Agitan aguas: una carrera contra el binarismo en el deporte

Desde la mirada de un competidor, asistimos a un evento deportivo que se abre como espacio inclusivo para personas trans no binarias. De su mano, hacemos carne los desafíos físicos y mentales que un nadador de alto rendimiento debe superar en una sociedad basada en reglas y normas que obstaculizan la libertad de oportunidades al practicar un deporte.

Por Mel Randev

Puso el pie izquierdo y, de un salto, se subió en el partidor. Las voces de sus amigues calaron hondo, subiendo su autoestima, como un recordatorio de que su cuerpo, aún con cicatrices y asimetrías, era poderoso y fuerte. K sonrío y, luego, respiró profundo. Cerró los ojos y visualizó el otro extremo de la pileta. Uno gritó:

—¡Vamos, vos podés! ¡Confía en vos!

Alguien más añadió:

—¡Sos poderosa! ¡Dalo trolo!

Recorrió su cuerpo enviando energía entre la sangre y los impulsos eléctricos que la hacían temblar, pidiéndoles que se tranquilicen. La tensión nerviosa era notable. Unos instantes antes de lanzarse, tuvo la sensación de que estar haciendo eso era una locura. Los demás competidores observaban desde la grada que,  acompañados de familia y amigos, aplaudían con entusiasmo, mientras gritaban nuestros hurras: ¡Traveeesti!,  ¡Traveeesti!, ¡Traveeesti!

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En el año 2024, K se acercó a la Liga Deportiva Trans, Travesti y No Binarie, con sede en San Martín y, durante todo ese año, se dedicó a nadar dos veces por semana, a entrenar su cuerpo y a cuidarlo para alcanzar los objetivos del equipo. 

El grupo se constituía de 25 personas travestis, trans no binaries y lesbianas. Personas que, luego de mucho esfuerzo y compromiso, consiguieron participar en uno de los primeros torneos de Moreno. Allí, se procuraron una gran cantidad de medallas, consolidando la victoria del equipo. Victoria que iba más allá de la carrera. Luchar contra el binarismo en el deporte fue lo que dio origen a esa grupalidad y también constituyó una respuesta política para que ningún pibi trans se quede sin hacer deportes.

El equipo de la Liga TTNB en el podio del IGLA 2024, Parque Roca, CABA. Foto: Ander Travis.

A lo largo de su vida, K nunca imaginó que sería parte de algo así. Sin embargo, todo estaba listo para dar el salto a algo más grande. Avanzar con cada brazada no solo era un desafío físico, sino también interno, porque los obstáculos personales son asimismo reflejo de las barreras sociales en el acceso a derechos. 

Muchos de los travestis que integran la Liga TTNB ya habían competido antes, pero en la mayoría de los relatos se escucha decir que salieron heridos de esas experiencias, no solo físicamente, sino también en el alma.

La mayoría de ellos son varones trans de entre 20 y 35 años, y todavía cargan en el cuerpo los rastros de esas violencias en la niñez, cuando fueron disciplinados en clases de gimnasia o clubes barriales.

En cada entrenamiento, K pudo superar las barreras físicas, como la respiración o la técnica. Pero no eran ellas las pruebas más complejas, sino confrontar los mecanismos boicoteadores: la frustración, el dolor, los miedos y las dudas que la mente siembra a cada paso. En ese proceso, descubrió nuevas capacidades de rendimiento y disciplina, y también fue vital el apoyo mutuo, basado en relaciones respetuosas con las demás personas, celebrando cada esfuerzo y cada logro del grupo.

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En noviembre se realizó el IGLA 2024,  un evento de envergadura internacional en el que el equipo pretendía participar para poner a prueba todos los logros alcanzados en lo regional. La pileta olímpica del Parque Roca parecía una escenografía soñada, porque allí la  bandera del arcoíris se veía ondear por todas partes. El predio vibraba con la energía de quienes viajaron de lejos para conmemorar el primer torneo internacional en incorporar la categoría Open para personas no binarias y trans. Esta categoría vendría a dar la oportunidad a las personas trans y no binarias en el mundo de las competencias que, hasta la fecha, se abren solo para hombres y mujeres.

Carrera categoría Open – para personas no binaries-. Foto: Dam Hache

Elle estaba allí, lista para su primera carrera. K es una de esas personas que disfrutan más de leer un libro que de salir a correr, pues nunca se destacó por tener pulmones y rodillas de acero. Pero nadie, en ese momento, podría sospechar de tal cosa. 

K, en el borde de la pileta, gorra ceñida a la cabeza, antiparras y tapones en los oídos, estaba preparade para nadar sus primeros 50 metros de espalda. “Es la pileta más hermosa que jamás vieron mis ojos”, se le cruzó por la cabeza, mientras sus dedos acariciaban la temperatura del agua.

Su cuerpo, un río de historias y emociones, se alistaba para esa prueba, girando los brazos y haciendo torsiones con la espalda. Tomó posición con las manos sobre la tarima. El disparo de la chicharra sonó y se lanzó, hundió la cabeza en el agua y dejó que su cuerpo se arqueara lentamente con el impulso, dejando atrás dudas y prejuicios. Una aureola de burbujas del agua ozonizada se abrió ante sus ojos, y comenzó a patalear. No paró de bracear hasta dejar atrás a cada uno de los otros nadadores. Y, 48 segundos después, su valentía era un ejemplo de reivindicación, de orgullo. 

K se convirtió en le ganadore de la primera medalla de oro en ese épico día. 

Al salir del agua, y con el rostro iluminado por la satisfacción, en un estado de euforia irrefrenable, sentía cómo el corazón se le salía del pecho, dibujando una sonrisa sanadora en el rostro. Con un hilo de voz, K le confesó a sus amigues: “No hay forma de explicar esa sensación de dolor y placer del cuerpo después de dejarlo todo en el agua.  Como pocas veces en la vida, te sentís superpoderose”.

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