Mentiras no son: el Riglos a 50 años del terrorismo de Estado
El Instituto de Asistencia Infantil Mercedes de Lasala y Riglos retuvo a niños secuestrados durante la dictadura.
Por Paula Bovone
Todos los años más de un millón de personas caminan por la Av. Bartolomé Mitre 1891 en Moreno, Buenos Aires, Argentina, durante la peregrinación a la virgen de Luján. En ese lugar está ubicado el ex Instituto de Asistencia Infantil Mercedes de Lasala y Riglos, hoy convertido en la Universidad Nacional de Moreno. Para la mayoría de los peregrinos la ubicación probablemente no significa demasiado. Un predio inmenso, dos manzanas cubiertas de árboles y césped con unos edificios ubicados ciento cincuenta metros al fondo que apenas se ven. La primera peregrinación juvenil comenzó en 1975, un año antes de la dictadura cívico militar. Un año antes de que, en 1976, sobre ese edificio comenzaran a circular rumores sobre la desaparición de personas.
Mentiras, ¿son?
Cinco días después del golpe cívico militar de 1976 en Argentina, en la calle Monsegur 1862, a unos cinco kilómetros del Riglos, se realizaba en la casa quinta La Pastoril de la localidad de La Reja, una reunión del comité central del Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) junto a otras organizaciones internacionales invitadas. A la reunión habían asistido diferentes militantes y sus familias, algunos con niños muy pequeños, para disfrazar de evento familiar el encuentro político. Se estima que había entre 50 y 70 asistentes. La vivienda, situada en un extenso parque, estaba ubicada en una zona despoblada, rodeada de frondosos árboles y plantas, asegurando privacidad.
A las dos de la tarde de ese 29 de marzo de 1976, la tranquilidad que rodeaba al barrio se quebró. Personal civil de la Policía Federal, sin mediar aviso, ingresó a la propiedad para rodearla escondiéndose entre la vegetación. Mientras tanto, policías de la Comísaria Primera de Moreno entraron con su vehículo en el terreno. Esto activó la seguridad del comité y se produjo una gran balacera, que – según cuenta Fabián Mazzoni, vecino de la zona– se podía escuchar a quince cuadras de distancia. Refuerzos de otras comisarías y del Ejército acudieron al operativo. Algunos militantes como Mario Roberto Santucho, secretario del PRT, pudieron huir. Otros, como Leonor Inés Herrera y su pequeña hija Florencia Mangini, no corrieron con la misma suerte.
Leonor intentó escapar con su hija arrastrándose por el piso para evitar las balas. Ambas fueron capturadas fuera de la propiedad y separadas. Florencia, con apenas 4 años, observó con terror cómo un grupo de gente uniformada leas apuntaban y las llevaban a la parte trasera de un camión junto a otras personas encapuchadas.
La niña fue derivada a una comisaría y, luego al Instituto Riglos. Allí permaneció un tiempo en la vivienda destinada al director junto a otros pequeños de la quinta.
Beatriz Romitti manejaba los legajos de los niños en el Riglos cuando ocurrió la masacre en La Pastoril: “¿Viste cuando hubo esa matanza acá en Cascallares? Ahí cuando los militares atacaron un lugar, una quinta, y mataron a los padres o se los llevaron, a los chicos los trajeron acá. Y los tenían aparte a esos chicos”.
Beatriz recuerda sobre los niños secuestrados: “Arriba había policías por todos lados cuando quedaron los chicos acá dentro. Y… estuvieron como un mes me parece. Cuatro o cinco estuvieron como un mes. El resto aparecieron los abuelos, o tíos… y se los llevaron”.

En diversas investigaciones académicas (entre ellas la revista “Tela de Juicio: Debates en torno a las prácticas sociales genocidas” propiedad del Equipo de Asistencia Sociológica a las Querellas) se afirma que una gran cantidad de infantes fueron ingresados por sus secuestradores en diferentes instituciones de menores en calidad de “menores abandonados en la vía pública”.
Beatriz no recuerda cómo se enteró, ni sabe que ese hecho ocurrió en la quinta La Pastoril.Dice que no sabe, que no se acuerda tanto. Su registro de lo ocurrido parece estar influenciado por un halo de temor. Lo que sí sabe es que esos niños, hijos de desaparecidos, llegaron al Riglos sin la orden de un juez. Para ella todo lo ocurrido fue un hecho ocasional.
Irene Cordera era celadora en el instituto, se enteraba por la jefa de las regentas que algún niño o niña era hijo de detenidos desaparecidos. Además, observaba que los militares: “Venían a hacer esos controles que revisaban los cuadernos donde nos pasábamos las novedades, eran cosas internas. No sé con qué frecuencia, pero venían”.
A veces estaba en el parque del Instituto con su grupo de niños y otras compañeras, rodeados de árboles: “Nos sentábamos y los chicos jugaban alrededor nuestro, nosotras tomábamos mate, hablábamos. Y venía una camioneta chiquita con lona. No sé a qué venían. Cada tanto entraban. Era la aviación (se refiere a la Fuerza Aérea Argentina)”.
Para Beatriz los militares estuvieron poco tiempo: “Eso es un error. Mentiras son. Ponele que hayan estado tres meses, por decirte, pero no era mucho tiempo que estuvieron. Estuvieron acá hasta que se llevaron un bebé y dos hermanitas”. Ella se refiere los niños de La Pastoril, entre ellos a Florencia, a quien recuerda por su particular belleza.

Y nunca más volvió
Irene desconoce si todos sabían que el instituto albergaba a hijos de desaparecidos, no podía hablarlo con nadie: “Igual que una de nuestras compañeras, Raquel Mangini, a ella la despidieron. A los tres o cuatro meses de estar acá. Una de las prefectas, que era tan rígida, la odiaba. No sé por qué a esta mujer, a la prefecta, no le gustaba Raquel. Cuando le llegó el despido, la esperó no sé cuánto tiempo en la puerta para decirle ‘usted no entra’”.
Tiempo después, Adriana Rapetti – compañera y amiga de Irene – se encontró con Azucena Villaflor en una marcha de las Madres de Plaza de Mayo. Villaflor tenía una foto de Raquel y de su hijo Néstor De Vicenti. Raquel Mangini era su nuera y fue desaparecida por la dictadura el 30 de noviembre de 1976.
Mucho antes de las marchas y del encuentro con Villaflor, Rapetti estaba en casa con su esposo cuando alguien golpeó la puerta. Era su padre, tenía algo urgente que decirle: “Entró toda la patota y se llevaron al marido. Le revolvieron toda la casa. Se llevaron el álbum de fotos del casamiento -relata Irene- nunca más lo vio a Oscar. Los que estábamos en la foto, yo por lo menos, teníamos un poco de miedo”.
Irene salía del Riglos de noche, tomaba un colectivo en dirección a Merlo: “La única que iba para aquel lado era yo. Y mientras esperaba el colectivo enfrente, que era la desolación misma, me quedaba solita. Me daba miedo. Me iba haciendo la película, por cosas que escuchaba. Que te rastreaban de ese modo, por fotos, por agenda”.
Rapetti siguió yendo a trabajar. Continuó sus funciones en el Riglos algunos años más. Irene no pudo, pidió una licencia psicológica por 30 días y nunca más volvió.

En la década de 2010 el rumor que circulaba sobre el Riglos se transformó en realidad. Estudiantes y docentes de la Escuela EES Nº 35 de Moreno, junto a la organización de Derechos Humanos Moreno por la Memoria, llevaron a cabo una investigación que confirmó que el instituto recibía a hijos de desaparecidos secuestrados durante el terrorismo de Estado. Gracias a este trabajo conjunto, en el año 2017 se instaló una placa que distingue al edificio Mercedes de Lasala y Riglos, hoy Universidad Nacional de Moreno, como un Sitio de Memoria.

