Por Lara Yost
Somos guardianes del monte
Somos un pueblo ancestral
La única ley para el monte
Es volverlo a sembrar (…)
Fragmento de manifiesto del Pueblo de La Toma
Me recibe una fachada caída: un revoque en otros tiempos rosado se desprende y deja ver el esqueleto de ladrillos que sostiene la estructura.
Es una clásica casa antigua del siglo XIX; de ornamentación simple, con dos grandes ventanas a los costados de la puerta de madera de doble hoja. La casona, perteneciente al curaca Belisario Villafañe -expropiada por el Estado en la última dictadura cívico-militar, hoy en día sin retorno a su legítimo propietario- muestracon honra una bandera de colores roja y negra con ilustraciones de un paisaje serrano: un sol creciendo tras las sierras de un lado -espacio que recorre un gran ave en pleno vuelo- una luna en cuarto creciente del otro, iluminando un gran y frondoso árbol. Lo atraviesa una guarda celeste: es el río que se mueve a la par del césped.

Los últimos sábados de cada mes, el Pueblo de La Toma de la ciudad de Córdoba ofrece un taller de yuyos abierto a la comunidad, con la intención de compartir un fragmento de sabiduría provenientes de las diferentes hierbas serranas. El taller de hoy corresponde al mes de agosto -mes de movimiento para el pueblo comechingón- porque el viento es insaciable y las emociones se perciben inquietas. Este encuentro en particular está pensado para estudiar y compartir las propiedades del sahumo.
Una vez dentro, me siento al borde de un cantero circular, donde el rojo y negro se repiten: son los colores característicos del Pueblo de La Toma. En su interior, plantines de diferentes flores y tintes rodean un gran roble que crece desde el interior de la tierra, desde hace más de 600 años. Sus ramas extensas me llaman la atención, pues crecen y se esparcen sobre el techo y recortan el cielo, dejando entrever algunos rayos de sol que dibujan figuras en el césped.

Ahora, los pasos de Sergio, curaca de la familia Acevedo, crujen sobre césped seco y fragmentos de madera ínfima, mientras se acerca a un círculo de piedra -concienzudamente diagramado al centro del espacio- con algunos troncos finos y un pedido a los presentes: “Cuando vean ramitas por la calle, tráiganlas, para el abuelo fuego…”. Para esta altura, el patio está habitado por 17 personas, entre asistentes del taller y organizadores.
La casona es una especie de cuadrado con un gran jardín en su corazón, donde las paredes ilustran grandes paisajes y plumas con imágenes de personajes e historias, aunque también hay grabados y letras que componen poemas (“La abuela llora/ flores de alegría/ enormes corazones /de vida”), hay reglas para mantener la paz y hay cantos….
Además de las diversas ramas curvas y extensas, frondosas de hojas silvestres, el espacio se decora con cintas rojizas, azules y verdes que se dejan balancear suaves por el viento, y de su extremo penden viejos CDs sin nombres que ilustran brillantes círculos en el césped y paredes, hacia todas las direcciones. También hay atrapasueños de ramitas y lana. Puedo contar ocho.

Luego de una rápida introducción de los asistentes, el silencio se materializa y Sergio dice algo sobre “caminar con el fuego”, atrayendo la atención. Habla de su presencia, de la conexión, del sentido y de su valor: “Nada tiene que ver el fuego de la cocina con el fuego que está acá, hoy, con nosotros. Con el fuego, la respiración se vuelve más tranquila, la escucha, amigable. Es el abuelo fuego quien lo permite (…) Pero hay que tener cuidado. Porque ese abuelo, así grande y sabio como lo vemos, se puede volver pequeño como un niño y, como todo niño, sale a jugar, y puede provocar peligros, accidentes. Es nuestra responsabilidad seguirlo, cuidarlo para que no lastime a otros, ni así mismo. Al conectarse con su esencia, puede lastimar.” El fuego es eso que nos conecta con nosotros. Que está por fuera, que lo vemos, que nos quema la piel o nos da calidez. Pero también coexiste dentro. “Somos fuego encendido”.
“Cuando vean ramitas por la calle, tráiganlas, para el abuelo fuego…”
La imagen del niño como fuego que hace eco en los rincones del monte, me recuerdan que estamos transitando una de las épocas más peligrosas para la provincia, donde los focos de incendios ocurridos durante el pasado año arrasaron con hectáreas que se extienden desde Capilla del Monte, pasando por los departamentos de Punilla, Colón, Cruz del Eje, Ischilín hasta Totoral. Desde las ambiciosas quemas agrícolas o la expansión de la urbanización, hasta el más insolente cigarrillo sin apagar, fueron ecuánimes partícipes del terrible desenlace: hoy Córdoba acumula un 10% de territorio incendiado, lo que es igual a toda la zona comprendida entre La Plata, Mar del Plata, Azul y Tandil en Buenos Aires.
El fuego es como un niño que sale a jugar, dice Sergio. Pero si soltamos su mano, toma las formas de un huracán hambriento, que convierte la tierra viva en silencio y cenizas. Y aún así, a pesar de todo ese mal que se alimentó de la tierra, para los comechingones el fuego es sagrado, ¿Por qué?, pregunto.
El sahumo es fuego convertido en humo, en presencia, en aroma y esencia, explica Sergio. Y, por sobre todo, invita a elevar. El fuego alivia el aire, y lo eleva. Eleva esa energía baja y nos libera.

Además del sahumo, Sergio habla de otros rituales con el fuego. Momentos en donde acudimos al fuego para quemar algo que nos incomoda o duele. Pero el fuego, más que fin, es transformación y, por tanto, reconciliación con uno. No olvido, no elimino quién soy, porque por ese ser que fui, hoy estoy acá. El fuego es canal para transmutar.
Ahora entiendo. Y mientras la charla comunitaria continúa, el humo de la fogata que nos abraza desde hace unas horas se mueve con el viento y entre las ramas que soportan el calor para transformarse. Veo cómo el fuego se extingue y cede, pero sigo escuchando el crepitar.

