Entre el frío, las rutinas de invierno y la mirada luminosa de una hija, el barro se convierte en un territorio de exploración. El taller de arcilla se abre como un espacio donde el tiempo se amasa con las manos y cada forma, imperfecta o inesperada, guarda la posibilidad de contar una historia. Una crónica del registo empírico en primera persona.
Por Fer Simonetti
Parte I
Vuelta al barro
21/6/2025
Sábado, diez y treinta de la mañana, y el invierno —que ya estaba entre nosotros— obtuvo su reconocimiento oficial.
Nuestra casa, un departamento en primer piso, es una heladera. Desayunamos algo liviano: mate, pan con queso y salimos con Valu, mi hija de seis años, a nuestra nueva actividad. Somos todo abrigo y expectativas, rumbo al grupo que cada quince días se dedica a la exploración de la arcilla.
Llegamos unos minutos después de lo convenido, una vez dentro, nos recibe el profesor. Lisandro, maestro de cerámica, maestro de dos escuelas -también trabaja como acompañante de niños con autismo- nos invita a pasar, dejar los abrigos en el perchero (que está apenas pasando la puerta) y ponernos cómodos.
Nos explica que Laura y Vera -madre e hija- están algo atrasadas, y que Marta —la otra compañera, que junto a su nieta suele completar el grupo— no vendrá hoy: Marta está enferma.
El espacio es pequeño, dos ambientes chicos. Nos ubicamos en la mesa del centro: rectangular, de madera clara. Nos sacamos los abrigos, los colgamos del perchero y nos sentamos. Por todo alrededor, sobre las paredes, hay estantes donde se destacan las piezas terminadas: gatos, guitarras, lunas, máscaras. Un horno.
“La arcilla, al contacto del fuego, se vuelve cerámica”, Lisandro abre el horno y muestra que adentro hay más figuras, “todo lo que tiene ladrillo involucra cerámica”, señala con el índice de la mano derecha el interior del horno.
Es un horno circular, parecido a un Kohinoor de carga superior. Entre las paredes internas tiene unos alambres que transmiten electricidad y alcanzan las altas temperaturas necesarias para lograr la alquimia.
(La primera cocción va de un rango de 800 a 1000 °C, y endurece la pieza. En la etapa de esmaltado, la temperatura puede llegar hasta los 1300 °C.)
La relación del ser humano con la arcilla se remonta al Neolítico y tiene más de diez mil años.

Llegan Laura y Vera, las dos muy abrigadas y vestidas de negro, vienen tomando el taller hace un tiempo, Vera se sienta a mi lado, Laura enfrente y Valu a mi derecha, sobre la cabecera, quedando dos lugares libres: uno en la cabecera opuesta y otro frente a Vera.
Laura y Vera continúan con el trabajo que dejaron hace quince días. Trabajar con arcilla es también trabajar con el tiempo.
Lisandro nos da nuestra primera tarea: coloca cinco figuras geométricas terminadas sobre la mesa. A partir de un pedazo de arcilla que nos entrega a cada uno, tenemos que intentar imitarlas. Una esfera, una pirámide, un cubo, un cilindro… y el quinto —mientras pienso que debería volver a primer grado— que no recuerdo.
Laura, madre de Vera, de cuarenta y siete años, es morocha, usa lentes de sol, sumamente verborrágica, viste a la moda. “La escultura ya está dentro del bloque de mármol; yo solo quito lo que sobra”, Laura levanta la vista y me dirige una mirada, que no logro terminar de captar por los lentes de sol, “Creo que lo dijo Miguel Ángel, O Fidias”, desliza risueña volviendo los ojos hacia sus manos.
Pero yo no hago nada con las manos desde el origen de mis tiempos, y esto se vuelve todo un desafío.
La arcilla es húmeda, pero cede.
La exploro con los dedos.
Pongo el foco en la tarea.
Cada tanto la miro a Valu: iluminada.
“La arcilla es plástica, maleable”. Lisandro recorre el espacio sobrevolando con la mirada el trabajo de cada uno.
Miro las manos de Valu: redondas, pequeñas, más cercanas al bebé que fue.
La mirada fija en los objetos, concentrada, segura de lo que hace.

Pronto me doy cuenta de que no tengo chances de lograr una imitación a imagen y semejanza. Aunque hay geometría en mis figuras. Reconozco también que la perfección no es el sentido de nuestra actividad.
Antes de empezar la última figura que me queda, Lisandro nos avisa que quedan diez minutos para terminar.
El tiempo vuela en la buena dirección. Todo lo que hicimos volverá al barro, a una masa uniforme, y nos aguardará con sabiduría originaria hasta nuestro próximo encuentro.
Escribir sobre el barro
05/07/2025
Sábado otra vez.
Venimos de una ola polar sin precedentes cercanos: nieve en Miramar, Sierra de la Ventana, Mar del Plata sin gas y nosotros amaneciendo al compás del taladro de otro edificio en construcción.
“¿Vos qué vas a hacer, papi?”, Valu me dirige una mirada intensa y fugaz como relámpago, exigiendo una respuesta; ante mi incertidumbre, recuperando la intensidad, abre los ojos grandes: “tendrías que hacer una lupa”.
—¿Una lupa?
—Sí, una lupa, papá.
Al salir de casa, a un edificio de distancia, vemos cinco camionetas de la policía estacionadas en fila india. Policías de distinta cepa merodeaban el edificio de al lado. Pero nosotros llevamos prisa, así que no nos detenemos.
El camino de casa al taller son exactamente dieciséis cuadras. La meta: llegar a horario.
Doblando la esquina, pasamos el quiosco de diarios y revistas. Valu se queda con la mirada petrificada.
—¡No, papá!
—¿Qué pasa?
—Tenés que ver eso.
—Estamos apurados.
—Pero era un mandril. ¿Te lo vas a comprar?
Me río. Le digo que puede ser. Le pregunto cómo está tan segura de que era un mandril y no algún otro mono.
Lo describe perfecto, con sus atributos más destacados a la vista.
Llegamos al taller a las once en punto, somos los primeros, Lisandro nos recibe y, antes de que podamos terminar de acomodarnos, entran Marta y Helena, nos saludan, se acomodan.

“¿Qué van a hacer, ya saben?”, pregunta Lisandro, dándonos la espalda, mientras acomoda algunas piezas en el horno.
—Yo no. Ella sí —le respondo señalando a Valu, mientras Marta saca bombones de chocolate y café que se le caen de a uno, repiqueteando primero en la mesa de trabajo y después en el suelo, perdiéndose por el espacio sin inmutarse.
“Abuela, se te está cayendo todo”, Helena levanta la voz y ambas manos, Marta sonríe, satisfecha y me convida uno, “ay abuela, abuela”.
Lisandro le pregunta a Valu qué va a hacer.
—Un sol —dice ella segura y mantiene la idea primera, la que trajo hace quince días.

Me toma un tiempo y anoto algunas cosas en el cuaderno, mientras la idea aparece. Lisandro me sugiere llevar la crónica a la arcilla, ir por ese lado. Me parece una idea potente, aunque no sé cómo hacerlo. Me aconseja esperar, pararme, pasear por el lugar, ver otros objetos.
“¿Qué van a hacer, ya saben?”, pregunta Lisandro, dándonos la espalda, mientras acomoda algunas piezas en el horno.
—Yo no. Ella sí .
Eso hago, me levanto, paseo por los estantes, recorro el espacio por detrás de las mesas, observo las paredes, las mesas, en todas hay objetos hechos con arcilla; no quiero hacer nada como un cenicero, una taza, o un… ¡Un mate! Eso voy a hacer: un mate.
Entonces empiezo. Vuelta a la arcilla, a ver con los dedos. La respiración baja. Al silencio. A la concentración. Una masa compacta, y darle forma.
Rápidamente, la forma aparece. Comienzo a hundir un dedo, luego dos y voy trabajando el interior.
“¡Ah! Se despega, se me cae, se me parte” refunfuña Laura, mientras trabaja sobre un gatito, “falta plasticidad”.
Para mi sorpresa, la forma aparece sin necesidad de quitar arcilla, solo con el trabajo de las manos: golpes sobre la base, dedos abriéndose paso y moldeando, pura intuición.
La miro a Valu, re-concentrada, pintando un sol redondo con sus rayos.
Tomo una herramienta cuyo nombre ignoro, y con suavidad empiezo a tapar las grietas. Es necesario hacerlo de manera minuciosa: después del horneado, un pequeño punto puede transformarse en un surco letal.
Peino una esponja húmeda por las paredes internas, llevando la crónica a la arcilla. Me quedo pensando cómo sería escribir con las manos sobre el barro, qué clase de crónica será un mate. Tal vez no se trate de hacer una crónica con forma de mate, sino de hacer un mate que pueda contar algo: sobre el frío, sobre el tiempo, sobre estar ahí con ella, sobre no saber qué hacer hasta que aparece.

