En un mundo que se descompone, hay vida que insiste. Entre grillos que anuncian la tormenta, compost que respira y animales que cuidan, esta crónica se sumerge en el subsuelo de una ciudad enferma para encontrar calor, compañía y posibilidades de transformación. Una mirada íntima, multispecies y ecológica sobre los ciclos que duelen, se pudren… y renacen.
Por Lucía Ceresole, Catalina Landívar y Mel Randev
Los grillos estaban molestos. Conté tres mientras cantaban, rompiendo el silencio denso de la noche. En el pedazo de cielo que alcanzo desde mi ventana, recortado por los edificios vecinos, se acumulaban nubes espesas. Nubes lilas, grandotas y algún que otro rayo deslizándose al fondo.
Los busqué entre las macetas de mi balcón, pero no encontré ninguno. Intuyo que prefieren la selva citadina del patio de mi vecina de abajo. No cantan con la boca, como los humanos; hacen ruido a través de un proceso llamado estridulación: frotan un ala contra la otra y aparece el cri-cri. Aunque parezca siempre el mismo sonido, cada especie tiene el suyo. Cantan para atraer a las hembras, para marcar territorio. Los revoltosos son los grillos machos, entonces.
“Parece que se viene el agua, escuchá los grillos”, dicen en el campo. Y sí, los grillos están a gusto: prefieren la humedad que precede a la tormenta, cuando el aire se espesa y todo parece volverse más “escuchable”. Su canto está muy ligado a la temperatura. Si les gusta el clima, cantan. Como yo en primavera. El cri-cri se volvió un zumbido grave, como si algo —alguien— respondiera desde adentro de la tierra. Me quedé quieta. No era solo la lluvia lo que venía.

Ando bajo tierra, como un bicho bolita; en los subterráneos todos parecemos gusanos. Nos hemos acostumbrado a la oscuridad, al poco oxígeno, al mal olor. Vivimos entre la basura. Capaz, pronto diremos «comemos basura». Esos que están en el rincón mendigando son niños y, en la ausencia de sueños, el cielo parece lejano.
Me muevo entre los bloques. Parecen sólidos, pero no lo son. Voy como un topo, siguiendo el camino que muchas veces erro o confundo; cuando las apariencias engañan, o he leído mal las señales. Pido asistencia y encuentro guías. «Where are you from?», me preguntan: Yo soy de la frontera.
Los bichos del compost me están gritando. Yo los escucho. Llovió y el compost se inundó, como algunos pueblos de por acá. En esos momentos repito como un mantra: todavía tenemos posibilidad de cambiar las cosas, de sacarlos al sol, de echar un poco de luz para que la transformación sea más orgánica.

Tengo un recipiente lleno de cosas muertas: un tarro de plástico donde voy tirando la yerba mate —que es mucha y hay que secar—, las cáscaras de banana, las hebras de té, la piel de papas y zanahoria, las hojas malas de las lechugas con sus nervaduras recientemente partidas. Voy a duelar un ratito a estas verduras. Les despido con honores: Gracias, chicas, por alimentar a mi tribu.
Arañas, hormigas y cucarachas amenazan a los microorganismos con quedarse con zonas del cajón. Las lombrices me dicen: «traé hojitas”. «Andá a juntar acá a la vuelta; hay una bolsa llena de hojas de plátano, enormes”. Sirven más que las del árbol que está en la puerta de casa: secan la humedad en exceso que hace que salga de aquí ese olor a muerto.
Existe un puente entre los reinos que no es humano ni vegetal. Abran paso: ahí vienen los hongos. Hay de los más deseados a los más temidos. Estos, son verdes como los que le salen a los tomates. Este microcosmos tiene su propio lenguaje y sus propias reglas.
Lo bueno es que todo eso es como una olla a presión. Después, se convierte en tierra; pero, mientras tanto, va levantando calor. Hay que picar papelitos para que entre el aire si no alcanzan las hojas caídas, porque el compost respira. Y como en todo cuidado, toca contar una historia, como las que se contaban las recolectoras de semillas; como las que se cuentan entre un chat y el otro. O de boca en boca.
Me cuidan animales. En la placa se veían líneas blancas en mis pulmones. Entonces adentro, entonces reposo. Mi cuerpo frágil está cubierto por frazadas naranjas. Le beso el hocico a uno de mis enfermeros. En esta casa mandan las bestias. Y cuidan.
Somos dos humanas rodeadas por una perra alta, un perro dorado, una gata negra y un gato suave que usan nuestra cama como si fuera suya. Entrelazamos piel humana y pelaje corto. Uñas de mujer, músculos de animal, espalda con espalda: una pijamada multi especie entre las sábanas. Nosotras miramos películas, ellos nos miran a nosotras o sueñan y roncan.
Huelo la boca de Bruno, el perro dorado, el perro que ha sufrido, el que nos despierta a la noche con respiraciones entrecortadas. Me toca con su pata cuando toso, mueve la cola cuando lo miro. Me acerco a su naríz fría y húmeda. Le saco las lagañas y gruñe pero yo adoro el olor que queda entre mis dedos.
El cielo avanza. Las nubes pasan de violetas a grises y de blancas a oscuras. Las veo por los vidrios que envuelven esta casa que alquilamos. Vidrios fríos, piso caliente, pastos largos, compost a medio hacer. Las lombrices buscan salvarse en las madrugadas de lluvia torrencial y terminan muertas por la calefacción que brota del suelo del living. Nunca llegamos a salvarlas.
Las arañas también forman parte de este hogar. Crean imperios en la puerta de entrada, en el farol que prendemos en la noche. Las oigo hacer el trabajo de buscar moscas y envolverlas mientras piden ayuda. Tzzzz Tzzzz Tzzzz. Tzzzz Tzzzz Tzzz. Tejen veloces. Se expanden. Arman guaridas. Dibujan en el aire.
Toso. Caliento agua y tapo mi cabeza con una toalla. Escupo sobre el agua hervida. Vuelvo a la pieza, los perros siguen ahí, se chupan las patas, me miran de reojo. Abro la ventana para que se vayan los bichos que bailan en el aire, después de tanto estornudo. Hace frío, ya es de noche, no hay grillos, el gato maúlla, los árboles de enfrente me hablan. Parece el sonido de una llovizna pero son las hojas las que secretean en lo alto, me acunan y me mandan a dormir.

