Buenos Vampiros, la banda oriunda de Mar del Plata, despliega a la perfección el arte de hincarle los colmillos a la yugular de la escena de música local.
La calma del cementerio
“Solo, espero estar bien”. Con esa frase cierra Entre sombras, tercer disco de la banda marplatense Buenos Vampiros. Casi podría ser un dictum de época. La voz que lo dice se presiente cargada de dolor, extrañada, desolada. La promesa hecha en “Puedo ver el mar en tus ojos”, tema dos, parece haberse desvanecido en el aire, como la promesa de un futuro mejor.
Buenos Vampiros, banda de rock, post punk, new wave, dream pop, y no sé cuántas etiquetas más, es una de las gratas, saludables y sobre todo necesarias apariciones de la escena musical argentina. Con Irina Tuma e Ignacio Perrotta (voces y guitarras), Luana Giobelina (bajo y coros) y Mora Ramone (batería), forman un cuarteto que suena retro futurista. Nos traen aires sonoros de una época que, nostalgia aparte, sigue vibrando con una contundencia arrasadora, como diciendo: todavía no está todo perdido. Parece ser, después de todo, que la información venía ondeando en el aire.
“Reina el misterio, todo se cae” nos dice la voz de Irina Tuma en “La calma del cementerio”, tema con el que inicia Entre sombras, que desde el título nos va colocando en un lugar muy particular: el universo de los buenos vampiros. Un disco que empieza donde todo lo humano termina, ahí, donde los niños que fuimos salen de noche a jugar a las escondidas. Una declaración de principios más allá de una estética. Allí, en ese teatro sombrío de operaciones, justo allí, empiezan las guitarras; su primera estocada, para que luego se agreguen bajo y batería, y no queden dudas que estos vampiros funcionan por tracción a sangre.
Como todo buen vampiro que se precie de tal, Buenos vampiros es una banda joven, pero al igual que aquellos niños víctimas de la lotería social que se vuelven adultos de golpe y lo saben ya todo acerca de la vida, estos vampiros están envueltos por una vejez prematura; poetas de lo sublime y la sensibilidad. Sus influencias que van desde lo más profundo de los oscuros setentas y ochentas, hasta el tango, sumado a su melancolía crónica de habitantes de ciudad portuaria, los convierte en jóvenes de alma vieja, o simplemente vampiros (de los buenos, eso sí). Es destacable que esta banda tiene un vivo a la altura de sus tres discos. De estética dark-glamorosa, generan un clima de misterio, logrando con el público verdaderas catarsis, a través del despliegue de una energía conmovedora; de una belleza que duele.
Pero los buenos vampiros tienen frío y notan las ausencias, sufren a la par de su generación.
“Mi campera está mojada/ dejaste lluvia en tu lugar”, un verso hermoso y preciso que evoca una falta. Una ausencia. La ausencia de qué, o de quien, en verdad no importa. Por ejemplo, la primera vez que escuché “tengo frío”, tema tres del disco, resonó en mi memoria el poema de Gabriela Mistral, “País de la ausencia/extraño país (…) con edad de siempre/sin edad feliz”.
La bondad de estos vampiros quizás radique en esa sutil capacidad de transmitir la emoción.
En la posibilidad de dar calor dentro de la noche más oscura. “Por un momento mis miedos ya no importaban/ se habían ido/ ya no importaban”. Dice la voz de Ignacio Perrotta en Caminemos juntos, tema cuatro. La capacidad de obrar pequeños milagros en tiempos, donde nadie escucha a nadie, y de todos contra todos, se vuelve un bien preciado, al que hay que cuidar. “Caminas conmigo, me siento más fuerte”, puede ser un grito de confrontación a la lógica de la época que nos toca, con la convicción de quien se sabe portador de una verdad sagrada, necesaria como respuesta al individualismo extremo que hoy es tendencia.
Por su parte, “Jugando en la oscuridad”, tema seis de Entre sombras, condensa un grito urgente de nervio punk, donde juego y peligro se confunden: puede sonar tanto a placer ciego, como a la búsqueda desesperada del ser amado entre los escombros de un mundo que se derrumba.
“Están esperándote / esperan tu caída, otra vez”, nos advierte como un eco del más acá la voz de “Alguien te espera”. Viento fuerte y un piano al frente. Una intro que se toma el tiempo de generar el clima justo. El sonido es tétrico: el bajo y la bata van marcando el pulso de un corazón que parece a tientas, en estado de titubeo, desesperado. Podemos sentir la proximidad de lo oscuro, un aura funesta ronda el lugar acechando como un animal hambriento, como un loco atormentado. La soledad, la sensación de vacío y la certeza de que quieren vernos caer.
“Canción para Rufina” tema siete, con aura bunburyana nos recuerda la fragilidad de la vida y la importancia de disfrutar del ser amado con la conciencia de que a la hora de comer, el tiempo elige carne humana. A diferencia del animal que está amarrado al poste del instante, adquirimos -en algunos casos desde muy chicos- dimensión de lo finito.
Hay veces que no tener idea es sano, como también lo es no estar donde no se quiere. Lo cierto es que a menudo no queda otra que despertarse y seguir. “Yo ya no quiero despertar en esta realidad”, nos dice Irina Tuma en “No tengo idea”, tema ocho. Quien nunca quiso que lo despierten cuando termine septiembre podría empezar por arrojar la primera piedra.
Es arrollador el comienzo de “Una vez más”, como cuchilladas rítmicas, precisas y afiladas. Colmillos que saben dónde morder, tan certeros que por momentos “me quedo sin palabras”. En definitiva de eso se trata. Darle espacio al sonido y su contundencia anterior a la lengua. A la información que habita en las entrañas para devolvernos a esa zona muda en la que fatalmente cae el lenguaje, ante la imposibilidad de decir lo atávico, lo profundamente animal.
Estos vampiros del bien logran con su música subvertir el orden de las cosas, al menos por un rato. Y si te sentís “oscuro y solo frente al mar”,podés intentar dejarte arrastrar por la corriente eléctrica, todavía humana, dejándote vampirizar por el sonido, la posibilidad de jugar por un rato, escapando a las fauces del monstruo que todo deglute, hasta que se apague el hechizo.
Por estas horas, se vuelve imperioso reivindicar el gesto radical de tener una banda de rock compuesta de un grupo humano que funciona como cuerpo. Grabar un disco que a su vez contenga otros discos, y la valentía de asumir la distorsión de una época y devolverla multiplicada.
De atrás a adelante: Ignacio Perotta, Mora Ramone, Irina Tuma, Luana Giobelina.

