Miradas y decires a través de los siglos: la mujer y sus viajes

Todo empieza con una curiosidad, que se transforma en idea lejana, que despierta una posibilidad. Así empieza mi viaje, avanzando sobre esos momentos que parten de la inquietud por una nueva tierra, una cultura ajena y tan distante de la nuestra, la argentina. 

Por Lara Yost

Viajo para no volver atrás, para no llegar a ninguna parte,
para habituarme a perder y a despedir: lugares, cosas y gente.
” Leila Guerriero 

A principios del 2023, me atiborré de investigaciones, artículos, fotografías y videos que me acercaran todo lo que fuera posible a Escocia, ¿por qué este país, a más de 11.000 kilómetros de distancia? No lo puedo saber, había algo en esos paisajes de múltiples curvas, y grises y verdes que me atrapaban. Algo en sus leyendas, en sus silencios desparramados por kilómetros de tierra deshabitada, en su anacronismo. Una suerte de misticismo que impregnaban los acantilados de las Highlands, sus castillos de cientos de años, de ladrillos negros en cielos nublados y fríos, simplemente me tenían cautivada. Como es lógico, hurgué en su historia antigua, en los escasos artículos en español que pude encontrar en internet sobre la cultura celta. Es sabido, se trataba de un pueblo “ágrafo”, lo que es un problema para los historiadores, puesto que el único registro escrito que tenemos de ellos proviene de sus enemigos: los romanos. Luego de un período de luchas por conquistar estas tierras, los romanos dieron marcha atrás, permaneciendo los celtas y su cultura en las partes altas de lo que hoy conocemos como Gran Bretaña, hasta que el cristianismo, con los años, termina por asimilarlos. Con todo, los celtas han dejado sus huellas en la cultura escocesa, siendo un pueblo de costumbres fuertemente arraigadas. Ese tinte histórico era para mí fascinante. Fue entonces cuando surgió la pregunta: ¿y si voy?

Algún tiempo después, en una tarde de septiembre del 2023, estábamos sentados en un parque con mi compañero discutiendo sobre la situación del país, como todo iba a cambiar con las elecciones, sobre nuestros planes a futuro, ¿qué hacemos con nuestros ahorros? ¿Invertimos, nos mudamos… viajamos?

Como decía, de la curiosidad saltamos a una idea lejana, casi utópica, un deseo: conocer Escocia. ¿Qué posibilidades tenemos? Pensamos entre nosotros. Nuestros ahorros de tiempo trabajado, invertido, comprar el vuelo de manera espaciada (es decir, informarnos sobre métodos de compra), buscar precios de hospedajes, armar presupuestos. 

Pronto Argentina se vio envuelta en un cambio rápido y abrupto, no había tiempo para pensarlo demasiado, y así es que de la probabilidad pasamos al hecho. En octubre de ese mismo año compramos nuestros pasajes a Londres. El viaje estaba en marcha. 

Con los meses vinieron las múltiples planificaciones: fines de semanas enteros proyectando, juntos, nuestro itinerario, reservas de hospedajes, transportes, seguros de viaje. Siempre había algo por pensar y añadir a nuestra agenda y lista de tareas. 

Pero en la vorágine y el movimiento constante de las planificaciones y asuntos más prácticos me olvidaba, por momentos, de lo que estaba pasando. En cuestión de meses, aquella tierra que solo podía imaginar y acercar en fotos, iba a ser un hecho, parte de mi vida. Estaríamos a un océano de distancia, a 11.928 kilómetros exactos de nuestro país, pisando un lugar del que, hasta hacía unos meses, no sabía nada. Para ordenarme y en un intento de salir del vértigo, pensaba en referentes, personas que de estos viajes construyen algo nuevo, una mirada, una idea; que hacen del viaje algo más que turismo. Pensaba en esas mujeres que admiro por su forma de ver y leer el mundo, de salir de su cuerpo y mirada para dejarse atravesar por lo ajeno y dar cuenta, así, de que hay mucho más de lo que vemos y vivimos. 

En una de mis tardes de abril de 2024 me encontré, como por casualidad, con un texto reconocido de Leila Guerriero, Zona de obras. Arrastrada por la curiosidad de leerla o por el placer de hacerlo, dediqué algunas horas a esos artículos. Mucho de lo que ella compartía, desde el lado de la crítica y la experiencia, resonaron a la par de este punto de mi vida. Y, claro, los tópicos del “viaje”, “mirada”, “contar” se reproducen en varias de sus páginas. 

Por esos días, una idea me rumiaba e inquietaba. No quería que nuestro viaje se volviera mero turismo de estereotipo: las fotos que aseguran y muestran nuestro paso por un destino exótico, las anécdotas de calles famosas y museos de renombre. No quería, en fin, que sea una pausa de rutina. Quería embeberme del aire, la gente y sus diálogos y acentos, de la atmósfera, la lluvia y el viento húmedo, de sus colores y su historia y los tonos del cielo en ese lado del mundo. Quería ver pero también escuchar. Y es entonces cuando siento a Leila decir algo como “viajar para contar es, sobre todo, eso: ver lo que está pero que nadie ve”. Ella viaja, ve y cuenta. Pone el ojo donde nadie más lo hace, donde el turista pasa por encima de los silencios, los diálogos pasajeros, las historias y leyendas. Pero no, ella cuenta lo que nadie dice y mira donde nadie ve. 

Como ella, quería ver y contar. Pero para hacerlo, tenemos que movernos. 

Nuestra libertad, la libertad de las mujeres para viajar, para movernos solas o decidir quién y cómo nos acompañan, es un derecho adquirido. Pienso en todas esas mujeres de siglos pasados atadas a matrimonios, en estructuras familiares obligadas, en roles impuestos, en deseos que se quedaron en secreto; y pienso que este viaje también es por ellas. Pienso en mujeres viajeras y en lo difícil que es encontrarlas en la historia, en todos los fantásticos y célebres autores masculinos, en Rubén Darío, en Horacio Quiroga, en José Martí. Sus viajes son viajes por placer, o negocios, o de observación, y en sus textos es eso lo que vemos, están solos y escriben. Y pienso también en Lina Beck Bernad, en Eduarda Mansilla y en Juana Manso, autoras igualmente célebres, pero de historias tan distintas. Y me pregunto, ¿cómo viajaban estas mujeres? ¿Podían elegir itinerarios? ¿Podían ahorrar y visitar el lugar que quisieran? ¿Qué veían cuando viajaban? ¿A dónde detenían la mirada o qué les importaba? ¿Por qué viajaban? ¿Cómo construían los espacios por donde viajaban? Y pienso que las respuestas del siglo XIX a esta parte son tan diferentes. Que leer a Lina o a Juana me lleva a lugares distintos a los que me lleva Leila. Pienso, entonces, en la multiplicidad de miradas a través del tiempo, en las experiencias y formas de narrar. 

Es 10 de julio de 2024 y tomamos nuestro primer vuelo de Buenos Aires a Sao Paulo para llegar a Londres al día siguiente. 

Las nubes se mueven despacio, las veo desde arriba en una danza despreocupada, que no entiende de miedos, o envidia, ni se enfrenta a las tragedias. Ellas existen tan altas y sublimes, tan blancas. Las veo danzar en lo alto. A lo lejos, un fondo azul intenso, un naranja que se pierde en rojo vivo. Una estrella solitaria. Más allá se oscurece y se vuelven verdes los azules. Se apagan los naranjas y crece una pincelada de azul aún más profundo que el anterior, tan cargado de espacio gigante que puedo respirarlo por los ojos. 

Las lenguas de fuego lamen el cielo y se encienden tan brillantes, tanto como nunca lo había visto. El atardecer, 18:42, me encandila. 

Ahora las nubes son negras y se recortan sobre el cielo brutal, por lo tenebroso, lo opaco e indivisible. Crecen bajo nuestros pies y se asemeja a un mar de olas jabonosas, o bosque frondoso sin paso de hombre. 

El sonido vibrante del avión no cesa, palpitan las turbinas, las alas se estremecen por la fuerza del viento, los paquetes plateados crujen impacientes, líquidos calientes y suaves, fríos y burbujeantes caen en pequeños recipientes hechos para desechar. 

Pero afuera hay silencio.

La sensación es de haber llegado al límite permitido, pero la línea diagonal en la que se posan las ventanas del avión es caprichosa y muestra lo contrario, desafiando lo posible. Vamos hacia el lado de la noche, el norte donde todo se guarda al amparo del oscuro. Las vistas prodigiosas van quedando atrás (a las espaldas) y un rojo lucha por sobrevivir. 

Ahora es momento de la estrella, la única de todas capaz de resplandecer y sobrevivir a semejante manto negro. Cuelga de alguna parte imposible de fijar en el mapa. Tendida como está, solitaria, y nos mira burlona porque a ella no podríamos llegar.

Al fin, estamos a un paso de Escocia y pienso en Leila, en Juana y en todas las mujeres que viajaron, contaron y mostraron al mundo todo lo que es, que es más de lo visto y conocido. 

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