Transformación del espacio público, desplazamiento de personas y otros comportamientos silenciosos pero masivos es el fenómeno que Ruth Glass definía como gentrificación. En esta crónica Flavia Schipper analiza cómo se modificó el paisaje urbano de su propio barrio para pensar en una tendencia que no es nueva pero que transforma el presente.
Por Flavia Schipper
Algo pasa en el barrio de Balvanera. Bueno, algo pasa en la ciudad toda. Edificios en permanente construcción, volquetes, restos de cemento, arena y cal que se lleva en cada pisada, como un souvenir. Desde que el 6 de mayo de 2023 se inauguró “Abasto, barrio cultural”, una iniciativa de renovación del Ministerio de Cultura Porteño, la calle Agüero experimentó quizás la más artificial de las metamorfosis entre Perón y Zelaya y fue rebautizada como “Corredor biocultural Agüero”.
El asfalto también se transformó: las calles de un gris alquitrán ahora ostentan colores del arcoíris entre las sendas peatonales, firuletes y dibujos en tonos primarios de personas tocando instrumentos musicales, como intentando robar un poco de la estridencia cromática del Centro Cultural Konex. Una apuesta por volver icónico lo porteño, antes que por recuperar lo tradicional. Y es que a Balvanera, al igual que otros barrios en la Ciudad de Buenos Aires, comienza a salpicarle el oleaje de emprendimientos inmobiliarios, que ya inundó por ejemplo a Chacarita o Villa Crespo. Edificios con amenities se abren paso entre las casas, luego de años en construcción. Las obras en la ciudad acompañan esa transformación, configuran nuevos espacios, en general privados.



A falta de una palabra más adecuada, todavía se sigue hablando de aquel fenómeno que Ruth Glass, socióloga británica, identificó en 1960 para definir un proceso en el que intervienen diversos factores, pero que esencialmente se basa en el desplazamiento de un grupo de personas y la transformación del espacio público: la gentrificación. Su rasgo distintivo es el desplazamiento. Los sectores más pobres y los grupos sociales más vulnerables -personas racializadas, empobrecidas y atravesadas por cuestiones de género- son expulsados de sus territorios a otros más precarios y “reemplazados” por grupos de personas con más poder adquisitivo que puedan costear los servicios en esas áreas de la ciudad.
La marea de nuevos edificios no viene sola. La fisonomía del barrio se modificó al punto de que las tintorerías japonesas, los locales de comidas regionales, los almacenes o los negocios de compostura de ropa y calzado tienen que competir con cadenas de restaurantes, cafeterías y heladerías “que la están pegando”. Hay una especie nueva de locales que destacan del viejo paisaje, ofreciendo productos de especialidad, como café importado o yerba mate orgánica.
En “La gentrificación es inevitable y otras mentiras” (2022) la geógrafa Leslie Kern describe un proceso similar que se dio en su ciudad de residencia en Canadá pero también en varias ciudades de Europa, sumándose a las voces académicas que estudian el fenómeno de la gentrificación. Como describe la autora “La gentrificación se ve facilitada por fuerzas mucho más poderosas que las del propietario promedio de clase media: están los gobiernos de las ciudades, los desarrolladores, los inversores, los especuladores y las plataformas digitales que desde lejos crean nuevas maneras de lucrar con el espacio urbano.”
La experiencia que Kern describe en ciudades de Estados Unidos como San Francisco o Miami se repiten en la Ciudad de Buenos Aires, donde el concepto de “ciudad creativa” gana terreno en las comunas y los eventos culturales, los circuitos artísticos y las actividades gastronómicas forman parte de una transformación que con el tiempo eleva los costos de vida y busca atraer a poblaciones con mayor poder adquisitivo.
Agüero era un paso que los vecinos evitaban, sobre todo de noche. Pasó de ser un largo callejón que se veía más como un túnel hacia lo desconocido a ser un paseo colorido y luminoso. Luces de neón con formas de animales cuelgan de las rejas de una de las canchas de Open Gallo, el club que atraviesa la manzana conformada por las calles Sarmiento, Agüero, Gallo y Avenida Corrientes. Por el medio del corredor el neón toma la forma de los versos de Fernando Noy, un poeta que también es vecino. “El Abasto es un puerto de almas. Hay peruanos, rusos, argentinos. Estamos todos. Esta es la gran Babilonia y es cada vez mayor”, le dijo a la revista El Abasto el día de la inauguración del Corredor Biocultural.
En Balvanera, como en otros barrios de la ciudad ahora las veredas tienen partes angostas para dar lugar a canteros en los que no siempre crecen flores, que con las lluvias se llenan de barro y agua estancada, cuando todavía no retiraron los cercos malla-naranjas, unos plásticos tipo rejilla que se usan para evitar el tránsito. La solución de los peatones que las transitan a veces termina siendo la más riesgosa, desistir de la vereda y agarrar por el medio de la calle.


“Se vive como se puede” dice Jorge, que atiende El Portugués desde el año 92 y nota que “el barrio crece desde la zona del Abasto o la Plaza Almagro, pero no para el lado del Once. Lo que sí crece es el monto de las tarifas de luz.”
Aunque en su propia manzana se está terminando de construir un edificio de siete pisos y en la cuadra siguiente se construye uno de más de doce, afirma que “si caminás por acá ves siempre las mismas caras, gente de estratos bajos”. Sin embargo, como todos los comerciantes, debe competir con los nuevos negocios del barrio: “antes no había tantos negocios, no había chinos, no tenías el Coto ni los Eki, que ahora son Vea” explica.
Desde que el Konex abrió sus puertas a los recitales, El Portugués fue la esquina perfecta para consumir cerveza sin pagar sobreprecios. “Ahora no tanto, porque no hay muchos recitales y aparte hay gente que ahora vende en la puerta con las congeladoras” dice, refiriéndose a los vendedores ambulantes.
En su capítulo 3 “La gentrificación es una cuestión de gusto” Kern explica el proceso de la “ciudad creativa” en el Estado de la Florida, en Estados Unidos, y es posible ver que tiene puntos en común con Balvanera: “La revitalización cultural colocó una máscara colorida sobre los intentos de las ciudades por atraer nuevos habitantes, turistas, emprendimientos e inversores, en apariencia desconectados de la política. Para los críticos, esta versión disfrazada del neoliberalismo urbano solo haría una vida más difícil a quienes luchaban para llegar a fin de mes.”
La nueva ola gastronómica
El registro más antiguo de imágenes que ofrece Google Maps muestra que al menos desde octubre de 2013, las calles del Abasto se caracterizan por una oferta de platos peruanos, peruanos fusión con japoneses (nikkei), o bien peruanos con fusión china, pero también las pizzerías, parrillas y bodegones donde las milanesas sobresalen del plato.
Sobre Agüero, la calle-corredor, se enciende una luz donde un lavadero dejó de existir. Es JuaJua, un restaurante de ramen. Una mesa con dos sillas detrás de un muro de poco más de un metro, como un pequeño living comedor familiar. La decoración al interior del lugar es un viaje por Asia: jarrones floreados, veladores también floreados con pantallas que imitan una flor, mesas de madera oscura como pueden verse en los restaurantes del Barrio Chino. Si bien el lugar evoca otros restaurantes asiáticos, conserva algunos elementos propios de la sociedad occidental: una réplica de la cabeza del David, una araña con caireles colgada del techo, paredes en las que se preservan molduras.
Juajua comparte el nombre con su madre, de apellido Jua, pero según cuenta Yenny, “Jua” también es el nombre de una flor. El lugar se inauguró en abril pero no hubo tiempo para festejos. Desde que abrió sus puertas, las persianas se mantienen cerradas pero los pedidos online no paran. Yenny cuenta que puso el local para que su mamá tuviera un trabajo, “para que pueda hacer algo”. Su madre ya era propietaria de lugares de comida en su ciudad natal en el norte de China y con ese conocimiento abrió un restaurante de “alta gama” con más de cien platos y chefs de especialidad en Microcentro. El torrente de clientes viene de ahí, de esa historia.
El castellano de Yenny es un manto hecho de retazos zurcidos en conversaciones con argentinos. “Mipaisano” dicho así, es el gesto de la oralidad que heredó en esas interacciones, y es casi una muletilla para hablar de sus compatriotas. Entonces cuando cuenta que “tomo pedido para mipaisano”, “atiendo mipaisano”, “mi marido es mipaisano”, “me casé con mipaisano” se refiere a una persona o grupos de personas chinas.
Casi como una metáfora del presente, Yenny vive en distintos planos de simultaneidad. Mientras tipea en cada teléfono, hace dormir a su beba de seis meses, habla con su mamá, transita la inauguración silenciosa de un restaurant de ramen y administra otros negocios en el barrio. “Tengo un estudio de belleza por acá cerca” comenta. En ese lugar atiende a mujeres y no está abierto a todo público. Ante la pregunta por una dirección responde “Es privado”.
Unas semanas después JuaJua recibe gente y el lugar se llena. La demanda de ramen existe y sus comensales están en el barrio. La competencia se abre: se abre un restaurante de dumplings y otros platos típicos de la cocina asiática con un formato más parecido al de McDonalds. Tiene un nombre escueto, Oi, justo en frente de JuaJua. Empieza una nueva ola de renovación para el Corredor Agüero.
Quienes pueden tener a su público cautivo, continúan sosteniendo un formato más tradicional. El Huachano es un restaurante de cocina peruana que resiste sobre la calle Sarmiento. Nicole tiene diecinueve años y con la experiencia de trabajar con sus padres ya está tomando la administración del negocio mientras termina la secundaria. El Huachano supo ver días mejores, llegó a tener una sucursal en Recoleta, pero hoy resiste con clientes fieles en la calle Sarmiento.
“Me gusta” dice Nicole sobre el cambio de aspecto del barrio, que se tradujo en edificios que se levantaron sobre los viejos PH. “Había mucha deteriorez, muchas casas viejas”.
Los espacios ganados
Como dice el poema de Noy, “en el Once conviven un puñado de comunidades”. No se odian pero tampoco se conocen. Por eso, aunque un poco desapercibidos, hay espacios que se dedican a recomponer el tejido social. Uno de ellos es el Parque de la Estación -predio que fue la estación de trenes de Once- recuperado por los propios vecinos desde 1999 como un espacio de uso público. “Las comunas 3 y 5 de la ciudad, que corresponden a Balvanera y Almagro, tienen menos de un metro cuadrado de espacio verde por habitante, una baldosa, no es nada”, dice Andrea, una de las vecinas que promueve la utilización del parque para impulsar actividades comunitarias.
Mientras se siguen acercando proyectos de reforma para el código urbanístico, las torres se elevan. La pelea por una nueva plaza en la intersección de Gallo y Sarmiento se perdió, cuenta Andrea que militó la construcción del espacio para el que vecinos autoconvocados juntaron firmas y hasta tenían un nombre: “Tita Merello”. Si hubiera que explicar por qué es necesaria la regulación de la altura de los edificios, para Andrea la respuesta es una “para ver el cielo”.
“Nosotros empezamos con las plantas nativas y la huerta” cuenta Andrea, una iniciativa que el Gobierno de la Ciudad tomó y extendió a distintos parques y plazas. “Este año hicimos actividades junto a los chicos de la Facultad de Diseño, estudiantes de paisajismo, también sembrando especies nativas, pero vino la gente del gobierno, dijo que todo era yuyo y sin preguntar lo cortó”.
Actualmente los vecinos van a ese espacio con la intención de ocupar en el sentido más literal del término, el espacio ganado.
Homero se ubica en la mitad de cuadra de Valentín Gomez entre Gallo y Agüero. Antonella cuenta que nació hace 23 años como una idea de su papá, un ex-policía que desde el 2001 veía la pobreza en el barrio y llegó a albergar, junto con su mujer Marita, actual dueña de Homero, a unos veinte chicos. Empezaron funcionando como un comedor en su casa, y pasaron a dar hospedaje a niños y niñas de la calle, con los que Antonela se crió.
El club llegó después. “Antes estábamos en Sanchez de Bustamante entre Humahuaca y Lavalle. Antes alquilábamos el espacio. Entonces estábamos de cinco a ocho y media de la noche y nos cobraban tanta plata. Un día fuimos y estaba el candado cerrado. La dueña entre comillas -ni siquiera es la dueña porque todos los terrenos son de la Secretaría de Deporte- nos había cambiado la llave y se quedó la señora con todas nuestras cosas dentro. Ahí es donde caímos acá.”
Su mamá, Marita, preside el club. Tanto ella como su papá eran amigos de Sebastián Bata Figueroa, funcionario de la Secretaría de deporte quien, según cuenta Antonella, les ayudó con los trámites. “Hace veintiún años esto también era terrible. Acá también alquilábamos los lunes a viernes de 5 a 8. Después venían, alquilaban la cancha, vendían alcohol, consumían drogas, se juntaban todos los fisuras del barrio, hacían fiestas. Hemos llegado a venir los sábados cuando hacíamos campeonatos. Había profilácticos, bolsitas de cocaína, marihuana, gente durmiendo, prostitutas durmiendo en el baño. Mi mamá agarró y llevó todos los papeles, balances, los técnicos declarados, todo por lo legal, y le dieron el espacio.”
El trámite duró unos dos o tres años, Marita obtuvo el permiso de la propiedad por 60 años. El padre de Antonella vio en el deporte una vía de escape a los peligros que atravesaban los pibes en el 2001, cuando inició Homero. Hoy ella misma destaca el rol del club no sólo como un lugar recreativo sino como un medio para acabar con la delincuencia. Su papá le decía “una hora en un club es una hora menos en la calle robando, drogándose, conociendo cosas que no tienen que conocer. La mayoría eran chicos que eran muy precarios”. Cuenta que hasta al menos quince años atrás, era su papá el que le compraba botines a los chicos que iban descalzos a hacer deporte.
Con el tiempo, el club pudo salir adelante, a través de los años, organizando campeonatos, abriendo escuelitas de otros deportes -por ejemplo patín artístico- o bien abriéndose a nuevos públicos -como el fútbol femenino-. Cobra una contribución -no tiene una cuota fija- que busca ser accesible para las personas de Once, Almagro, Balvanera. La idea es siempre la misma: ser un club para el barrio y sus alrededores, que como decía Jorge el almacenero, son de bajos recursos. “La gente sabe quién es Marita. Buscamos que el club sea propio, que no pierda su esencia, esa que le dieron mi viejo y mi vieja esa noche sentados en casa armando el escudo de Homero”.
La propia supervivencia de espacios vecinales y clubes de barrio tiene como correlato el de la importancia del Estado. Si en las grandes ciudades del mundo, incluyendo Buenos Aires el poder político es el que permitió que los emprendimientos inmobiliarios invadieran las cuadras de volquetes, dieron lugar a cadenas de comidas y a una oferta gastronómica y cultural dedicada a un público diferente del tradicional, ¿no serán los propios gobiernos quienes puedan regular esa situación? Es claro que los alquileres están por las nubes, que tomar un café o comprar yerba ya no son lo mismo y que todo puede venderse, pero, ¿quién le exige al gobierno de la ciudad que deje de anteponer la rentabilidad para seguir ganando la cancha?

