Rosario asiste a una movida particular: provocar sorpresa en las calles con música clásica por iniciativa de la doctora Elsa Raimondi, primera neuróloga de la ciudad.
Por Victoria Arrabal
«La vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio».
Friedrich Nietzsche
Fue amor a primera escucha. Elsa Raimondi se enamoró de la música clásica a los 13 años, cuando la sintió por primera vez en una clase de la escuela Normal 2 y se emocionó tanto que esas “melodías inmortales”, como las llama, siempre la acompañaron. Se graduó de maestra normal nacional y después hizo la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de Rosario hasta que, en 1968, se convirtió en la primera neuróloga de la ciudad. Estudiaba cada materia con la Sinfonía Nº 5 de Beethoven de fondo.

Tuvo que convencer a una monja en el viejo Hospital Carrasco y soslayar las morales de época para poder ejercer una profesión por entonces sólo de hombres. Antes estas instituciones estaban a cargo de monjas, quienes no querían saber nada con el ingreso de mujeres, propio del clima machista que se vivía. Cuando la madre superiora se enteró, no le gustó nada: eran seis, cinco varones y ella que venía de estudiar sin parar y quería ejercer su profesión. Después de superar esos escollos, Raimondi ingresó a la Sala de Neurología del Hospital Centenario para completar su formación como neuróloga.
Dice que hoy la medicina se ejerce mucho más rápido y menos artesanal. Como antes no había tomografías, si no lo tenía al paciente una hora hablando y revisando, no llegaba a nada. Se tenía que arreglar con otras herramientas, conversando e inspeccionando toda la información posible para poder dar un diagnóstico. Las cosas eran distintas, hoy los médicos están corriendo de un lado para otro porque no les alcanza para vivir.
Elsa llegó a dirigir la Especialización en Neurología y lo hizo hasta hace tres años que se jubiló. Durante ese tiempo continuó enseñando de forma tradicional a los futuros especialistas: revisar al paciente, llegar al diagnóstico y recién después corroborarlo con los estudios. Luego decidió dejarle el lugar a quienes ya venían preparándose con ella. Cree que cuando no es posible curar, se impone aliviar y contener, algo muy ligado a la habilidad de comunicar y saber escuchar. Cultivó ese saber escuchar a partir de su profesión y la música clásica que siempre le apasionó. La moderna no la entiende, entonces no puede decir si le gusta o no. Siempre que puede va a los conciertos y, por si fuera poco, escribe libros, hace senderismo y es aficionada a la fotografía.
Durante el aislamiento social por la pandemia de Covid, Elsa tuvo una idea: devolverle la alegría a los rosarinos con música clásica y mostrar que la ciudad no es sólo inseguridad, narcotráfico y problemas económicos. Pensó en organizar un flashmob, un espectáculo espontáneo y sorpresivo en un lugar público, donde los músicos aparecen de a uno, dos o tres, se van sumando y ejecutando distintas piezas hasta que, en un momento dado, se retiran como si nada hubiera pasado. Primero llamó al músico Ariel Olivieri, hijo de una colega y a través de él llegó al trompetista Jonathan Bravo.
Jonathan viene de una familia de músicos, su abuelo y abuela tocaban el violín y su padre la trompeta. Se metió en ese mundo a los 10 años en un intento por captar la atención de ellos y se enamoró de la trompeta. A los 14 ya sabía que quería estar en una orquesta sinfónica y tocar música clásica porque en la casa de su abuelo, que era un melómano, se escuchaba solo eso. Recién en la adolescencia empezó a acercarse a los ritmos más populares porque sus compañeros de la escuela hablaban de Los Beatles y él ni los conocía.

Desde pequeño estudió en entidades públicas como el Liceo Municipal y la Escuela Provincial de Música, hasta que, ya mayor de edad, consiguió un trabajo y pudo pagarse clases particulares en Buenos Aires una vez por mes. Iba y volvía en el día. Después de once años finalmente logró su meta y se convirtió en el primer músico profesional de su familia. Le llevó años, sudor y muchas lágrimas lograrlo porque ingresar a un organismo profesional no es fácil, requiere mucha preparación y los concursos son exigentes. Hoy, a los 38 años, forma parte de la Orquesta Sinfónica Provincial y desde hace dos años también del Ensamble Municipal de Vientos.
Durante el aislamiento social por la pandemia de Covid, Elsa tuvo una idea: devolverle la alegría a los rosarinos con música clásica y mostrar que la ciudad no es sólo inseguridad, narcotráfico y problemas económicos.
En la primera orquesta hace música clásica, ocasionalmente de cine, contemporánea y también sinfónica de autores argentinos. En la segunda hay un repertorio más popular que incluye rock nacional e internacional, tango, folklore, jazz. Beethoven, Richard Strauss y Gustav Mahler son sus autores favoritos por la profundidad de sus composiciones, ligadas a lo espiritual.
En muchos momentos de frustración porque no conseguía lo que estaba buscando y todavía no podía vivir de su profesión, escuchaba esta música como un refugio para el alma. Aún así confiesa que este género es muy perfeccionista en todos los detalles y por esta razón disfruta y le divierte más tocar música popular como cumbia, salsa, rock nacional en la que puede relajarse.
Cuando Elsa se contactó con Jonathan y le explicó que quería organizar un flashmob, él no sabía bien qué era, entonces googleó la palabra y ahí se enteró de que se trataba de un evento espontáneo e innovador en un espacio público. Enseguida pensó: “Esto está buenísimo”.
-Deseo regalarle a la gente un momento de alegría- dijo Elsa.
Un Jonathan, sorprendido por la generosidad de Elsa, respondió: “Bueno, vamos para adelante”. Acordaron una reunión a las cuatro de la tarde en el clásico bar rosarino Augustus, en la esquina de Córdoba y Corrientes y junto a Ariel, los tres empezaron a darle forma a este sueño. Entre café y medialunas, en una mesa bajo los ventanales que dan a la esquina más concurrida de la ciudad, compartieron ideas sobre la elección de los temas clásicos, los arreglos, los músicos, los lugares de ensayo y de presentación, las posibilidades logísticas y económicas de concretarlo y de darle continuidad en el tiempo.
-Quiero que sea una orquesta- les dijo Elsa de entrada.
-Podemos empezar por algo más chico que una orquesta porque no necesitaríamos tantas adaptaciones y muchas partituras ya están pre armadas en internet- sugirió Jonathan.
Como productor musical, el primer paso era convocar a los músicos, algo que no le resultó difícil por sus contactos. Comenzó llamando a los que conocía desde hace muchos años y les tenía confianza. Formó un grupo con los mejores músicos de la Orquesta Sinfónica y del Ensamble Municipal tratando de generar un grupo de trabajo al que le entusiasme la idea y que tenga esa buena onda para estar cómodos. Tuvo en cuenta esas dos cuestiones: lo musical y lo personal.
Después surgieron una maraña de cosas que aprendió en la práctica, como buscar lugares de ensayo, encargar los arreglos musicales, ir controlando el tiempo que lleva esa labor, coordinar horarios, entregar partituras y pagar a los músicos. La idea de Elsa, que es la que sostiene económicamente este proyecto, es realizar cuatro o cinco intervenciones al año.
– Deseo regalarle a la gente un momento de alegría – dijo Elsa.
A la hora de pensar en un nombre, eligieron “Mielina” que es el término científico de la capa que protege los tejidos del sistema nervioso y permite que los mensajes se transmitan con rapidez y sin interrupciones de unas células a otras. Para Elsa es una parte esencial en la estructura de ese sistema y algo que poseían de manera privilegiada los compositores del clasicismo musical. La mielina es como el instrumento musical que transmite a los efectores (el público) lo que inician las neuronas (los músicos).
Con dos quintetos, uno de cuerdas y otro de metales, “Mielina Flashmob” hizo su primera intervención el 6 de octubre del 2023 en plena peatonal Córdoba, entre Corrientes y Entre Ríos. Allí interpretaron obras como Obertura 1812 de Tchaikovsky, Toreador de la Ópera Carmen, Viva la Vidade Coldplay y Hava Nagila (alegrémonos en hebreo).Jonathan tocó su trompeta en esta presentación pero después se dio cuenta de que no podía cumplir dos funciones a la vez y en las siguientes se concentró en la producción musical.
En la selección de los temas, combinaron ambas miradas. Jonathan tiene preferencias por melodías más sofisticadas, como muchos de sus colegas, en cambio Elsa, que no es música pero sí una gran oyente, se inclina más por lo popular, lo que gusta, lo que da ganas de aplaudir. Y funcionó. Una gran cantidad de gente se aglutinó para ver el espectáculo ese día. Los rosarinos caminaban serios por la peatonal pero cuando escuchaban la música, se acercaban, aplaudían, sonreían y grababan todo con sus celulares.
Para la segunda intervención hicieron todos los arreglos necesarios e intentaron formar una orquesta, aunque el día elegido no fue el mejor. El 20 de diciembre coincidió con una marcha a pocos días de la asunción de Javier Milei como presidente y muchos músicos temieron por su seguridad y se bajaron.
-¿Quiénes están dispuestos a hacerlo igual?- preguntó Elsa.
Fue el quinteto de vientos el que aceptó el desafío otra vez en la peatonal Córdoba, pero entre Mitre y Entre Ríos y se sumó una intérprete con castañuelas para hacer El gato Montés, Obertura 1812, Toreador de la Ópera Carmen, Chatanuga Choo Choo de Glenn Miller y Hava Nagila. Y de nuevo tuvieron una gran convocatoria. Para Elsa, una de las claves estuvo en la elección del repertorio nada solemne sino motivador, incluso para bailar.
Recién en la tercera, que fue el 23 de marzo del año pasado, llegaron a la forma de una orquesta chica con 18 músicos, en la intersección de las peatonales Córdoba y San Martín, frente al Banco Nación. La puesta fue creciendo en cada presentación y también el público.

A Jonathan lo que realmente lo conmovió fue ver a la gente que caminaba amargada por la calle, pero cuando escuchaba la música, se acercaba y de repente sonreía. Piensa en el poder de la música sobre los estados de ánimo y en lo fantástico de que algo así pueda cambiar el día de una persona en un contexto bravo para tantos. Si una cara seria se transforma en una sonrisa, misión cumplida. El objetivo es que esta música llegue, sobre todo a aquel que no tiene posibilidades de escucharla porque ya no pasan Strauss o Mozart en la radio y porque no todos cuentan con recursos económicos para ir a un concierto en el teatro El Círculo.
La cuarta intervención vino con sorpresa extra. Fue el 19 de mayo, esta vez bajo techo, en el Museo Estévez. A los 18 músicos se sumó un director de orquesta y dos cantantes líricos que estaban camuflados entre la gente y de forma inesperada salieron cantando Funiculí Funiculá de Luigi Denza y después Brindis de La Traviata de Verdi.
Esta fue otra idea de Elsa que en las anteriores presentaciones no pudo concretarse porque la voz tiene mucho menos potencia que los instrumentos en un espacio abierto. Pero el Museo, era el lugar justo.
La siguiente presentación fue el 27 de julio al mediodía en la mega tienda La Favorita, en la esquina más popular de la ciudad, Córdoba y Sarmiento. Unos pocos músicos aparecieron en la planta baja tocando el Bolero de Ravel y los otros se fueron sumando de a uno a la orquesta. En total eran 18, ocho de vientos, nueve de cuerdas, una batería y un director de orquesta.
La gente se acercaba para ver el espectáculo repentino, muchos alrededor de la orquesta y otros desde los balcones del primer piso. La acústica del edificio con altos techos y una cúpula daban un marco de lujo que potenciaba el sonido de los instrumentos, de las voces, de las palmas y de los aplausos efusivos al final de cada interpretación.
Para Elsa la actitud de los rosarinos en todas las presentaciones fue muy entusiasta y una de las claves estuvo en la elección del repertorio. Pretenden darle continuidad en el tiempo y hacerlo en distintos lugares abiertos y concurridos, como las peatonales y los parques. El propósito es levantar el ánimo en este período negroen Rosario y mostrar que no somos sólo inseguridad, narcotráfico y problemas económicos, sino otra cosa.
Mielina tiene un plantel de músicos estables pero en algunas fechas se incorporaron otros. Muchos que se enteraron del proyecto por los medios de comunicación, le expresaron al productor su interés en formar parte.
Además de Elsa y Jona, también está Ariel que se encarga de la logística, los permisos municipales y las redes sociales. En instagram son @flashmobrosario pero no tienen una gran cantidad de seguidores porque el espectáculo pretende ser una sorpresa y no quieren levantar mucho el avispero en la previa de cada presentación. Sólo publican un registro audiovisual breve luego de cada intervención.
La semana pasada se volvieron a reunir a las cuatro de la tarde en el bar Augustus, como siempre y empezaron a planificar la próxima sorpresa musical que le darán a los rosarinos.

