Nuestro paso por este mundo terrenal es efímero y cuando vamos creciendo comienza la cuenta regresiva. Lo que creíamos lejano, comienza a ser parte de nuestra realidad circundante. De adultos mayores nuestros cuerpos se vuelven vulnerables, y el acompañamiento pasa a ser una necesidad. Amor y dedicación en tiempos de urgencia.
Por Natalia Soledad Notarfrancesco
Existen derechos fundamentales para proteger la dignidad de los adultos mayores, pero pocos los conocen.
«En la Declaración Universal se dice que la dignidad es el respeto por la humanidad, y eso implica, entre otras cosas, la salud.»
El cuidado integral de las personas adultas durante el declive de sus vidas se encuentra en peligro de extinción. Para quienes se encuentran a cargo del cuidado y atención de personas dependientes para preservar su vida o requieran del acompañamiento para una muerte digna, existe una Ley de Derechos de los Pacientes en Argentina (Ley 26.529) que acompaña y garantiza el cumplimiento de los derechos que les pertenecen.
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Rotura de cadera. Ella jamás imaginó tener que atravesar una fractura de semejante magnitud. Podría haber sido un simple golpe, un moretón, una raspadura o un corte, pero “rota por dentro” no era parte del plan. Nadie está preparado para sufrir accidentes, pero suceden sin pedir permiso y, cuando lo hacen, se desencadenan en una fracción de segundos que no te dejan reaccionar.
Aroma, una mujer de 89 años, terminó internada en la clínica del Pilar, ubicada en la localidad de Ciudadela sobre la avenida Gaona al 3979, Provincia de Buenos Aires.
Entré por la puerta principal de la clínica, las caras eran siempre las mismas, y se volvían familiares cada día que pasaba, el clima denso que se respiraba por las horas de espera se convertía en el perfume del lugar, una mezcla de miseria humana y resignación. El cansancio descansaba amontonado sobre las sillas apenas vacías, ubicadas en hileras a través de largos pasillos de paredes blancas y azulejos fríos.

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Flora era una mujer mayor de 96 años. La delgadez extrema dejaba al descubierto sus clavículas, que se podían distinguir a simple vista. De una mirada perdida, pero al mismo tiempo concentrada en un rezo constante, rítmico y repetitivo: “El padre nuestro”.
Se encontraba internada por una infección urinaria y afecciones en su piel. El estar mucho tiempo en una misma posición va generando escaras, costras dolorosas que recorrían parte de su espalda y una de sus piernas.
Sus días eran una constante agonía. No podía incorporarse por sus propios medios, la mayoría del tiempo adoptaba una posición fetal, necesitaba de la ayuda de las enfermeras a quienes llamaba a los gritos cuando quería reclinar su cabeza o erguirse un poco más hacia adelante.
La escena era propia de una obra teatral y Flora era la protagonista. De su boca salían las oraciones una y otra vez, pero por momentos, de los rezos pasaba a los lamentos más insólitos e inesperados de cualquier espectador.
Las enfermeras se encargaban de asistirla, pero al ritmo de los horarios preestablecidos, es decir, no a los tiempos y deseos de la señora, la cual se enojaba por sentirse abandonada a la suerte de saber quién era? buen samaritano. La hija de Flora sólo podía concurrir por las noches, ya que su esposo se encontraba muy enfermo de cáncer y ella era quien cuidaba de él.
–Hola Flora, cómo estamos hoy, qué lindo peinado que tenés.
Cada vez que ingresaba una enfermera me detenía a observarla.
El desfile comenzaba a partir de las 5 AM hasta la noche, alrededor de las 23. Dichas visitas dejaban entrever sus diferentes personalidades, muy variadas unas de otras; la enfermera modelo, la cristiana, la fastidiosa, la simpática, la cantante, la apurada, la inexperta, la empática, etc. “El show de Gran Hermano tenía su versión en los pasillos y habitaciones del hospital.”
-Buenas noches, ¿cómo anduvo hoy mi mamá?
El aspecto de Marta era el de una mujer entregada, cansada por la lucha que le había tocado en suerte, su día a día se hacía agotador por todo aquello que tenía que enfrentar; el cuidado de su madre o lo que quedaba de ella y su marido, ambos en estado crítico y pronósticos poco alentadores.

Cuando conocí a Marta por primera vez, no era lo que yo me imaginaba, ella era una mujer alta, de rasgos armoniosos, rubia de ojos claros. Su vestimenta era algo conservadora y anticuada. Reservada y muy correcta se destinaba a conversar con su madre durante el horario de visita. Algo me llamaba verdaderamente la atención. El tiempo que se quedaba era muy corto. Observaba a su mamá con lástima, le ofrecía agua, la tapaba con una sábana blanca, sábanas que ya se encontraban sucias por el manoseo de los controles rutinarios y pañales sin cambiar a tiempo, sábanas que eran empujadas por Flora dejando al descubierto todo su torso como buscando una libertad escondida.
Era una noche de verano muy calurosa, no corría una gota de aire, la puerta cerrada para que las pacientes pudieran descansar un poco, después de un largo día de resignación y enojo.
–Oíd mortales, el grito sagrado/Libertad, libertad libertad/Oíd el ruido de rotas cadenas/ Ved en trono a la noble igualdad…
Y así podía pasar horas enteras entonando el himno nacional sin cometer errores. La mente humana es realmente increíble. Verla en una especie de trance patriótico era parte de un show inesperado.
Flora fue dada de alta y regresada a su geriátrico de origen. No la volví a ver por la clínica para su fortuna y la de su cuidadora.
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Con María Rosa había intercambiado unas palabras antes de que le colocaran el respirador. Ella era una mujer mayor, de unos 90 años, su piel rosada y un pelo corto a los hombros de color negro azabache, le daban el aspecto de una mujer prolija y delicada. Cuando la ingresaron llevaba puesta una camisa de un rosa pálido, con unos volados y puntillas en el doblez del cuello.
Su tono de voz bajo y dulce la convertían en una anciana propia de un cuento infantil.
-¿Qué es lo que le pasó señora? ¿Por qué fue que terminó internada?_ le pregunté en voz baja.
-Me costaba respirar y me mareaba, por eso me trajeron, para controlarme.
Quien estaba a cargo del cuidado de María Rosa era su hijo, un hombre de unos 65 años, el color de su tez morena contrastaba con sus ojos color caramelo, de contextura mediana. Se encontraba muy bien vestido, y por su aspecto general, podía deducir que provenían de una familia económicamente acomodada.
La mujer estuvo tan solo unos días, su cuadro empeoró y sucedió lo que tenía que pasar.
–Mi mamá entró en un cuadro terminal, ya no hay nada más que se pueda hacer por ella– me decía su hijo con los ojos llenos de lágrimas y una angustia encerrada en su pecho que no lo dejaba respirar con normalidad.
–Fuerza, es mejor así. Lo importante es que no sufra- Esas palabras salieron así de mi boca sin saber si habían servido de consuelo.
Finalmente, María Rosa falleció.
Su cuerpo inerte sobre la camilla quedó por un largo rato junto a mi abuela, lo único que las separaba era un biombo color celeste, aunque se podía ver entre las barandas la escena sin ningún tipo de restricciones.
Cuando retiraron el cuerpo, le hicimos creer a mi abuela que se la habían llevado para hacerle un estudio de rutina. Ese fue el último día que vi a la mujer de los volados rococós.
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La disposición de las camas parecía propia de una kermés.
Un simulacro de biombo separaba a cada uno de los pacientes, quienes se encontraban ubicados de una manera semicircular.
En medio de ese semicírculo, un mostrador en donde se encontraban las enfermeras que más que enfermeras parecían secretarias y a tan solo a tres metros de ellas, los pacientes, hombres y mujeres a la espera de tan sólo una mirada compasiva. Mirada que nunca aparecería, ya que el trato hacia ellos era más que indiferente.
Las visitas se encontraban programadas en dos tiempos, cuya duración era de 30 minutos. Los familiares aprovechábamos esos valiosos minutos para poderles dar de comer, beber e intercambiar algunas palabras de aliento para continuar al día siguiente, quién sabe para qué. El día que fui a visitar a mi abuela en la terapia intensiva, algo en ella había cambiado, sus ojos color verde mar con un sol en medio de cada pupila ya no estaba, en su lugar, una mirada fría y vacía se había apoderado de ella.
–Es agua fresca- le dije.
Ella asintió con su cabeza, ya que no podía emitir palabras, bebió como si viniera de un desierto, nadie había reparado en la sed que ella tenía. Tampoco le habían cambiado las sábanas manchadas de sangre producto de la colocación de una vía central para pasarle las medicaciones “correspondientes”.
Los pacientes en esa sala sufren muchísimo el frío, ya que tan solo una sábana blanca los cubre por la noche y tienen que estar desnudos sintiéndose totalmente entregados a los cuidados de los enfermeros de turno.
Si bien la terapia es para cuidados intensivos como la palabra lo dice, pude observar que carecen de todo tipo de atención Integral, se sienten angustiados por su situación actual; el estado físico, mental y espiritual se encuentran totalmente devastados, la única compañía que tenían era su soledad latente, aunque estuviesen todos juntos, separados a un metro y medio de distancia entre ellos, se sentían muy solos y abandonados en ese selecto lugar.
Los médicos al momento del parte, el cual se daba tan solo una vez al día, no reparaban en cuidar las palabras empleadas, ya que todo lo que tenían que decir, lo hacían directamente frente al paciente, sin importarles justamente el efecto que pudiesen causar en ellos, no meros pacientes, ellos; seres humanos que al igual que cualquier otro; sienten, sufren y se angustian, no importa la edad que tengan, no importa si ya son mayores y vivieron muchos años, siguen estando ahí, vivos y sienten frío, tienen hambre, necesitan ser atendidos y cuidados como se merecen. Lo que estaba sucediendo en ese lugar era realmente tierra de nadie.
– Ponete bien que ya falta menos- esas y otras palabras, salían de mi boca, pero cada día perdían fuerza porque sabía que no era cierto.
Cuando el paciente ya se encuentra en la fase terminal, los médicos dicen que no hay más nada que hacer, porque ya hicieron todo lo posible médicamente y es por eso que los pacientes abandonan la terapia intensiva para volver a la sala, debido a que necesitan un lugar libre para uno nuevo.
Una vez que vuelven a la sala común, se les hace un seguimiento rutinario para que dejen la clínica y vuelvan a su casa, pero no porque se encuentren bien, sino, porque lograron estabilizar al paciente y ya no hay más nada que puedan hacer por este.
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Ella era todo lo que estaba bien en esa clínica. De contextura mediana, ojos cafés, cabello negro y una hermosa sonrisa que te invitaba a tranquilizarte en los momentos en que más lo necesitabas.
–El cuadro de tu abuela Aroma es irreversible. Los adultos mayores cuando llegan a cierta edad comienzan a sufrir un deterioro en el funcionamiento correcto de sus órganos. Nosotros; los médicos, como ustedes; los familiares, estamos para acompañar a las personas en este proceso. Es parte de la vida. En algún momento se tienen que ir, y está bien que eso suceda…
–Gracias doctora. Se lo comunicaré a la familia.
Me retiré por ese pasillo sin emitir sonido, un nudo en la garganta no me dejaba respirar. Quería gritar, golpear algo, estaba enojada, nada podía hacer para cambiar esa realidad. La realidad era esa, listo, punto final, o tal vez no, solo un nuevo comienzo para rever el trato que se les da a nuestros adultos mayores. Morir con dignidad es saber que al paciente se lo trató con amor, que se le sostuvo la mano con una cálida caricia, que se despidió de este mundo acompañado por un ángel de la guardia.

