarnos con estos pensamientos silvestres y apreciar cómo se reflejan en nuestro pensar requiere que nosotros también pensemos por medio de imágenes”. Observar la imagen que nos dan y de la que formamos parte. 

Imagen-movimiento. Imagen-desciframiento. Seguiremos intentando acercarnos a su lenguaje, descifrando con nuestro cuerpo como herramienta de traducción su imagen, inmanente.

Escalador en pared Las Ánimas, el Salto, Nuevo León, México

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One Comment

  1. Muy buena lectura, me sentí muy empático con el texto y me hizo poder darle palabras a muchas emociones y sentimientos que he tenido en la roca….

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