Berabevú, como muchas otras localidades del interior, está por quedarse sin correo. El intento de privatización devenido en desguace muestra los dientes a una institución clave en toda comunidad, pero principalmente en las más pequeñas. ¿Cuál es el sentido del correo hoy? O quizás mejor, ¿quiénes lo dotan de sentido?
Por: Florencia Sambito
Quien recibió la última carta en Berabevú no sabía que era la última. Quien la hizo llegar a manos de su destinatario, sí. Ese 28 de febrero, el jefe de correo y único empleado de la sucursal, Gerardo Frascarelli, iba a cerrar la puerta de la oficina con llave y una etapa de su vida. Ya le quedaba poco para jubilarse y Correo Argentino le había ofrecido un retiro voluntario. Cuarenta y ocho horas antes había telefoneado al presidente comunal de Berabevú para comunicarle que, visto que la empresa no había designado su reemplazo, dejaría de funcionar la oficina del correo del pueblo.
“Recibí el llamado de Recursos Humanos, ofreciéndome el retiro, lo hablé con mi familia y acordamos que convenía aceptar. Pero jamás, Tomás, jamás pensé que iban a cerrar el correo”, le aseguró Gerardo en su comunicación al presidente comunal, Tomás Sorribas. Se preguntaba, quizás con cierto recelo después de 37 años en su cargo, quién iría en su lugar. Hasta el día antes de irse lo pensó. Pero sin noticias acerca del heredero del puesto, la decisión de Gerardo y su familia tuvo un impacto impensado. «Es tremendo que hayan cerrado la oficina. Realmente me cayó muy mal”, expresa la voz lastimada del cartero.
“Te iba a decir que era mi segunda casa, pero no sé si no era la primera. Para darte una idea, los domingos yo venía a hacer limpieza, para que todo estuviera listo para empezar la semana”. En esas paredes de ladrillo des-pintado de blanco que lo alojaron por tantos años, resuena aún el barullo de palabras escritas y otras borradas, vibra el drama de amores contrariados, crujen relatos de familia. Sin conocer el contenido de las cartas que entregó, Gerardo podía adivinarlo en el gesto de quienes lo recibían en su casa. A veces lo hacían temblando, otras a los gritos, casi siempre ansiosos. Repartidor de noticias de nacimientos y también de muertes, de cartas de amor “de noviecitos”, como él les llama, de sentencias de despedida, de intercambios epistolares entre amigos, muchas postales de viaje, aunque su porte humilde no lo declame, él dirigió una institución capaz de cambiar destinos enteros. Con su partida, el correo de Berabevú está listo para convertirse en museo.
Hoy, la oficina apenas se reconoce por lo que queda del logo de Correo Argentino en el ingreso. Ya no tanto de cartas, últimamente está más poblado de paquetes. También a ellos se los espera con ilusión. Desde lugares remotos, todo llega a este mostrador de madera castigada, todo es alcanzable, al menos en potencia. “Vi cambiar completamente la naturaleza del correo. Antes hacíamos todo a mano”, resume el mensajero del pueblo. Hasta el último día de su “mandato”, el correo de Berabevú era sobre todo ese lugar al que los vecinos llegaban a hacer mandados,
cumplir con sus deudas, recibir sus pagas, a cruzarse a charlar. En un pueblo de 2500 habitantes, Gerardo presume de conocerlos a todos.
A Berabevú se ingresa por un enorme arco en el que bien podría caber el pueblo entero. Quienes le dan vida lo hacen en casas bajas, y unos pocos en el edificio de 6 pisos que se desmarca en el mapa urbano. El sol entra fácil en este terreno manso, con vista al campo por sus cuatro costados. El boulevard central se llena de chicos en bicicleta a la salida de la escuela. Con las últimas noticias del correo, la calma habitual de la comuna está por verse.
Después del llamado del jefe de correos, el joven presidente comunal, Tomás Sorribas, puso el grito en el pueblo. 713 votos lo habían hecho acreedor del puesto y pensaba honrarlos. Berabevú no iba a quedarse sin correo.
Tomás asumió en 2019, casi 100 años después que su tatarabuelo. Es la quinta generación de Sorribas que gobierna la comuna y asegura que desde chico siempre se interesó por la política. “La austeridad fue mi primer eje de campaña y ni bien asumí, congelé mi salario. Hoy cobro menos que muchos empleados de años de la comuna. Pero entiendo que los números deben cerrar con la gente adentro, con sus necesidades y deseos básicos cubiertos”.
Sorribas viajó a Rosario de inmediato, con destino al Correo central. Atravesó las escalinatas de ese palacete revestido en piedra símil Paris, signo de las glorias pasadas de esta institución, allí donde están los jerárquicos de los que dependen puestos menores como el de Berabevú. Pidió una audiencia con Claudio Lovera, Gerente Comercial de Correo Argentino. Lo hicieron esperar. Hora y media sentado en ese pasillo eterno. No lo atendieron. Entonces dejó una nota, que no era una carta más en el correo. Allí decía, palabras más, palabras menos, a quien corresponda, me dirijo a usted a los fines de advertirle de las muchas funciones que cumple la institución que usted gerencia en nuestro pueblo y a la que está dejando morir. La oficina del correo es mucho más que una receptora y distribuidora de paquetes adquiridos en Mercado Libre. La sucursal resume aquí una delegación de la Administración Provincial de Impuestos, nuclea nada menos que la recaudación de la provincia en el pueblo, dos mutuales y una sucursal del Banco Provincia donde jubilados y pensionados cobran su mesada. Me despido no sin antes decirle que, con su cierre, también quedarán 2500 facturas de la Empresa Provincial de la Energía sin distribuir.
Esto era verdad, parcialmente. Tomás contaba con la voluntad de los vecinos que saldrían a repartir sus propias facturas de la luz por las calles de Berabevú. Pero necesitaba apelar a todos los recursos a mano para dar dimensión del contrato que se estaba por romper.
El próximo paso de Tomás fue intentar allí donde atiende Dios. Merced al respaldo del Gobierno Provincial, el presidente comunal obtuvo una entrevista con el Director Nacional de Correo Argentino. “Allí nos transmitieron la decisión de ir achicando, ofreciendo retiros, cerrando sucursales”. Esta pequeña localidad del departamento Caseros, al sur de la provincia de Santa Fe, iba a ser la primera de muchas en perder su correo, tal como lo sospechaba Sorribas. Puntualmente serían 120 las sucursales del correo afectadas.
La reestructuración del correo, lo supo después, suponía el cierre de las oficinas postales de todas aquellas localidades con menos de 5000 habitantes. En el sur santafesino esto implicaría que el 80% de ellas se diera de baja. Otro tanto ocurriría en la Patagonia, con un millar de despidos y unos 2.000 «retiros voluntarios», en Buenos Aires, La Pampa, Catamarca, Tucumán, Chubut y Neuquén.
Finalmente, Dios mediante, quien no había atendido a Sorribas en su primer intento tuvo que acercarse a Berabevú a ensayar una respuesta. Lovera llegó a la intendencia apurado. Así lo vivió Sorribas al menos. Se sentó frente a Tomás en el escritorio de su despacho modesto, mirando de soslayo la pared de fondo en la que se destacan vecinos ilustres de la comunidad. La reunión no duró más de 20 minutos: todo lo que tenía para ofrecer era donarle a Berabevú la casa donde funcionaba el Correo. “A medida que hablábamos, yo ya me imaginaba otro museo en la localidad. Ya tenemos el Museo del Ferrocarril, desde que se decretó su cierre en la década del 90´, y ahora íbamos a sumar otro”. También le habló de poner una dirección postal, un nombre moderno para la vieja estafeta. “Es retroceder 200 años de historia en nuestra comunidad, en la provincia y en el país”, señala Tomás con una mezcla de parsimonia y firmeza. “De tener una oficina propia a un depósito, es un atraso. Mi respuesta fue un NO rotundo”.

El incumplimiento “de rebote” que esta decisión implicaba- hablamos de un contrato de unos 2.000 millones con la provincia de Santa Fe que aún debía actualizarse unas tres veces en la cifra- para distribuir sus facturas de luz, fue la llave para seguir abriendo puertas, para no dar por perdida la discusión.
“Me duele por mis compañeros, los que siguen laburando en este contexto”, decía Gerardo. Tomás seguía dando la lucha. Y para eso se agenció de aliados. Acudió a AJEPROC, el gremio de empleados jerárquicos de Correo Argentino. Y a través de ellos a un histórico luchador por los derechos de los trabajadores en Santa Fe, quien se puso al hombro la causa. Carlos del Frade, comunicador social y Diputado provincial expuso la situación en la Cámara y agitó el debate. “El correo termina siendo un lugar fundamental para las pequeñas comunidades. Hay más estafetas de correo que sucursales del Banco Nación y eso es decir mucho de la presencia concreta del estado nacional en la vida de las comunidades. Para quienes vivimos los años 90´ esto nos recuerda lo que eran las privatizaciones, con un costo social mucho más grande que la propia desocupación. Había una especie de anillos de destrucción que generaban las privatizaciones de empresas públicas”. Recuerda el caso del cierre del frigorífico de Carcarañá en el que las estadísticas mostraron un disparo de los números de divorcio en un breve lapso. Es que muchos de los despedidos eran hombres que dejaban de ser proveedores y se desarmaban de sentido. Hablamos de la privatización de SOMISA, en la que trabajaba mi padre, de las canchas de paddle y los kioscos que proliferaron en la ciudad de San Nicolás, después de su venta al grupo Techint. Le cuento que mi padre, analista de sistemas, se reconvirtió en panadero, me dice que son parábolas de la destrucción. “La desarticulación de los tejidos productivos en comunidades tan pequeñas como la de Berabevú terminan generando cimbronazos sociales, mucha tristeza y esa angustia termina muchas veces en la ruptura de los lazos familiares. El desocupado produce una implosión social. El tejido social estalla por dentro”.
A 400 kilómetros de la sucursal de Berabevú la privatización de la empresa Correo Argentino fue parte del debate en el Senado por la llamada Ley Bases, el proyecto de «reforma del Estado» en los términos del presidente Javier Milei que deja AFUERA a muchas dependencias que considera obsoletas. El senador radical de Tierra del Fuego, Pablo Blanco, protagonizó la escena como un traidor para muchos patagónicos luego de votar a favor, habiendo sostenido la posición contraria hasta pocos días antes. El motivo detrás del cambio sorpresivo fue “no dejar a ningún fueguino sin Aerolíneas y sin Correo”, habiendo acordado con el gobierno quitarlas de la lista de empresas estatales con posibilidad de ser privatizadas. Quizás Sorribas sienta algo parecido a la empatía por Blanco, conoce la vitalidad de esas instituciones en el interior profundo.
Martín Menem, sin embargo, adelantó que insistirán en la Cámara que preside, Diputados, con el objetivo inicial de dichas privatizaciones. “Es una decisión de vaciamiento, lo van a terminar privatizando por una ley especial”, augura Sorribas. A las palabras, y no a las cartas, se las lleva el viento.
“Recordemos que más allá de lo sensible, el servicio que presta la empresa en las pequeñas localidades del interior también es de carácter alimentario, porque paga pensiones, AUH, planes sociales”, subraya Dardo Aguirre, dirigente de AJEPROC, quien pide al mismo tiempo: “El Ministerio de Trabajo debe participar de esta mesa de negociación, tomar conocimiento. ¿Se desentiende de lo que está sucediendo porque en cierta manera desconocía la cantidad de sucursales que iban a cerrar, el número de despidos, de retiros compulsivos que esto traía consigo? ¿Qué van a hacer con los inmuebles? Hay varias cosas que están dando vuelta que todavía no tienen respuesta. Parece todo un poco improvisado. ¿No es cierto?”, deja Dardo su pregunta en el aire.
El impulso de estas voces ha dado unos magros frutos. En lo inmediato, el correo de Berabevú abrirá de lunes a viernes, con atención completa y empleados prestados de la vecina localidad de Godeken, pero sin la sucursal operativa administrativamente. El intendente de Berabevú sigue disconforme: “Están tapando baches. Necesitamos una solución definitiva. Vamos a luchar por ésta y otras pequeñas localidades. Nos están pegando justo ahí donde el Correo Argentino cumple una función importantísima”.
Es que a Tomás nada le cierra. Ni por lo operativo, ni por lo económico. “¿Qué costo podría tener una oficina de un sólo empleado?”.
Por la mañana era Gerardo quien atendía la oficina. Por la tarde era Gerardo quien repartía la correspondencia casa por casa. “Los vecinos me dicen que me extrañan, que vuelva, me siguen llamando por cuestiones del correo, porque acá la gente tiene mi teléfono. Me preguntan a qué hora va a estar abierto… la gente está perdida”.
También a él le costó habituarse a su nueva vida como jubilado. “La gente todavía me ve por la calle y me grita que hacés cartero. Yo les digo: ex cartero”.
Las noticias que llevaba en el último tiempo eran de las más inesperadas: “últimamente venían telegramas de despido donde tenías que avisarle a un vecino que no tenía más trabajo”. Pero
reconoce que hubo más de los momentos en los que se sintió bien recibido. “Yo trabajé en la época en que todavía regía el servicio militar, recuerdo a las mamás que esperaban las cartas de los hijos con tanta emoción, con tanto nervio”.
Miguel es vecino de Berabevú y del correo. Ahora que, como Gerardo, es jubilado, tiene tiempo para pasar todos los días frente a la puerta, en su caminata prescripta. Con una voz cascada por el tiempo lamenta que la comuna aparezca en las noticias por algo como esto. “Con empresas que se cierran, con el cierre de oficinas nacionales, los pequeños pueblos se van muriendo. Porque esto ya pasó alguna vez en Argentina, con los trenes, y las estaciones quedaron vacías. Se fueron los trenes y se fue mucha gente del pueblo también. Y ahora con esto del correo…”. Su tono se enciende. “Porque uno piensa en correo y piensa en la carta. Pero no es la carta, no todo al menos. No todo el mundo vive de la informática, ni del mail, no toda la gente sabe recibir una factura a través de internet, mucha de ella es gente grande”. Él no se da cuenta, pero piensa en muchos de sus amigos y conocidos. “La oficina es más necesaria en un pequeño pueblo. Tal vez para los que toman las decisiones en Buenos Aires sean pueblos inexistentes, por la cantidad de habitantes, pero la gente de Berabevú como de cualquier otro pueblo tiene el derecho a tener las mismas comodidades que tienen las grandes ciudades, por eso esta defensa que hace el presidente de la comuna. Y la defensa que también nosotros hacemos: porque empiezan con el cierre del correo, después te sacan servicios del PAMI y después el Anses y después te dejan absolutamente sin nada”.
Es el efecto dominó al que se refiere el presidente comunal. “Hay que hacer respetar el derecho de estas localidades. No nos dejemos correr con la funcionalidad. ¿Qué quieren? ¿Que nos vayamos todos a apiñar a las grandes ciudades?”
El propio Tomás Sorribas tiene una historia de afecto con el correo. Su abuela, empleada de la sección infantil de la Biblioteca Argentina, vivía en Rosario. “Ella nos inculcó a mis hermanos y a mí el amor por la lectura y la escritura. Si bien nos visitaba seguido, nuestra comunicación más preciada era por carta. Nos escribía una a cada uno, siempre con algún presente. Esperábamos sus noticias todas las tardes. Conservo cada carta escrita por mi abuela”. Hoy entiende que la institución ha cambiado, que el correo tiene otro rol, pero insiste en su vitalidad. Piensa en Gerardo, “el uniformado en bicicleta reconocido por todos”. Fue el jefe de correo desde el 83’ hasta el año pasado, y como tal dirigió cada una de las elecciones en el pueblo. “Ante todo soy un dirigente político y si bien me preocupa el impacto social y emocional, también hay un quiebre en el sistema democrático. ¿Quién se va a encargar de llevar y traer las urnas? En Gerardo, todos confiábamos”.
El Correo Argentino tuvo, hasta la llegada de Javier Milei a la presidencia, 1452 oficinas y 16.800 empleados en todo el país. El plan del gobierno nacional supone reducir el plantel a un tercio de esas oficinas y 9500 personas, con retiros anticipados y despidos. Unos 3500 empleados ya se desvincularon, otros 377 fueron despedidos y al menos 50 sucursales ya fueron cerradas.
Desde 1514, cuando se creó el oficio de “Correo Mayor de las Indias, Islas y Tierra Firme de la Mar Océano Descubiertos y por Descubrir”, la institución cuenta en sus más de 500 años la historia de los grandes acontecimientos históricos de nuestro continente y sus pueblos.
Nació estatal. La entonces Empresa Nacional de Correos y Telégrafos (Encotel), fue creada en 1972 como propiedad pública en nuestro país. Veinte años después, en el marco de la reforma del Estado durante la gestión de Carlos Menem, se convirtió en una sociedad anónima y se dispuso su privatización, sin éxito, motivo por el cual se liquidó la compañía y licitó el servicio postal de todo el país. El servicio fue adjudicado a la empresa Correo Argentino SA, una sociedad integrada por Sideco Americana, propiedad de Franco Macri, padre del ex presidente de la Nación, Mauricio Macri. El derrotero se selló en 2001, cuando Correo Argentino SA entró en concurso de acreedores, siendo el Estado nacional el principal. Volvió al estado. En su primer año de gobierno, Néstor Kirchner rescindió el contrato de concesión alegando “incumplimientos por parte de la empresa” y creó el Correo Oficial de la República Argentina, una sociedad anónima cuyo único accionista sería el Estado nacional. Y entretanto, escribió una carta de puño y letra en respuesta a un vecino de Berabevú que le acercaba propuestas. Gerardo aún recuerda el rostro del destinatario cuando le entregó esa carta.
La misión del Correo Argentino, según se lee en su propio sitio web, es ser una empresa. nacional que permita integrar a todos los habitantes del país a través de productos y servicios confiables que aseguren las comunicaciones y los intercambios entre las personas, las empresas y las instituciones. Su capilaridad en un territorio tan vasto como el nuestro, se vive como una promesa.
“Claro que usaba el correo incontadas veces. Para nuestra comunidad es muy importante la oficina de correo. Desde que la cerraron es como que nos cortaron las alas. Hay muchos emprendedores que necesitan del correo para poder trabajar. Es muy importante para el pueblo contar nuevamente con nuestra oficina de correo”. Es Flavia, costurera, futura enfermera y permanente bailarina de flamenco, en el Ateneo de la localidad en la que nació y por la que piensa dar pelea.
Dicen que Berabevú es un pueblo de origen incierto. Su nombre refiere a una palabra indígena: “duraznillo”. Una planta arbórea de copa poco extendida, algunas espinas y un tronco muy pero muy basado.
Será que las últimas palabras pertenecen a Gerardo, el último jefe del correo de Berabevú. “Gracias por acordarte de mí”.

