Por Nicolás Grandi
Sus ojos no pestañean mientras canta. En verdad pestañea muy poco en general. Está en una constante búsqueda de conexión. Sentada en el sillón araña en su memoria esa canción de rebeldía afrochocoana, retiene la melodía pero las palabras se les resbalan. Adhelma Lago, jubilada.
Están los pretenciosos como La Mansión de las Siete Estrellas, Plaza Hogar, Altos del Boulevard, La Maison Blanc, Chatelet, Jardines del Carril, Residencia Integral Modelo de Futuro, El Pinar de Devoto, NY. O los que se abren a un imaginario religioso como San José de la Montaña, Santa Bernardita, La Misión, Medalla Milagrosa, Alma y Cielo. También los que intentan poetizar como Residencia de Otoño, Jardín del sol. Y los secos y directos como Asistencia Mis Abuelos. Pero entre todos los geriátricos hay uno que lleva un nombre singular, Gerusía II.
La Gerusía era el consejo de veintiocho ancianos (gerontes) de la Antigua Esparta, para entonces una región rodeada de montañas en las cuales había cinco poblados dispersos, unidos a la fuerza por los dorios, y que a diferencia del resto de Grecia jamás se amurallaron. Esparta era la esparcida del mundo griego. Cuando moría un miembro del consejo, los gerontes que se candidateaban al reemplazo caminaban en fila india, el pueblo aclamaba. Los árbitros, en un edificio separado y sin saber de quién se trataba, medían el griterío más fuerte de aprobación. La asamblea popular decidía así. A los gritos.
En Devoto, esta gerusía no está amurallada pero sí protegida por una reja negra que precede el angosto jardín de entrada ocupado en el centro por un limonero pequeño, repleto de limones que rebosan ese verde antes de caer, imperfectamente erguido buscando ser el guardián tutelar de la entrada, un palo que no se ve a primera vista lo sostiene, está rengo, es su muleta. Al ingresar se descubre una casa chorizo de principios del siglo XX, mantiene la estructura clásica, cinco habitaciones contiguas conectadas como ristras entre sí, y con salida a alguno de los dos patios laterales. Las reformas frankesteinianas han habilitado que la casa funcione como geriátrico al sumar un comedor, un patio techado y una recepción.
Desde que en 1986 el PAMI inicia la contratación de establecimientos privados para internar a la población mayor sin tener que comprometerse en la creación y manutención de nuevos establecimientos oficiales, este tipo de trastoque arquitectónico es un destino común que se encuentra entre los 558 geriátricos privados de la ciudad de Buenos Aires que alojan a un total de 15.961 personas mayores de 60 años. Las mujeres superan a los hombres en número por 9.231. Pero en esta gerusía los gerontes no son aclamados para ingresar, sino que quien toma la vacante es aquel que tiene el millón y medio de pesos mensuales para cubrir los costos o quien ha sido suficientemente tozudo para sortear las postas burocráticas de las obras sociales.
En lo que era el antiguo zaguán, el sillón que recibe a las visitas se enfrenta a una imagen del Papa Francisco, o de Bergoglio, depende la filiación de quién visite. Dos ramitos de olivo, secos y empolvados, coronan esa imagen.

Aunque mi amo me mate
A la mina no voy
Yo no quiero morirme
En un socavón
Sus ojos no pestañean mientras canta. En verdad pestañea muy poco en general. Está en una constante búsqueda de conexión. Sentada en el sillón araña en su memoria esa canción de rebeldía afrochocoana, retiene la melodía pero las palabras se les resbalan. La letra se encontraba en un libro de canciones políticas latinoamericanas que ella tenía, y que su hija dio como regalo a un ex novio, músico.
Adhelma Lago, jubilada.
Esquivar su mirada, imposible. Es que esa mirada suya, de ojos claros penetrantes, fue entrenada por Grotowski para atravesar plateas. Escuchar su voz asegura al oyente irse de paseo por túneles elípticos, circulares, y otras veces encadenados con la mezcla de diferentes años y recuerdos traspolados aunque se queje de que perdió potencia, y pueda apenas cantar.
–A veces me pregunto ¿qué hago acá? Tengo días con picos de energía y otros que me quedo para adentro, no me dan ganas de hablar. Y afloran memorias, muchas memorias.
Con Grotowski, en verdad, el entrenamiento no se trataba tanto de la búsqueda para atravesar al público, sino la importancia de no perder la mirada, la conexión, el nexo con el otro, sea sobre el escenario, atravesando la cuarta pared o en el cotidiano – Siempre entrar en contacto con otro, no perdernos en una pared… nos hacía girar y al finalizar conectar con un compañero. Si después de moverte no encontrabas inmediatamente la mirada de un compañero, fallabas. No servía. Para ella es inútil tratar de poner palabras a lo que el encuentro con los ojos de sus compañeros le generaba a su cuerpo. Sostiene un silencio de unos cuantos segundos – La mirada te modificaba al toque toda tu actitud, es difícil poder explicarte, todo tu cuerpo se afectaba. Si uno quería ir al baño, seguías haciendo tus giros, y en cada giro te encontrabas con la mirada de otro, y zas. Algo pasaba. Y no tenías que fallar.
Adhelma Lago, actriz. De muy joven debutó en La Gaviota de Chejov. Alberto Rodriguez Muñoz la había convocado. Él había gestionado una traducción del ruso, trayendo una puesta novedosa para el teatro independiente de Buenos Aires de 1950: el escenario circular. Necesitaba hacer un reemplazo y el maestro convocó a esta joven actriz que desde entonces nunca abandonaría las tablas. Lo que sí hizo, fue cuestionar la manera de vincularse con el hecho teatral. Era 1973, y ella
ya había encontrado que el sentido estaba en poner lo artístico al servicio del trabajo social, es decir, ser consecuentes y concientizadores.

Grupo de teatro Once al Sur: Jorge Amosa, Yaco Guigui, Maria Celia Sánchez, Lucrecia Capello, Rubens Correa, Adhelma Lago, Oscar Ciccone
El comedor es el punto de reunión social. A las 12 se almuerza y a las 6:30 se cena. La tele omnipresente. Varían entre sus imágenes programas de panelistas, concursos o TN. Hay días que en las cinco mesas hay cierta calma, un estar estando. Otros no son tan plácidos. Marta busca renovar el aire y abre la ventana. La nueva, llegada hace un par de días, salta de su asiento, “Cerrá la ventana paraguaya de mierda”. Adhelma piensa para sí cómo en este lugar que se viene a reposar pasan estas cosas. Susana teje y teje. La ve a Adhelma con su mirada para sí, callada, sentada en su lugar habitual. – Disculpen que me meta, pero yo cuando la veo mal la cago a pedos. Vos no podés depender que venga tu hija, o quien sea. Tienen su vida, sus complicaciones. Tenés que estar activa. Ninguno acá tiene la culpa de que estés acá. Es que me importás, y quiero que estés bien. Somos una comunidad. Nos cuidamos entre nosotras. Adhelma es muy precisa para devolverle un agradecimiento con sus gestos, primero sube su mirada, y tras unos segundos sonríe levemente.
Susana es una lectora voraz, le ha pasado a Adhelma más de 10 libros, y hoy decide no cenar, se levanta, agarra su andador y le avisa a Elsa, una de las enfermeras. Le pide un ibupirac, llena su botella con agua y cruza los treinta metros de habitaciones hiladas hasta llegar a la suya.
Adhelma Lago, militante.
Siempre fue para ella prioridad la comunidad. Los nueve integrantes del grupo Once al Sur crearon una obra que exponía la violencia latinoamericana yuxtaponiendo escenas y obras cortas de autores argentinos. La llamaron Buenos Aires Hoy, y con bastante éxito la llevaron a recorrer el mundo, constituyéndose como una compañía capaz de generar una intersección entre lo nacional y lo latinoamericanista. Estaban en plena representación durante un festival de teatro en Brasil cuando bombardearon el Palacio de la Moneda en Chile con la posterior muerte de Salvador Allende. Latinoamérica, creadora del Che y Allende, faros para el internacionalismo, tenía mucho que decir, o al menos así lo veían en Europa. Primero los invitaron a Polonia, luego a Yugoslavia. Siguieron Roma y Ginebra, donde la gente se agolpaba y se colgaba de los balcones para verla. En Sicilia se cortó la luz en el día del estreno, pero todos los vecinos trajeron velas y linternas de sus casas, y a la media hora el estreno comenzaba.
– Una negra nos invitó a Nueva York. Con el dinero que ganamos decidimos comprar una camioneta y bajar por el continente. Llegaron a México, siguieron Guatemala, Honduras y El Salvador. Ahí se detuvieron. Quedaron totalmente seducidos con la oferta de enseñar en la escuela de teatro de la universidad. Fueron cuatro años a cargo de la formación actoral. Adhelma quedó embarazada. Tuvo a su hija Camila, pero su compañero, que era uno de los nueve de la compañía, no quería ser padre. Adhelma pensó un poco, pesaba la idea de maternar en soledad, pero decidió quedarse un tiempo enseñando en el teatro universitario. Después de un año se volvió mejor idea regresar a la casa de sus padres en Villa Adelina.

En la postpandemia, Camila empeñó su tiempo en pelear contra la obra social que se negaba a reconocer la cobertura del geriátrico. Nada que un inminente recurso de amparo no pueda revertir.

Ser viejo no fue siempre así
La ancianidad para los pueblos originarios representa el archivo histórico y espiritual de una comunidad, en sintonía con lo que planteaba Platón en cuanto a experiencia y sabiduría. Por su parte Aristóteles veía mezquindad, egoísmo y falta de espíritu en ella. Ya en Roma, frente a la decadencia del físico Cicerón, veía la belleza de la vejez en su sentido moral. Más reciente, Simone de Beauvoir decía que los viejos (ella hablaba de viejos) aparecen hasta el siglo XVIII asociados a la figura del anciano ilustre, pero se convierten en sinónimo de pobreza y abandono durante el siglo XIX con la revolución industrial y el nacimiento de la ciudad moderna. Y acá en el vértice sur de América, los Derechos de la Ancianidad se incluyen en la constitución de 1949 bajo el artículo 37, luego de que un año antes Evita se propusiera plasmar esos derechos en el Décalogo de la Ancianidad: derecho a la asistencia, alimentación, vivienda, vestido, cuidado de la salud física, cuidado de la salud moral, tranquilidad y respeto.
Después de la Segunda Guerra Mundial el envejecimiento de la población comenzó a incluirse en los problemas de la agenda política y demográfica. Para 1954, con la creación del Instituto de Previsión Social, la cobertura jubilatoria alcanzaba a casi la totalidad de la población económicamente activa. En 1979 ya había en Buenos Aires 152 geriátricos privados en la ciudad, desde entonces su crecimiento no ha parado. Al privado le conviene, el perfil de su negocio es brindar un servicio social, con una rentabilidad de 42 millones de pesos anuales, además de una demanda que siempre supera a la oferta.
En primavera, cuando el clima templado es más estable, el lugar más agradable para estar es el primer patio interno. Junto a la mesa de metal y vidrio, cubierta por una sombrilla de tela verde desproporcionadamente grande, están desparramadas las cuatro sillas de jardín. No hay muchas plantas para contemplar. En los tres canteros, unos tímidos lazos de amor se mantienen siempre firmes. Vitales pero contenidos. Decorosos tal vez. Es un día plácido. Cada tanto suena el timbre. Elsa viene desde el fondo, atraviesa el patio y tarda en llegar al zaguán. Ella está acostumbrada a los tránsitos largos. Todos los días viaja en colectivo desde Moreno a José C. Paz, toma el tren San Martín y se baja a cinco cuadras de su lugar de trabajo. En casa son nueve, entre hijos, hermanos y padres. Y acá hay cerca de veinte residentes. A las cuatro de la tarde en punto Elsa acerca a la mesa de plástico del jardín un té dulce con leche y unas galletitas. Es la hora del té. Adhelma no quiere tomar, cuando hay visitas el hambre se le escurre. Sin embargo, la taza queda sobre la mesa, por las dudas. Elsa la tapa con el plato con galletitas, por si llega a tomar que no se enfríe tan rápido. Tararea una melodía. La letra se le escurrió también.
–La vida tiene etapas, no es siempre igual y llega un momento como este, que es el más jodido… más… más no deseado. Pero llega. Porque si ahora quiero ir al baño, no puedo, tengo que ir acompañada. En el comedor, estar sentada todo el tiempo que como. Propio de la edad. Cumplo en un par de días 89… ¡Son un montón!… lo que pasa es que los viví tan intensamente… tan… tan… tan… no me privé de nada. Los viví… los viví… los viví.

Junto a Fidel Castro durante uno de los cursos de formación de dirigente de base y junto a Rigoberta Menchú durante la Tercera Conferencia Mundial sobre la Mujer en Nairobi.
Adhelma Lago, editora.
Hace unos días que le están administrando un antibiótico, que parece estar interactuando de manera extraña con la mezcla de ansiolíticos, calmantes, diuréticos y vitaminas. Toda una farmacopea al servicio de sostener el cuerpo. Quizás ese cocktail de ingredientes incomprensibles esté fomentando un vórtice de temporalidades en la percepción de Adhelma. Son las doce. El almuerzo está por salir. Susana teje justo hasta unos segundos antes que apoyen su plato de comida. Esther en silencio y muy sonriente. Sus camaradas en el salón. Adhelma empezó a actuar como si estuviese en una asamblea de la UMA (Unión de Mujeres de Argentina) y no en el comedor del geriátrico. De repente, para los ojos de Adhelma Susana no era más Susana, sino Fanny, compañera de la UMA. Adhelma propuso hacer una votación porque había que hacer algo con las facciones tan divisivas dentro de la organización. Esther miraba absorta, con la media sonrisa que siempre llevaba en su rostro.
En los 80 Adhelma estaba a cargo de la revista de la UMA dependiente de la Unión de Mujeres de la USSR. Ella nunca se afilió al partido – Soy comunista, con reservas. Había muchas tensiones internas dentro y era una organización muy verticalista. Dos hermanas estaban a la cabeza, una apoyaba a Gorbachov, la otra no.
Adhelma regresaba de cubrir a un grupo de frutilleras en la provincia de Santa Fe. Estaba diagramando la nota para la revista. La frutilla costaba 10 centavos y en Buenos Aires se vendían por 20 pesos. Ellas ganaban monedas y en la ciudad hacían fortunas. En ese momento llega una directiva, no van a publicar el artículo de las frutilleras, sino algo que manda la UM soviética. Este verticalismo siempre separó a Adhelma del partido.

Para entonces viajaba en su auto desde su casa en Villa Adelina a Puerta 8. Esa villa que volvió a los titulares hace poco tiempo cuando se supo que la cocaína adulterada que había matado a varias personas provenía de ahí. Camila si no quedaba al cuidado de sus abuelos, era parte de la comitiva, esa fue su tribu de crianza.
– A Puerta 8 yo entraba como si fuera mi casa. Adhelma, atravesaba la primavera democrática yendo de su trabajo asalariado en una multinacional, a su militancia. No solo se encargaba de la edición de la revista, sino que también organizaba la puesta de obras teatrales en la calle a la que ningún vecino de la villa asistía, o campañas de control de natalidad que fracasaban –Yo les hablaba de cómo debían ponerse ese aparato, que ahora no me acuerdo el nombre, para evitar el embarazo y ellas me respondían “¿Vos querés que a mi marido cuando llega de trabajar le diga: espera que me ponga el aparato? Ni tiempo tengo.” Se me cagaban de risa. Hoy me pregunto ¿sirvió de algo todo eso que hacíamos? No sirvió para nada. Pero forjamos amistades sinceras, lazos humanos fuertes.

Geras tenía como compañero a Tánatos. Entre ellos siempre una ligazón íntima y estrecha, tal es así que el tabú a la muerte se extiende a la vejez. Pero Geras siempre fue bienvenido por los dioses que lo respetaban, era quien podía poner fin a las tiranías y las injusticias, permitiendo que more en el Olimpo con ellos. Hoy nos toca recuperar las épicas de la vejez y romper ese tabú. “Ser jubilado es solo una cuestión de tiempo” sostienen en un cartel los jubilados insurgentes en las marchas de los miércoles frente al Congreso de la Nación. Se enfrentan al intento sistemático de callar e invisibilizar a los gerontes consolidados como actor colectivo. Pensarnos desde esa lógica quizás posibilita que la vejez también pueda planificarse. Escuchar y sostener nuestras miradas, las claves para que nuestra potencia perdure.

