¿Cómo explicar esta final contra España? ¿Se puede elaborar teoría en un país que pendula siempre entre la gesta y el naufragio? ¿Qué capas de sentido se priorizan? ¿Lo táctico, el juego? ¿Las individualidades? ¿La política? ¿El fenómeno cultural? ¿Qué palabras elegir y cuáles descartar a horas de una derrota que aún duele?
Por Francisco Staiano
Mudos. Así nos mantuvimos cerca de un minuto, luego del pitazo final que dio la victoria a España del Mundial de fútbol de 2026. Catorce estatuas de sal frente al televisor.
Unos minutos atrás habíamos descubierto -o resuelto- que cerrar las persianas y hermetizar el living no sólo era un remedio eficaz contra el delay de la transmisión sino también una estratagema más -la definitiva- para sostener el cero y llegar a los penales. Los sueños tienen eso, que terminan, y ahora el living adopta la forma de esas cámaras subterráneas donde un teniente cae en la cuenta de que ha perdido la batalla.
Lo concreto es que tocó cruz y de la casa se apoderó un silencio hondo, corvo y cruel.
Durante estos días, el cielo de Buenos Aires —y presumo que en todo el país— permanece envuelto en un velo gris. Los guiños de arriba llegaron tarde.
Tocará rearmarse con los pedacitos de ese sueño que nos enseñaron a soñar. Quedará sacar pecho por esos 15 minutos de gloria, allá miércoles, donde nos trepamos al cielo de la historia y nos abrazamos con aquellos que el pueblo decidió nunca olvidar. Cuestión de honor, para millones. “Mapita” para los cipayos que gobiernan.

En el durante, nos vimos en trencito, futboleros y no tanto, niños y grandes, aferrados a nuestras más inconfesables cábalas y dejando, relegados por un rato, los rencores y escudos cotidianos.
Será el momento de prender la luz de esta insania colectiva que nos dió la grandeza de cantar y bailar como niños, y de hacer de nuestras esquinas y plazas un salón de fiestas a cielo abierto.
Toda esta película, dirigida por niños adultos, pedía esa guinda como pastel, pero ahí aparece el mundo con sus lógicas -las de la táctica y la posesión- a imponer ese gol que aún desafina la más dulce melodía.
“Pasó lo obvio”, “era de esperar”.
Conozco dos justicias; la de clase y la poética. Y acá no hay nada de eso.
Vivimos en un país que vive en la cornisa.
Esa que escenificó la Selección partido a partido. La misma que imita Messi, a igual distancia del retiro que del bicampeonato mundial.
Se vive así, sin protectores gástricos que alivien un metabolismo adicto al todo o nada. Lo de ayer era un plato conocido, simplemente porque ya sufrimos cosas mejores que esta.

No logro explicarlo, no me sirve saber que no hay ángulo posible que evite el gol del centro rasante del final, ni que la primera amarilla a Enzo Fernández haya sido injusta. Tampoco me gusta hablar de destinos o numerologías.
Quizás la mejor forma de hacer teoría de esto es reconocer que este territorio que colecciona abismos y gestas a partes iguales nos revela algo de lo que estamos hechos.
Vivir al filo, en la comba que dibuja la pelota al borde del área chica; ese territorio liminal, donde el pulso suena como un tambor, donde se abren los ojos y se retuercen los nudillos, donde sentimos que todo es posible, donde no llega presuroso el defensor o la palabra justa.
Abrazar esa fuerza de la vida, con sus mil contradicciones, es la que nos lleva a proferir cantos y bailes donde otros ven excesos, a gambetear a todos los ingleses que se nos paren adelante, y a creer en las gestas con la voracidad del que ya no le queda nada.
Quizás la única manera de hacer teoría de esto sea rechazarla por completo. Por bruta, por incompetente, por europea, por higiénica.
Y declarar, como dice el tango, como canta Messi.

“Olvidémonos del resto”, qué nos van a hablar de amor.

