La primera vez que vi un cuerpo

Una anécdota de estudiante y un rumor sobre Eva Duarte de Perón despiertan con un cuento que comienza en un trance. Fer Simonetti y una ficción basada en hechos reales.

Por Fernando Simonetti

“¡IMPORTANTE!

Los muertos también mueren.

El cadáver es algo transitorio” 

Nicanor Parra.

Ayer, mientras iba a almorzar, abrí una red social anticuada. Entre noticias y vanidades encontré una publicación sobre Carlo Acutis, un joven italiano fallecido en 2006 con apenas quince años. Se lo conoce como el influencer de la fe y está en proceso de canonización. Algunos lo llaman el primer santo millennial.

Lo llamativo es que su cuerpo, aunque no incorrupto, se conserva en un estado sorprendentemente intacto. Hay imágenes: parece dormido, no un cadáver con más años de descomposición que los que vivió.

Le doy play al video. Casi puedo estar ahí: jeans, zapatillas, buzo, rosario en mano. Una imagen que sugiere que la santidad está al alcance de cualquiera. Pero descreo de lo que veo. Me niego a aceptar que la conservación se deba a un milagro. Nada de esto es novedoso: egipcios, criogenización, la momificación de Pedro Ara sobre Eva Perón. Todo demuestra que el cuerpo puede preservarse sin intervención divina.

La primera vez que vi un cuerpo humano-no-vivo fue en 2003. Cursaba el CBC de abogacía y acompañé a mi madre, entonces secretaria de un Juzgado Civil, al cementerio de la Chacarita.

El panteón de actores era el destino. Allí yacía Don Pedro Quartucci, boxeador y actor fallecido en 1983. La exhumación formaba parte de una causa de filiación: su hija exigía una prueba de ADN (se decía que de una supuesta relación furtiva que Quartucci habría tenido con Eva Duarte durante el rodaje de una película, habría nacido una niña, que Eva no reconoció.) La familia Duarte opuso sus defensas, el proceso fue muy largo; las pruebas de ADN eran esenciales. Primero debía demostrarse la filiación con Quartucci; luego, solo entonces, se podría llegar hasta Eva, uno de esos cuerpos que nunca descansaron en paz.

Llegamos en invierno. El frío y la niebla nos envolvieron mientras recorríamos los callejones que llevan a los panteones. A cada paso, la ansiedad crecía: un sabor metálico subía por mi garganta, mezclados con el placer y el miedo. De las bóvedas pudientes pasamos a nichos subterráneos, donde predominaban grietas, goteras, oscuridad y olvido.

Su hija exigía una prueba de ADN (se decía que de una supuesta relación furtiva que Quartucci habría tenido con Eva Duarte durante el rodaje de una película, habría nacido una niña, que Eva no reconoció.) 

Descendimos al panteón de actores. Ahí nos esperaban los forenses; poco después llegaron la hija, la nieta de Quartucci, y quizás de Eva también. Mi madre, aterrada por lo que podía ver u oler, se quedó afuera con un oficial. Me tocó a mí relatar los hechos.

La sala era amplia y helada, austera, sin tiempo. Entre los forenses distinguí a uno con diente de oro y mirada sin alma. Trajeron el cajón y lo colocaron sobre la mesa de mármol gris. Observé el cuerpo: deterioro visible, piel y pelo marcados por los años.

Abrimos el sarcófago. Un líquido amarillento brotó, con notas anaranjadas y azules.

—Jugo cadavérico —dijo el más joven.

El hedor se extendió con tal fuerza que ni la colonia más intensa podía neutralizarlo. La hija de Pedro se adelantó, rompió en llanto y abrazó el cuerpo.

Allí estaba Pedro, lo que quedaba de él. La primera incisión: hombro derecho, diez centímetros. El líquido parecía petróleo. La pinza extrajo un hueso.

 ―Clavícula —dijo el forense, mirándome fijamente.

Salí, mi madre anotó en el libro de actas. Repetimos el procedimiento con la boca: incisivo. Por tercera vez, el olor me llevó a un trance. Un instante en que el silencio se confundió con voces lejanas que vitoreaban un nombre que no alcancé a comprender.

Y entonces… el cuadrilátero apareció. Quartucci, cadavérico, estaba listo para el combate.

Los muertos parecían haber despertado de sus tumbas para presenciar el evento. Un bajo retumbó desde lo profundo, seguido de un bombo y una caja en loop. La pista musical empezó a sonar, y de repente escuché:

—Se lo damos en tres, dos, uno;

—Tranquila, entro, salgo y me presento,
y a este pelotudo vengo a darle un escarmiento.
No soy Sarmiento, pero traigo mis uvas,
hoy esta tortuguita se va a comer mi lechuga.

—Esta no amarra, habla por boca de jarra,
se cree una señora, pero siempre fue una guarra.
Lo sintetizo, te hago un hechizo,
tenés enfrente al que la piel ya te erizó.

—Con ese chizo, já, me haces reír el culo,
con solo dos palabras a este muerto lo estrangulo.
Te creés muy macho mirando para la grada,
¿qué vas a erizar si esa varita no se para?

—Para un poquito Evita y evita las guarangadas,
para hablarme a mí omití las preparadas,
esto es freestyle careta, no seas tan berreta,
acá no sirve tu libreta.

—¿De qué libreta hablas, pedazo de marmota?
Yo rimo como quiero, no rompas las pelotas.
Corta la hago y te dejo moraleja,
antes de estar conmigo no te junaba tu vieja.

—Eso es cualquiera, burguesa arrepentida,
hoy vengo para darte la paliza de tu vida.
Es cosa seria, mira mi pantalón,
vos solo trascendiste por colgarte de Perón.

—¿Qué dice este? Acá llegó la peste,
viene a aniquilarte mi rap extraterrestre.
Mirá lo tribunero que resultó este quía
y cómo lo festeja la puta oligarquía.

El sector popular se vino abajo con el último acote. Yo volví en mí; creo que fueron solo segundos, pero desperté con un crack. El forense me miró. Esta vez dijo: húmero.

Eva, un misterio para la familia Simonetti. Mientras él le contaba sus recuerdos, Laura, su hermana, ilustró una imagen icónica.

El acto llegó a su fin. Cerraron el cajón para que Pedro pudiera continuar su desintegración con la paz que seguramente no tuvo en vida.

Emprendimos el regreso al mundo de los vivos. Silencio, fatiga, modificación. Terminamos la jornada en el bar frente al cementerio, con mi madre, la hija y la nieta, comiendo pizza y tomando birra. La nieta, de unos treinta y pocos años, era un calco de su abuela.

Nota editorial: Este relato surge de la experiencia personal del autor en la exhumación citada y contiene pasajes de ficción literaria. Los nombres y episodios combinan hechos investigados con escenas recreadas con fines narrativos. Las personas vivas mencionadas, como la hija y la nieta de Quartucci, se aluden de manera genérica para proteger su identidad. En caso de duda, se pueden consultar las fuentes judiciales mencionadas o los periódicos de la época.

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