Selva: territorio, orgullo y visibilidad trans

Retrato de perfil de Selva

En el conurbano, entre las intersecciones de clase, raza y género, lo travesti disrumpe a la norma: en la familia, en el encuentro con la policía, en el almacén, en el trabajo. Selva es parte de una trama donde la identidad y el territorio definen las condiciones de existencia y unos modos de supervivencia que se transmiten con ironía y resiliencia.

Por Mel Randev

El glitter no es solo coquetería, es afirmación de existencia. El patrullero no es solo un vehículo: es recordatorio de vulnerabilidad y amenaza de criminalización. Entre ambos extremos transcurre la vida de Selva. Esta conversación surge como una urgencia, en una trama de gestos y preguntas en torno a la comunidad trans y no binaria en los territorios periféricos a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA)

Estamos en San Martín, conurbano noroeste de la provincia de Buenos Aires. Un municipio de casi quinientas mil personas atravesado por diecisiete barriadas populares. Una tarde de primavera me invitan a una juntada de personas trans y no binarias en la calle Ayacucho. El departamento es un PH, corazón de manzana, al final de un pasillo angosto que desemboca en un patio de cemento.

Al entrar la veo a ella subida a caballito de la Franny, adornando la lámpara del living. Se mueve con precisión y confianza. Selva es parte de La Disidente, una colectiva artística del activismo LGTBIQ+ local que articula con asambleas de Mar del Plata, La Plata y Capital. Elles disputan la política territorial, no partidaria, con intervenciones callejeras y en redes. Mis ojos se clavan en su antebrazo izquierdo, Selva lleva tatuado al Gauchito Gil. Ella percibe mi mirada y, con tono agudo, lanza: – Mirá, yo vengo de un barrio, soy maricona, mido 1,60, peso 50 kilos. Si algo no soy, es ingenua. Hay algo programático en esa enumeración: origen popular, identidad sexual, corporalidad y advertencia. Nombrarse así es disputar el sentido que otros asignan. Tiene treinta y pico. Lleva un corpiño azul con push up relleno con medias, minifalda de jean, cinturón símil Gucci y glitter en el pecho. Con ese look horas más tarde va a cargar una conservadora y ofrecer fernet con coca en la primera marcha del orgullo de este territorio. 

– Soy medio referencia en algunas cosas acá -dice;  Milité en una orga de VIH un tiempo, pero me agote un poco de todos esos tejes -. Selva baja de los hombros de su amigue Franny, abre la mochila y saca una peluca rosa, corte carré. Se la pone sobre su pelo castaño oscuro y exagera una performance de seducción que parodia la feminidad hegemónica. En los barrios las pibas andan de calzas, con camperas deportivas, musculosas pupera y pelo largo con flequillo, la estética del cis passing puede imitarse y, a veces, suele ser una forma de supervivencia. Esa es la bienvenida al conurbano marica y villero: un territorio donde portar una identidad no es poca cosa.

Trabajo y supervivencia 

La primera entrevista que tuvimos fue por Meet. Selva se enuncia desde un lugar no academicista, con los saberes de una sabiduría aprendida en la precariedad: adaptarse rápido, inventar soluciones ante la adversidad, y ante todo desconfiar de cualquiera que venga de afuera. A los siete años su madre la mandó a hacer las compras. Tenían hambre; eran muchos hermanos. De regreso del almacén, tropezó con un clavo oxidado. Tres puntos le dieron. Ella se toca una cicatriz en la mano derecha que tuvo dos meses vendada y cuenta que, por ese accidente, aprendió a escribir con la mano izquierda. 

– Somos cirujanos- bromea. La familia Cabral vivía del cirujeo. Separaban basura, vendían lo recuperado puerta a puerta o en la chacarita de la calle Márquez. A los diez años salía a vender unas rosquitas que la mamá fritaba. Era la única entre sus hermanos que hacía bien las cuentas. – La docena la vendíamos a 2 pesos y, por cada venta, mi mamá me daba 25 centavos. Con dos docenas al día, me alcanzaba para comprarme los tazos. ¿Te acordás de los tazos?-. Por supuesto me acuerdo de los tazos, unos premios que venían de “sorpresa” en las papitas Lays.  Dependiendo la época, podías ganar distintas cosas y también eran coleccionables. En mis años de primaria alcancé a juntar algunos de las Tortugas Ninjas. Selva fue a la Escuela N° 10 de José León Suarez ,y excepto algunos empujones de los compañeritos en los recreos o a la salida, conserva muy buenos recuerdos de esa comunidad.

En el pasillo de su casa también vivía la Chiqui. Su hijo, el Piojo, de la misma edad que Selva, una tarde vio amenazada su masculinidad. -Me pegó porque quería sacarme lo puto- recuerda Selva. Días después él le pidió perdón. Por ese suceso, Selva confiesa que él fue algo así como su primer amor.  A los dieciséis años, la policía lo detuvo en una de las tantas redadas por el barrio. Al día siguiente le entregaron a la madre su cuerpo en una bolsa de consorcio. Nunca hubo justicia. La escena no es excepcional. Es estructural. Porque claro: el Piojo era un pibe chorro. En los barrios populares, la violencia estatal y la violencia social se superponen y se refuerzan una a la otra: prejuicio y estigma van de la mano.

Selva ha ido y venido del barrio varias veces. Consiguió empleos por contactos, no por aplicación efectiva del cupo laboral travesti trans. En el conurbano, la dignidad travesti no es un derecho garantizado: es una insistencia cotidiana. Toca aclarar que hablar con travestis en clave únicamente de prostitución y de drogas sería hacer una crónica bastante punitiva y estereotipada. Así y todo, es imposible evitar hablar de ello.

Lo que Selva narra en torno al deseo y al trabajo no deja de ser un pendiente en su vida que, como cualquier otra joven de este tiempo, tiene derecho a reclamar un futuro. Sobre el trabajo sexual refiere que “la tentación está ahí siempre”. En relación con esto, cuenta que una noche volvía caminando por Corrientes y Callao. Un auto la siguió.

Selva, de pie, un retrato de la actualidad
Selva, una tarde cualquiera en plaza Alem, San Martín. Un retrato del 2025

—¿Tenés tetas? —preguntó el conductor.

—Sí, como cualquier otra persona —respondió.  

La ley 27.636 establece que el 1% del empleo estatal debe destinarse a personas travestis y trans. En el papel, Argentina es pionera. En la práctica, la inserción laboral sigue dependiendo de redes informales. La brecha entre norma y experiencia es el territorio donde se juega la supervivencia cotidiana. -La vulneración de derechos siempre genera daños y más en la salud mental- asegura. 

Pasarela y patrulleros

– Son muchos los pibes que fueron asesinados por la policía, hay muchos de los pibes con los que jugaba de chiquita que ya no están: Martincito, El Tano, El Piojo, el Mati, pero la verdad es que apenas pude abarcar todo ese dolor. Creo que esa violencia me hace habitar el malestar de una manera muy especial. Me hace ser peleadora y es una marca súper rara pero que la siento cuando la violencia se me aparece en la calle. Ante una situación de la que me siento atacada, ahí me doy cuenta que toda mi vida tuve súper normalizado que en la puerta de mi casa haya olor a porro y bolsitas de merca tiradas en el piso. Si salgo de la casa de mi vieja y el patrullero está ahí, seguro me revisan la mochila. Decir soy villera pero no chorra  no alcanza- y remata, otra vez con ironía – Romper prejuicios es un trabajo ad honorem-. 

Selva, en su niñez, con el Piojo.
La selva con su hermano menor posan contra una pared descascarada, al lado hay un mueble lleno de bártulos de cocina.

Argentina cuenta con leyes de avanzada en materia de derechos LGTBIQ+. Nos cansamos de escuchar esa frase desde que aprobaron el Matrimonio Igualitario y la Ley de identidad de Género. Sin embargo, en las calles, la existencia travesti no siempre es bien recibida, el vínculo con el Estado sigue estando mediada por el hostigamiento, la patologización o la criminalización. El mito del villero violento es un buen negocio para los arengadores encorbatados en las pantallas de TV, que piden más seguridad.

En esta trama, el glitter no es solo coquetería, es afirmación de existencia; el patrullero no es solo un vehículo, es recordatorio de vulnerabilidad y amenaza de pérdida de libertades. Entre esa tensa calma, transcurre la vida de Selva. No como excepción heroica, sino como subjetividad vulnerada pero empoderada.

Danx, La negra y Selva, en la marcha del orgullo de Capital, tiran beboteo para el instagram.

Su historia, la de Selva pero también la de Argentina-  condensa la tensión entre democracia formal y ciudadanía incompleta; entre reconocimiento parental y orfandad, “Romper prejuicios es un trabajoad honorem ” confiesa Selva, reclamando por más visibilidad política sin tokenismo. Las vidas travestis importan, pero tambien molesta, porque revelan las lesiones de las conquistas sociales. César Gonzalez dice en su libro El fetichismo de la Marginalidad (2021), refiriendose a “los pibes de barrios pobres y marrones” que “poder nombrar a nuestras experiencias es nada más ni nada menos que abrazar a la justicia poética” y yo me inscribo también en esa línea que hermana las luchas con quienes hemos vivido en los márgenes del mundo.

Selva, esa niñez travesti que ayuda en la casa para hacer rendir mejor la plata. Selva, la amiga que baila sensual en un PH de San Martín, que después va a vender fernet con coca en una conservadora de telgopor en la marcha, la que va a una asamblea y pide la palabra, La cuidadora, la amante, la amiga, la tejedora, la bichosa. Cuando está asustada, como cualquier animal humano o no humano, se activa su sentido de supervivencia y suele tener miedo, un miedo que más de una vez le sirvió de alerta, para salir de la secuencia, que  genere más violencia. -Yo me he peleado con mi hermano y los amigos del barrio y me han amenazado con armas. Por eso también me fui un tiempo. Alejarse es una forma de protegerse. Pero cuando está contenta, cuando está bailando con amigues en plena calle Selva se ve tan radiante que no necesita de los brillos del maquillaje. Meta mover la cabeza de un lado al otro, las manos en alto o al costado de sus cuerpos sudados, se los ve hermoses.

En ese territorio, la ley se imparte según el color de piel de los involucrados, en contratos que no se renuevan, en trabajos que no llegan, en tratamientos que se demoran. No alcanza con ganarse el respeto del barrio, hay que aprender a sostener la vida juntos. Y Selva, rompe el silencio a carcajadas, es visible y se sostiene económicamente hace varios años, con mucho orgullo. Esa insistencia villera travesti y contestataria, se fue moldeando con los años, pero conserva su agudeza, sabe que aun en democracia, como lo supieron nuestras ancestras, las vidas trans están en peligro.

Una Selva en la jungla porteña, con capelina se saca una selfie con el fondo de la red naranja de ” obra en construcción” y nos la regala.

Ahora, ante un contexto tan hostil, que se potencian con la postura anti woke y vuelven a circular discursos conservadores, hacer visibles y reconocer los Derechos Humanos de la comunidad trans travesti y no binarios, es un ejercicio político para ampliar las narrativas y los modos del contar, ampliar en términos de no solo quedarnos con los relatos patologizadores y desgarradores. Contar de otra manera las vidas trans y no binarias sigue siendo un pendiente para los grandes medios de comunicación. Por eso, ¿por qué no celebrar la vida y la resiliencia de ellas y ellos?.

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