Todo lo que está blando (Parte II)

2/08

La soledad del espacio

Agosto llegó, sale el sol y en este sábado, el frío no es para tanto.

Amanecimos a las nueve y media con tiempo suficiente para desayunar, prepararnos y salir. Caminamos por la avenida siguiendo los rastros del sol. En el camino nos abordan Batman y Spiderman, saludan efusivamente. Les devolvemos el saludo. En eso Batman señala con el dedo a Valu “portate bien y hacele caso a tu papá” le apunta con el índice, Valu me mira y seguimos.

Es el cumpleaños de Laura y Laura no está, tampoco Vera. Al llegar nos reciben Marta y Lisandro. Helena está de vacaciones. El sol de Valu resplandece. “En mi opinión”, Marta posa los ojos por encima del sol, “parece un animal”. comenta, mientras trabaja en un árbol con personalidad.

“Para mí”, Valu la mira a los ojos, “es un árbol que baila”, remata satisfecha y devuelve la gentileza volviendo sobre su sol.

Sigo con el mate. Toca quitarle las grietas. Con una mini esponja apenas húmeda, suave, por dentro y por fuera. Alisar, quitar las fisuras, las marcas. 

“Todo lo que está blando, está hablando”, dice Marta sin levantar la vista de su árbol con personalidad. 

Después del sol, Valu sigue con Panchita, una perra para regalarle a su tía Agus. Panchita está sentada, las cuatro patas abiertas, como si las traseras fueran piernas, y las delanteras brazos. Comienza a pintarla, el paso previo a ingresar al horno. Elije el negro como color principal, y el rojo como accesorio. 

Al reencontrarme con mi mate me sorprendo por la humedad que aún conserva la arcilla, como si el agua persistiera en su interior, oculta como una corriente secreta.

¿Cómo está el árbol Marta?

Marta emite un sonido anterior a la lengua, venido desde lo más profundo del lenguaje. No dice palabra, pero el acople de fonemas remite a un día en el que se presagia tormenta.

“¡Me tiene harta!”, se enoja Valu, luego de que a Panchita se le rompiera una pierna, y después la cabeza. “Es momento de frenar, tomar distancia”, Lisandro se acerca  cauteloso y mira a Valu, “respirar y alejarse por un rato de la arcilla”. Le acerco mi botella de agua, ella le da un gran trago como una bocanada de aire fresco. 

Marta cuenta que una vez tomó un taller literario y que su maestro le dijo algo similar acerca de un texto. Me hace acordar a la teoría del poema de Juan Roman Riquelme según Mario Montalbetti, le digo: 

El cuatro está solo, no porque se elogie su soledad,
sino porque el espacio a su alrededor se abre.
En ese vacío se juega el poema:
no en las palabras, sino en los huecos donde ellas se mueven.

El cuatro está solo:
ese vacío permite el movimiento.

JRR dice: el movimiento exige soledad.
Como en la autopista: si hay un embotellamiento, doblas.
Si en el poema hay demasiadas palabras, buscas donde hay pocas.

Otros, en cambio, se lanzan al quilombo:
Messi, Góngora.
Gente que no teme, que incluso aborrece, la soledad del espacio.

Continuamos cada uno en su tarea. Marta dice que estudió filosofía y que es terapeuta. ¿Psicoanalista?, le pregunto. No, terapeuta, mágica alquímica.

Desandamos el camino de vuelta y Valu me pide que por favor no pasemos por donde están los superhéroes.  

06-09

Septiembre

Llegó septiembre, es sábado, hay sol y el frío persiste.

Continuamos con Valu nuestra búsqueda. Cada uno en su proceso. la vereda del sol, en días como estos, es la vía regia hacia la arcilla. Hablamos de números, fechas y años de forma imprecisa. Hablamos del tiempo en relación a la arcilla, una conversación que retorna. La relación de la alta productividad está reñida con los procesos de la arcilla. 

Hoy Valu se lleva a Panchita y se lo va a dar a su tía Agus que la ve a la tarde.

Nos ubicamos en la mesa rectangular cada uno en su lugar continuando su proceso. 

Mi mate tuvo su primera cocción, hoy le toca esmaltado. En el salón contiguo, tomo el mate con una pinza sujetadora, lo hundo en un tacho con un líquido espeso, similar a la pintura. Lo dejo cabeza abajo unos segundos, goteando y luego a secar. 

Vuelvo a mi lugar, me espera la copa rota. Solo conservé la base, el resto al barro. El resto a la nada. 

Volver a meter los dedos en la arcilla. Trabajar una esfera, con paciencia. Comenzar por ahuecarla con el ancho de mi pulgar apenas humedecido. Así hasta que vaya apareciendo la forma.

Marta se acerca “querés”, me convida unas nueces, se mueve por el espacio, va a ver qué está haciendo Helena y se vuelve a sentar. 

Comienza a pintar su árbol con personalidad de rosa coral y azul: está inspirado en un cuadro de un pintor surrealista que no recuerda su nombre, pero no es Dalhi ni Kandinsky, comenta, sin quitar la vista de su árbol.

Éste árbol tiene más arrugas que yo, desliza y se ríe. También me río y no digo nada.

Similar Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *