El Dojo es un lugar de artes marciales, pero en Kokoro el combate deja de ser solo una técnica para enfrentar a un otro: se convierte en una experiencia que enseña algo más esencial.
Por Lara Yost
El Camino del Guerrero ha sido malentendido.
Sensei Morihei Ueshiba
No es un medio para matar y destruir a otros.
Aquellos que buscan competir y ser mejores unos que otros
están cometiendo un error terrible.
Aplastar, herir, o destruir es lo peor que un ser humano puede hacer.
El verdadero Camino de un Guerrero es prevenir tal carnicería
– es el Arte de la Paz, el poder del amor.
Sobre la Avenida Colón al 1160 de la capital cordobesa, hay un cartel rojo y blanco con ilustraciones de trazo simple: un árbol de ramas y hojas negras, algunos símbolos y una humareda carmesí enfrentada a un garabato de persona en equilibrio. Camino a distancia de pocos centímetros del cartel y paso rápido la mirada por la ventana que inaugura el edificio, que es en verdad una gran pared de vidrios transparentes. Veo posters de todos los tamaños invitando a las prácticas de muay thai, o kick boxing, o boxeo, o aikido… Más allá, un grupo de personas entrena un deporte que no reconozco por la vestimenta: llevan una especie de kimono largo, pero no como los clásicos dobok de taekwondo. De todos modos no puedo ver mucho más, porque antes de interpretar los movimientos ya estoy alejada por dos metros del lugar y no quiero volver. Quedarme de pie fuera, solo observnado, me despierta una suerte de pudor, como quien invade un espacio ajeno.
Dejo correr unas semanas y vuelvo. De nuevo los “kimonos” -o así les pongo por nombre- los cuerpos en aparente sintonía y algunas armas de madera que giran por el aire para chocar en un cuerpo firme, listo para recibir el último golpe. Esta vez me quedo unos minutos más, pero, aunque quiero entender qué es lo que están haciendo con tanta concentración, no le veo sentido al papel de espectadora silenciosa. Anoto un número y me voy.
Después de darle algunas vueltas al asunto y escribir un mensaje enrevesado preguntando por las clases alguien, del otro lado, responde: “Yo te sugiero que vengas sin pensarlo mucho, conozcas la escuela y te fijes qué te gusta más”. Resuelta a encontrar mi espacio de entrenamiento -y otro tanto movida por la curiosidad-, decido tomar la sugerencia y, una noche de principios de mayo, me acerco al Dojo para probar una clase de muay thai con Lisandro.

A unos 3 cerámicos de distancia de mis pies, se abre un tatami negro que consume lo que queda de salón, mientras las paredes se revisten de espejos, palos de madera sostenidos de soportes, retratos de hombres de muchos años que desconozco, aunque llaman la atención por su temple sereno y barba extensa y delgada. También hay una suerte de pergaminos en cuadros de vidrio con dibujos de grafemas japoneses y su traducción occidental: ichi, ni, san, shi, go, roku, sichi, hachi, kyu, ju. Hay lámparas al lado del tatami y… ¿ojotas de madera? Geta, me corrijo un tiempo después.
De este lado de la pared de vidrio, tengo la sensación de haber quebrado el tiempo, de estar en un espacio anacrónico. Las intensas frenadas de neumático quemando el cemento se pausan. Las caminatas frenéticas, las bolsas de supermercado pesando y chocando, las mochilas con carrito, la música del gimnasio que cruza la calle; todo imita el gesto de pausa.
Un hombre de sonrisa simpática y mirada cálida me recibe. Se trata de Daniel, el dueño del Dojo. Me llama la atención el nombre, Kokoro, entonces pregunto por él, por su sentido: “Kokoro es mente, cuerpo y espíritu, es la parte espiritual del corazón”, me explica.

Entrar a un Dojo implica sacarse los zapatos y aprender a andar descalzo, a respetar un lugar que es sagrado. Entender que la energía es otra (energía marcial, en palabras de Daniel), que la música furiosa, que el ruido desmedido, que la palabra extensa e innecesaria no tienen lugar. Es aprender que no hay un tiempo, sino tiempos, que hay formas y movimientos y ritmos que crecen en el cuerpo como descargas eléctricas, o como ola serena que se impone para dirigir luego ella el paso.
Daniel me cuenta que abrió este espacio hace veinticuatro años, movido por las enseñanzas que los años de Aikido le concedieron. Veía que en el mundo hacían falta espacios donde la gente se conecte, un lugar donde la contención sea norma y no excepción. Medita un rato sobre ese momento de origen y sigue: “Se ha perdido conectarse, sentir con el otro. Sentir que uno puede ayudar, que vos me podés ayudar, que juntos podamos hacer algo realmente valioso. Sacar un poco la competitividad de quién es más fuerte, quién es mejor… cuando es tan difícil uno ser cada día mejor. Entonces, ¿para qué luchar con otros? Primero tenés que crecer y, una vez que crecés, ya no te hace falta competir con otros”.
La primera clase empieza y somos solo Carlos y yo en un cuarto más chico de tatami azul, donde se reproducen los retratos del sensei de barba larga y los grafemas japoneses que había visto ya al frente del Dojo. Me vendo las manos como lo supe hacer tantas veces en kick boxing, tomo un poco de agua y espero la rutina: entrada en calor, golpes, golpes, golpes y estiramiento. No me malinterpreten, me gustaban esos golpes, golpes, golpes en el gimnasio donde solía practicar. La fuerza implacable de cada puño contra otro, o contra una bolsa, o un par de paos. Practicaba con furia, agotada, sufrida y, así, me purgaba. Era la única forma conocida de encontrar un equilibrio.
Pero ahora, con Lisandro, los golpes terribles no llegan. En cambio, aparecen el movimiento consciente, la pausa, la repetición del movimiento. Empezar una y otra vez, medir el golpe, no dañar al otro, entender mi espacio pero también el de Carlos.
“El muay boran nace en Tailandia”, explica Lisandro, “ahí el luchador tomó los movimientos de animales, como el ataque del gorila, para usarlos en la batalla”. Pero hoy la guerra ya no se ve igual, el enemigo ya no se ve igual. No necesitamos los golpes del gorila, me dice Daniel, “ya no necesitamos chocarnos con el otro, sino ponernos al lado, igualarlo, para saber qué está mirando, para entender esa mirada. El aikido -su arte marcial-, es el arte de ‘no estar’, que no es lo mismo que huir, sino, ante una agresión, igualar el ataque y anularlo, no destruirlo. El fin nunca es destruir.”
“Se ha perdido conectarse, sentir con el otro. Sentir que uno puede ayudar, que vos me podés ayudar, que juntos podamos hacer algo realmente valioso. Sacar un poco la competitividad de quién es más fuerte, quién es mejor… cuando es tan difícil uno ser cada día mejor. Entonces, ¿para qué luchar con otros? Primero tenés que crecer y, una vez que crecés, ya no te hace falta competir con otros”
Por lo general, pararse detrás del vidrio es interpretar que lo que pasa en un Dojo tiene algo que ver con lastimar o, lo que es más, lastimar para ganar, para no ser uno el que sale con heridas. Pero la realidad es bastante contrastiva. Donde yo pongo mi cuerpo, para prestarlo y aguantar, hay alguien más que responde en consonancia. Hay una reciprocidad con el fin de llegar juntos, de aprender. Así, la frase de Daniel, “una vez que crecés, ya no te hace falta competir con otros”, toma aún más fuerza.

Tengo cuidado de no pisar el tatami con mis zapatillas, para no dejar marcas de un mundo externo. Acomodo mis cosas en un rincón y entro a la piecita para entrenar una vez más. Me cuesta concentrarme y reconocer que ya no estoy en mi escritorio, que no tengo la lista de responsabilidades pegadas en la nuca. Lo sé porque me pesan los hombros, las piernas y todo el cuerpo. Se suma la oscuridad de la noche, que en un murmullo me pide que deje esto y me acueste de una vez. Pero ya estoy acá y algo me toca aprender hoy, así que me quedo.
La técnica del barrido –derribar al oponente con ayuda del pie o del cuerpo- no es fácil. No por quien lo actúe, sino por quien lo recibe. Naturalmente, uno cree que debemos aprender a levantarnos cuando nos caemos. Caernos en el tatami, en el suelo, en la vida, es un golpe que duele, y necesitamos sacar fuerza para levantarnos después de esto. Pero en las artes marciales la lógica es opuesta: tenemos que aprender, primero, a caer.
Daniel me explica que siempre hay tiempo para el descanso: “podés quedarte en el tatami, si querés, un segundo más, un rato”; que está bien siempre y cuando no dure más de lo necesario, “todo en la justa medida”. Porque en las artes marciales lo importante es generar movimiento. Moverse. El aikido para él, el muay thai para Lisandro, para Carlos y para mí, es el arte de mantenerse en movimiento, de aprender a caer para luego levantarte y regir los diferentes tiempos. “Es tu mundo, con el mundo del otro, pero todos buscamos lo mismo”, concluye Daniel.
La práctica se cierra. Con mi compañero nos alineamos frente a Lisandro, ubicando las manos sobre la cadera para después unirlas y, en un movimiento curvo, llevarlas a la frente. Inclinamos el cuerpo un poco hacia adelante, agradeciendo la clase, y nos preparamos para salir. La noche está avanzada y somos los últimos en abandonar el espacio. El Dojo se apaga; el silencio y la quietud se preservan y guardan con candado. Daniel guarda la llave en su bolsillo y volvemos a la calle para seguir donde habíamos dejado.

