Setenta años después de los fusilamientos de José León Suárez, un Juicio por la Verdad volvió a reunir testimonios, documentos y memorias. Entre expedientes y declaraciones apareció otra historia menos contada: la de las viudas, hijas, hermanas y nietas que sostuvieron durante décadas los nombres de los asesinados y transformaron el duelo en una forma de persistencia contra el olvido.
El Auditórium Hugo del Carril está desbordado. Entre las cuatrocientas personas que colman las gradas, el aire se siente denso, cargado con el peso de setenta años de silencio de parte del Estado.
Por Mel Randev
Detrás de la línea de los familiares, se ven los carteles con los rostros en blanco y negro de los fusilados: Carranza, Garibotti, Brión, Valle, Lizaso, Rodriguez. La jueza federal Alicia Vence abrió la sesión, con una pregunta: ¿Es posible hacer un juicio tantos años después? La respuesta que esbozó es que como existen hechos tan contundentes que han dañado la condición humana, es tarea de este tribunal examinar la prueba producida en estas actuaciones y determinar conforme a derecho los hechos narrados. De lo que la jueza también da cuenta es de que “la memoria colectiva no necesariamente constituye una forma de mantener vivo el pasado, más bien permite a una sociedad comprender su propia significación histórica”. Doce civiles fueron llevados la noche del 9 de junio de 1956, cerca de una hora antes de que se imparta la Ley Marcial en Argentina y cinco de ellos, Garibotti, Carranza, Brión, Rodriguez y Lizaso, fueron fusilados. A 70 años de aquel aberrante hecho, hoy la historia vuelve a ser contada.
Durante los seis últimos años, viví en cercanías de donde se situaba el basural de José León Suárez. Mi casa quedaba entre Chilavert y Villa Ballester. También nadé en la pileta municipal de ese predio, a escasos metros de aquel siniestro descampado -actualmente es un predio deportivo de la Sociedad Alemana de Gimnasia de Villa Ballester-. La historia de Operación Masacre revive y reverbera en esa tierra. De un lado del paredón blanco están pegados los figurones con la cara de cada uno de los fusilados; ahí queda la parada de los colectivos 237 y 670. Del otro lado del muro, una cancha de tenis y una placita propia del club.

Cruzando la calle 9 de julio, en la esquina de calle Sáenz Peña hay dos espacios educativos: un jardín maternal, una escuela, y a unos treinta metros el Auditorio Hugo del Carril. El teatro, hoy presta su escenario para, en el marco del Juicio por la Verdad, que lleva adelante el Tribunal N° 2 de San Martín, se dispongan las partes a dar testimonio. Desde el 17 de junio, durante cinco días se llevaron adelante las jornadas del juicio en donde la querella interrogó a familiares y especialistas en el tema.
Esta crónica indaga en las historias de quienes sobrevivieron tras aquel suceso, tanto las testimoniales como las pruebas periodísticas de la narrativa de Walsh sobre los Fusilamientos, pero principalmente me interesa contar como sus hijas y familiares, mujeres la gran mayoría, hoy son las encargadas de atesorar estás memorias, que nos enseñan del pasado a desear que no vuelva a pasar.
Hagamos un poco de historia
Año 1955. El 13 de noviembre el general Pedro Eugenio Aramburu se proclamó presidente de facto y desde la autodenominada “Revolución Libertadora”, usaron sus servicios de inteligencia para emboscar la revuelta peronista de Valle y Tanco que, desde dentro de las fuerzas, buscaban hacer un levantamiento. Aquella noche del 9 de junio de 1956 se preparaba una contraofensiva militar en distintos puntos estratégicos del conurbano bonaerense. Se planearon operativos en Lanús, La Plata, Campo de Mayo, Avellaneda y San Martín, pero no todo salió como lo esperaban. Esa noche en Florida, partido de Vicente López, un grupo de personas se formó alrededor de la tele y de la radio. Algunos sabían que algo se estaba por anunciar, lo esperaban.
-¡Abran la puerta! ¡Es la Policía de la Provincia!- gritó el Coronel Suárez al arremeter contra la la casa de la calle Yrigoyen al 4519, en Florida. Dicen que preguntaron por Tanco, uno de los militares sublevados al régimen de Aramburu y Rojas. Envalentonados, los llevaron a la Unidad Regional de San Martín, pero como en toda detención clandestina, no les dijeron ni por qué, ni a dónde los llevaban. Y ellos no se resistieron. Adentrada la madrugada del 10, sin pruebas, ni argumentos, mucho menos cargos para un juicio previo, los asesinaron en el basural de José León Suárez. Entre los asesinados, varios vivieron. Fusilados que viven. Esta será la escena fundamental que Rodolfo Walsh investiga junto a Enriqueta Muñiz y reconstruye en su novela de no ficción Operación Masacre -solo con la firma de Walsh- casi un año después de los hechos.
El juicio por la Verdad, como proceso que busca esclarecer lo que pasó, pero no establecer una pena en sí ya que no hay nadie sentado en el banco de los acusados, es una estrategia jurídica que tiene precedente en nuestro país, no solo en los juicios contra la Dictadura, sino también en la sentencia de 2022 sobre los bombardeos a Napalpí en donde oficialmente se reconoció que estos hechos constituyeron crímenes de lesa humanidad en el marco de un genocidio indígena planificado por el Estado.

Día 1: ¿Puede la justicia llegar 70 años tarde?
Me ubiqué detrás de la línea de los y las familiares, junto a las militantes históricas con sus carteles. Otra vez esos rostros. Laura Lagar, militante de derechos humanos, describe la mística de estas jornadas, donde las escuelas de San Martín se acercan para que los jóvenes vivencien la historia de sus propios barrios: “Estar aquí es patriotismo, es memoria, saber qué nos pasó en los barrios… saber que ahí sucedió algún hecho histórico.” Desde la Comisión de la Memoria y el área municipal de Derechos Humanos se realiza una señalización, y en relación a esa acción dijo: “Esto pone luz a un lugar donde hubo tanta saña y oscuridad”.
-¡Abran la puerta! ¡Es la Policía de la Provincia!- gritó el Coronel Suárez al arremeter contra la la casa de la calle Yrigoyen al 4519, en Florida. Dicen que preguntaron por Tanco, uno de los militares sublevados al régimen de Aramburu y Rojas. Envalentonados, los llevaron a la Unidad Regional de San Martín, pero como en toda detención clandestina, no les dijeron ni por qué, ni a dónde los llevaban. Y ellos no se resistieron. Adentrada la madrugada del 10, sin pruebas, ni argumentos, mucho menos cargos para un juicio previo, los asesinaron en el basural de José León Suárez.
Berta, la hija menor de Nicolás Carranza, es una de las protagonistas de este juicio. Seis hijos tenían Nicolás y su esposa. Era cordobés y vivía en Boulogne, y trabajaba en el Ferrocarril Belgrano. Berta dice que está convencida de que le mataron a su papá porque él hacía juguetes para los pibes pobres, y eso les molestaba a ellos. Y que eran peronistas.
Delia, hija de Francisco Garibotti, recuerda que cuando mataron a su papá, estaba en tercer grado. Después la mamá la tuvo que cambiar a un colegio pupila. Cuando tenía que hacer trámites y cosas por el asesinato del padre, la mamá le dejaba a los hijos al cuidado de la viuda de Carranza. Ella se arregló como pudo para cobrar una pensión y salir adelante porque “en ese entonces era muy complicada la vida”. Las viudas andaban juntas de acá para allá con su duelo a cuestas. Ahora, luego de tantos años de silenciamiento, las hijas continúan su camino luchando por la verdad y la justicia.

Día 2: El terror mordiendo los recuerdos
María Ángela Giunta es hija de Miguel Ángel Salvador Giunta, o Don Lito, como le decían en la asociación de fomento. Con su familia vivían en Yrigoyen al 4500, a tan solo 50 metros de la casa de los hechos. Estremece pensar en esa niña de cinco años que ve a su padre en el penal de Olmos con signos de la tortura después de días de aislamiento y hambruna. Fue uno de los sobrevivientes de los fusilamientos. Al día siguiente fue detenido, encerrado clandestinamente en un buzón y luego detenido como prisionero político, hasta finalmente ser liberado dos meses después.
“Estar aquí es patriotismo, es memoria, saber qué nos pasó en los barrios… saber que ahí sucedió algún hecho histórico.”
Laura Lagar, militante de derechos humanos
La testigo contó que años antes su papá, junto a los vecinos, había ayudado a fundar la Asociación de Fomento Hipolito Yrigoyén. El grupo vecinal fue consiguiendo mejoras para quienes vivían en el barrio. El espacio de reunión servía también para organizar bailes del carnaval. En ese momento del juicio el abogado querellante Alberto Palacios le preguntó a María Ángela el nombre de su madre, idéntico al suyo, y si había conocido a Enriqueta Muñiz, la compañera de investigación de Rodolfo Walsh, y la testigo contestó que sí, que en reiteradas ocasiones había ido a su casa, pero que desconocía si esto se lo habían contado a la periodista, porque al ser una niña la mandaban al fondo a jugar con su abuela. Ángela se quiebra del todo, también por otros problemas de salud y no puede seguir declarando.
El juicio tuvo momentos así, en que las lágrimas corrían por los rostros de los presentes. A través de estos testimonios, nos enteramos de detalles que esclarecen aún más el calvario que aquella noche comenzó en sus vidas.
“Yo insistí en testimoniar” dice Silvia Lizaso, sobrina de Carlos Lizaso. Según relata los hechos fueron transmitidos como un legado de generación en generación en la historia de su familia. “Por eso y por ellos, yo me siento con la responsabilidad de aportar sus voces, las de ellos, que no pudieron y no están”. Su testimonio quizás es el que más aportes de la escena política nos brinda. Ella cuenta el involucramiento de su abuelo en el levantamiento. “El que estaba comprometido con el levantamiento de Valle era Pedro, y después Carlos”. En esta familia, La Tía Tití, que vivía en Olivos, era la persona que tenía teléfono de línea, en una época en la que no era tan común, y por una llamada de Julio Troxler se enteraron que habían asesinado a Carlitos. (Julio luego se interpretó así mismo en la filmación clandestina de Jorge Cedrón)

El tercer testimonio es el de la hija de Héctor Benavidez. Mónica Benavidez dice que para ella, el mandarlos a asesinar fue “con intención de darles un escarmiento”. A quienes se quería aleccionar era a todos aquellos militantes peronistas que se oponían al régimen. Su padre fue otro de los fusilados que sobrevivieron.
En las afueras del teatro, se comentó con indignante vehemencia que un nieto del coronel Fernández Suárez, aquel que dio la orden de disparar en el basural, cumple hoy funciones como embajador en México, representando a nuestro país.
Día 3: La memoria no se fusila
El viernes declaró el hijo de Mario Brión. Daniel es historiador y entre sollozos dijo “lamento que mi padre haya sido asesinado esa noche, pero agradezco que haya otros siete que hayan sobrevivido, y gracias a su testimonio hoy podemos estar aquí”. Él brindó datos e información específica y cerró su declaración leyendo un poema, en el que se plantea que “hacer memoria es bregar para que no vuelva a ocurrir.”
Durante el juicio, se pudo constatar que aquel otoño de 1956 la mal llamada revolución libertadora inauguró una política económica que luego cobraría forma acabada en el terrorismo de Estado de 1976. El plan económico que tomó deuda con el Fondo Monetario Internacional se inaugura con la firma de puño y letra de los asesinos: Isaac Rojas y Pedro Aramburu. Este es un modelo que, para muchos, regresa con idéntica perversión y saña de la mano del gobierno de Javier Milei.
De pronto, una voz de mujer, firme se eleva por sobre el murmullo, irrumpiendo en la solemnidad judicial: “¡Los compañeros son patriotas! ¡Son inocentes! Los verdaderos traidores a la patria son los Aramburu, los Rojas, sus comandos civiles y todos estos fascistas que hasta ahora nos vienen gobernando, toda su descendencia”. La mujer levanta un pañuelo blanco con el nombre del papá de Brión.
La efervescencia dentro de la sala es total. Un hombre de pelo largo y campera de cuero -ya de pie- corea la marcha Peronista. ¡Viva la patria! grita otro en la fila de atrás! -¡Viva! resuena entre las butacas del fondo.
Al parecer, estas reiteradas interrupciones del público, este frenesí durante las declaraciones previas, representó una desobediencia y molestó al tribunal que solicitó con anterioridad que “no intervengan y hagan silencio”. Por lo que promediando el mediodía se suspendió la lectura de la sentencia.
“Me siento mal, me hubiera gustado que lo dijeran hoy”, expresa Mirta Pebelli, militante de más de ochenta años, que ni el frío la detiene, y vino “para recordar a los mártires”.

Dia 4: El veredicto
El lunes la jueza Alicia Vence dictó la sentencia. Los fusilamientos fueron crímenes de lesa humanidad e instó al ministerio de Educación a que incorpore en la currícula escolar los hechos ocurridos esa noche. También hizo responsable de los asesinatos al entonces presidente de facto. La doctora Vence, a su vez, solicitó a las autoridades municipales y provinciales realicen un monolito en el lugar de los hechos, que haga visible el suceso y recupere la memoria de lo acontecido. En el recinto queda flotando la certeza de que hacer memoria es la única forma de que la paz y el amor venzan finalmente en el pueblo.
Durante estos cinco días en los juicios, pude darme cuenta que si bien los relatos tienen mucho que ver con la valentía de los hombres de la militancia y la resistencia peronista, aquí también se atesoran la sensibilidad de los detalles que recuerdan y amplifican las mujeres que quedaron vivas. Hay treinta y dos viudas, hay hijas, hay sobrinas y nietas, hay hermanas que guardan este mensaje y lo comparten con lágrimas en la cara, con la voz a veces ronca y a veces aguda, pero con la fortaleza que solo se sostiene con la convicción de hacer justicia.


