Después de El niño resentido, César González vuelve sobre su propia historia para disputarla. Rengo yeta no continúa una novela; continúa una pelea: la del derecho a contarse a sí mismo.
Nacido en la villa Carlos Gardel —a pocas cuadras del Hospital Posadas, en el partido de Morón— cuando el neoliberalismo se imponía como única posibilidad, César González nos trae su historia de vida para visibilizar y desromantizar las vidas de pibes y pibas que nacen en los márgenes del sistema, con toda su complejidad, sus matices y sus colores. Un sistema que genera desplazados de a miles para utilizarlos como combustible de su maquinaria, como chivos expiatorios de sus propias culpas y como carne de cañón de su aparato burocrático, policial y judicial. Después los narra, despojándolos incluso de eso: el derecho a contarse a sí mismos. Hasta ahora.
Ambos libros están narrados en primera persona y en capítulos cortos: separados por títulos en El niño resentido y por números en Rengo yeta. De prosa seca, directa, sin adornos ni edulcorantes, ambos son puro ritmo. La poesía aparece, se deja reconocer entre papeles metálicos, paredes sin revocar, balas de 357, huesos rotos y pisos de tierra. Y además hay escenas, muchas escenas regadas de imágenes. Una, al azar, de El niño resentido: «Íbamos caminando hacia el barrio bañados en sudor, con algunos cortes en los brazos y en las manos. Eran casi las once y el barrio salpicaba chispas de lujuria, se veían reuniones por todos lados…».
Lo que predomina son las escenas, las imágenes. César González, antes que escritor, se define cineasta, y su extensa filmografía respalda esa afirmación: entre cortos y largos cuenta con dieciocho obras realizadas. La gran mayoría gira alrededor de la vida en la villa, con la lente ajustada sobre las infancias vulneradas por la desigualdad, pero sin caer en sensiblerías ni justificaciones complacientes. Trabaja, en la mejor tradición del neorrealismo italiano, con una mayoría de actores no profesionales y algunas deliciosas excepciones, como la presencia recurrente de Sofía Gala.

El niño resentido (2023) Reservoir Books.
El niño criminal, la venganza del niño proletario.
«QUE SE COMPRENDA BIEN», decía Genet en El niño criminal: ese niño es aquel que ha forzado la puerta que da a un lugar prohibido. González deja en claro que esa prohibición, impuesta por la lotería social, es una condena implícita y hereditaria. Y que El niño resentido va a forzar esa puerta, ya sea con un guardapolvo blanco, un cuaderno y una barreta, o con un fierro, la sangre caliente, la cabeza fría y la adrenalina bien, bien al palo. «Robábamos por un goce estético y espiritual… todos queríamos las últimas Nike».
El niño resentido viene, de alguna forma, a vengar a Stroppani, aquel niño proletario de Osvaldo Lamborghini, lacerado hasta la náusea por tres chicos burgueses y torturado hasta perder la forma humana, la vida y, con ella, el derecho a contarse a sí mismo. Si hay una venganza posible en esta historia, es esa: no permitir que nadie más la cuente por él. O, en palabras de Fogwill, escribir para no ser escrito.
“Guachines” (Corto, año 2014)
Seguimos sin saber qué puede un cuerpo
Al leer El niño resentido y Rengo yeta caemos en la cuenta de que, ante todo, hay un cuerpo que duele. Duele tanto que tiene que anestesiarse para poder seguir, a pura pulsión de muerte, pero con una obstinada voluntad de vivir. Esa voluntad se manifiesta desde el primer capítulo de El niño resentido: un niño de cuatro años casi se ahoga en un pozo de mierda mientras su madre y su tía fraccionan cocaína, hasta que una mano amiga lo arranca de los pelos de la boca putrefacta de la muerte.
La infancia de César González, que no dista de muchas infancias de niños villeros, lo llevó a una adolescencia que corrió los límites de la pregunta por la potencia de un cuerpo, el suyo. Cayó en la cárcel de menores con seis balazos —cuatro de la policía, uno de un amigo y el último de un justiciero—, una adicción galopante a la cocaína, desnutrición y mucha pulsión de muerte.
Las tumbas
Además de Genet y Lamborghini, Rengo yeta comparte un linaje literario con Las tumbas (1972), de Enrique Medina. Sobre todo después del primer traslado del rengo, cuando, por su condición, va a parar a la enfermería gobernada por Cima, un paralítico que no necesita piernas porque tiene parla, y con eso le alcanza para tener «aura de emperador».
Dentro de las tumbas que el rengo habita opera la misma lógica que en las de Medina: la ley de la selva, crueldad, humillación, violencia y la deshumanización de los menores por parte de las autoridades. La carátula de secuestro extorsivo por la que cayó le sirve al comienzo; después tiene que elegir con qué bando parar —La Boca o Villegas— y pararse de manos para demostrar su hombría. Aunque la habilidad verbal puede hacer que un rastrero, el peldaño inferior en la jerarquía del hampa, se convierta en capo. Con cada nuevo traslado, todo vuelve a empezar. Ese linaje también se comparte a través del lenguaje, en esos despojos de la lengua, en los chispazos de creatividad y en la capacidad inagotable de renombrar todas las cosas. Una lengua viva, resbaladiza, que palpita al ritmo del corazón popular y no yace pétrea en el museo de la lengua.

Rengo Yeta (2025) Reservoir Books.
Los chetos, satori y poesía
El ingreso de los rugbiers a la enfermería trajo una primavera dulce para el rengo y compañía. También, luego de su fugaz paso por «rejalandia», un momento de iluminación y la semilla de El niño resentido. A partir de ahí, algo se modificó para siempre. En este libro, el protagonista accede a la cultura a través del delito, colgándose del cable de los vecinos ubicados del otro lado de la avenida Marconi, esa «frontera entre la villa y la sociedad». En Rengo yeta, después de los primeros libros prestados y una esperanza de amor, vienen los versos. El rengo ingresa a la literatura a lo Silvio Astier: robando y robando a Borges, el mejor ladrón de todos.
En ese ingreso a la literatura no hay piedad. Los libros no lo salvan, lo arman. Van construyendo la voz que aún se pregunta qué puede un cuerpo, pero que también aprende qué puede una palabra. La voz que insiste en escribirse para que nadie más lo haga por él.
¿Qué puede un cuerpo? (2014)

