El puestero

Un perfil de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA

Francisco Staiano reconstruye la vida de Juan Lojo: vendedor, ajedrecista, lector, filósofo autodidacta, sobreviviente y figura inseparable de una facultad que lo cobijó durante décadas.
Pero esta no es solamente la historia de un hombre. Es también una crónica sobre la universidad pública, sobre la amistad, sobre la precariedad y sobre esos espacios capaces de devolverle un lugar a quienes el mundo empuja hacia la invisibilidad.

I

La casa que nadie miraba: ni el habitante, ni la mosca, ni el sol.

Otra vez esa melodía enlatada. Con un movimiento manda a callar al celular y se levanta. 

Todo enmudece. 

Queda su respiración, su ronquido.

Mientras tantea un canasto con algunas prendas sueltas, recuerda que el jueves llovía. Hoy no es jueves.

Campera de cuero, jeans rectos, zapatillas deportivas y a la calle.

Ropa prestada, donada, pasada por tantas manos.

A unas cuadras de su departamento, otras manos (las suyas) buscan los puchos entre la ropa.  No están. 

Se lo recriminará todo el día, pero sobre todo en esa franja muerta, de 7 a 8 am.

Atraviesa el hall como un fantasma y desciende hacia el primer subsuelo del edificio.

Un lugar que supo tener un bar estudiantil, un centro cultural y un aula magna, hoy luce como un depósito de sillas amontonadas y armarios grafiteados.

Entre estos armarios está su pan: cuadernos y lapiceras.

Los apila prolijamente en una caja de resmas y enfila a su puesto de venta: dos pupitres (uno para él, otra para la mercadería), dos metros cuadrados, ubicados a escasos pasos del portón de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en la calle Puan, entre Goyena y Bonifacio.

Ahí se sienta Juan Lojo y pacientemente observa. 

De 7 a 20 hs, de Lunes a Sábado, de Marzo a Diciembre, y en un parpadeo, habrán pasado ya treinta años, o quizás cuarenta (qué importa a esta altura), sentado, observando. Cambios de gobierno, nuevos decanatos, marchas y contramarchas, ciclos y rupturas, generaciones y generaciones de vida universitaria.

Con la abnegación de un guardián, con el sigilo de un monje y con la libertad que le confiere a cualquier criatura en esta tierra el don de la invisibilidad, Juan observa. 

Y en ese acto, la Universidad resiste.

Porque todo abandono comienza cuando la mirada se aparta.

Sea una casa, sea una persona, sea una universidad.

Aquí están los ojos que la vieron.

Aquí están los ojos de la Universidad.

II

          “Cada cien metros, el mundo cambia”

Roberto Bolaño

Caminar hacia Filo (así le decimos a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA los puaners  – sus estudiantes- ) es dejarse llevar por esas elegantes calles arboladas, de estilo parisino, a cuyos pies se postran limpias veredas, celosamente baldeadas por encargados sommeliers de las apetencias de los vecinos de este particular barrio de Buenos Aires, llamado Caballito.

Sea con perro, o sin él, sea a una panadería o a un almacén, sean sólos o sean padres con niños bien, el porteño de Caballito, en su albur de clase media, gusta de su barrio y orgullosamente exhibe su enamoramiento, caminándolo. 

Por esto, no hay nada que lo fastidie más que sus veredas no estén como el suelo de su living.

Mientras avanzaba por Pedro Goyena, pensaba en lo irónico de todo esto.

Radicarse justo aquí, entre colegios privados y edificios cuyas expensas valen un monomabiente, hace de la facultad un contrasentido, una isla, una burla a tanta gentrificación y vecino tilingo. 

Fachada principal de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en el barrio de Caballito.

Frente a la puerta de entrada unos puesteros se frotan las manos y charlan mientras suena Los del fuego

A metros del Hall, un letrero enorme colgado del techo, me obliga a mirarlo. 

“Para derrotar el ajuste de Milei, recuperemos el CEFYL” 

Me quedé allí leyendo esa letra imprenta clara y distinta sobre la cartulina roja , y divisé allí un par de rostros conocidos.

El exiguo número de estudiantes que llegaban, por goteo, sobre esas horas del mediodía de Junio hacían del Hall un lugar mucho más amplio del que recordaba.

Justo en ese Hall, paso obligado de todo habitante de Filosofía y Letras, se sentaba Juan.

30 años estuvo allí. 

Suficiente tiempo para hacerse un nombre. 

Suficiente para hacer de ése su lugar. 

Suficiente para sentir un extrañamiento al pasar por allí y no verlo.

Escalera central de la facultad cubierta por carteles y afiches de agrupaciones estudiantiles

III

Las palabras, los puchos, los amigos, las partidas de ajedrez, los capuccinos, River, los puchos, los libros, las manías, los cuadernos, la política, los puchos, el dinero.

Todo eso aparecía y desaparecía en la vida de Juan en medidas y proporciones que escatimo pero no alcanzo a divisar con exactitud.

Ahora bien, de lo que estoy seguro, es que la suma de todas esas acciones no alcanzaban a empatar a su pasatiempo favorito: sentarse y observar.

Observar aquí es observar en silencio, durante un largo tiempo, sin interrupciones, hasta diluirse, hasta volverse invisible.

A veces con auriculares y en puntas de pie, otras en atolladero, los estudiantes de Filo declaraban a Juan su invisibilidad mediante diversos actos: algunas veces he visto como algún ingresante se asustaba de verlo de pronto como si se tratara de una aparición.
Tiempo después comprendí -o creí comprender – que este don o esta condena – la de estar vivo y ser invisible-  se relacionaba con una forma de estar en el mundo. 
Y en Filo. Aquí valen lo mismo.

Juan Lojo fuma durante una jornada en la facultad

En realidad, confieso, no lo comprendí yo. Me lo dijo José Jamen, puestero chileno de Filo, que lo conoció muy de cerca.

“Juan era el puestero más viejo de nosotros”

Mientras lo decía, pensé hasta qué punto la costumbre va fundiendo al ser humano con su entorno y diluyéndolo en una suerte de continuidad, de telón único en donde no se divisa el paisaje de la figura. 

Las colillas aplastadas, los pupitres pintarrajeados y los cuadernos basicones no sólo agotaban el mundo material de Juan, sino que eran, a su vez, una continuidad – y un anuncio premonitorio – de esa facultad roída de ascensores rotos, palomas enfermas y techos que llovían. 

Tiempo después, otra conversación, capturada en forma casual de una noche con puaners en Parque Centenario, me revolvió algunas ideas sobre el tema:

“Ah sí, ya sé quién decís, el de las lapiceras” me respondió un pibe, luego de tratar de adivinar a la persona detrás de ésta crónica.

No sabía cómo se llamaba, más aún no sabía qué tenía nombre. 

Pero sí tenía las lapiceras, sí tenía aspecto, si tenía impronta.

Juan estaba pero como adjetivo, nunca como nombre; como artículo de decoración, como un mueble más de Filo, como informando algo de otra cosa, como no siendo el titular de su propia existencia.

A pesar y gracias a esta condición errante, Juan va a hacer gala de una serie de habilidades y perfiles que hacen las delicias de aquellos que lo conocimos con nombre y apellido: me refiero a su manera de ilustrar un concepto por horas sin perder la línea; de su curiosidad renacentista en la cual danzaban Epicuro, Wagner y Da Vinci; de su ajedrez, donde era todo un rey; de su prolijo capuccino sin canela a las 18 hs; de su olor a tabaco y humedad que lo seguían como la marca de agua de su pobreza.

Entre todas esas facetas, no omitiré aquellas que lo asaltaron en vida: el paria, el desheredado, el adicto, el loco, y al final de su vida, el liciado, el enfermo, el linyera.

Si, Juan estaba rodeado de pérdida diría un estudiante de psicología. 

Lo suficiente como para entender que la bohemia no era un yo literario, sino una respuesta más o menos consciente: la de volverse invisible del mundo por un rato.

No para fugarse de él, sino para estar en él, para hacerlo tolerable, para hacerlo habitable. 

El fantasma que siempre estuvo ahí, al lado nuestro.

Estudiantes circulan por el hall de la Facultad de Filosofía y Letras.

IV

Los Lojo vinieron de España, en el primer tercio del Siglo XX, y se asentaron en Villa Devoto. Como parte de una clase media porteña para la cual el estudio universitario carga con un sentido social elevado, Juan se inscribió como estudiante de Filosofía y cursó algunas materias hasta que la academia, según comentaba, lo hizo a un lado.

En los 90 incursionó en el LCD, para luego canjearlo por la cocaína, y más tarde por el alcohol y el tabaco.

“Una vez se quedó paralizado en su puesto y tuvo que venir la ambulancia a sacarlo, pero él no se movía. Lo tuvieron que sacar con silla y todo”

Me recordará José Jamen tiempo después.

Entre la adolescencia y la adultez rompió lazos con su familia, cuyo más estrecho contacto – conflictivo pero consistente – recaerá en su hermana.

Por los 90, no pude precisar exactamente en qué año, se asentará en Filo y las lapiceras y cuadernos lo seguirán como una huella.

Si, Juan era el perfecto ejemplo de lo que en las Ciencias Sociales se conoce como población vulnerable. Los días los pasaba en Filo, las noches en un dormitorio cercano a la facultad. 

En esa precariedad de la existencia, entre la caridad, la changa del puesto y el mangueo, Juan no lucía enojado, ni resignado, ni tampoco melancólico. 

No había un gesto de rabia contra el mundo, sino un ánimo templado, paciente y un ramillete de actividades que lo mantenían activo, vital y, por momentos, embobado como un adolescente. 

Juan Lojo juega una partida de ajedrez en la facultad

“Se lo compré a Juan Lojo, me lo vendió por 300 pesos”. Me dice José señalando un ajedrez. Yo lo sabía porque con ese ajedrez Juan organizaba torneos en el Bar del CEFYL (Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras). 

“Era muy bueno. En un momento en Filo se decía que quien le ganara una partida a Juan Lojo le daban el título”. Nos reímos.  

Más allá de su veracidad, recuerdo que Juan hablaba del ajedrez con admiración, como si allí se conservaran los vestigios de una racionalidad perdida.

Como buen cartesiano, tampoco desperdiciaba la oportunidad de destilar cierta soberbia. Juan respetaba a los rivales inferiores pero entendía que era una pérdida de tiempo jugar contra ellos. 

Sus referentes estaban fuera de Filo, en el Club Argentino de Ajedrez donde era socio y solía frecuentar dos veces por semana. 

Partida de ajedrez en el Club Argentino de Ajedrez.

Detengo el tipeo y doy un paso atrás para ver mejor el laberinto de su vida; me asalta una pregunta, aguijoneada por la culpa.

Idealista, invisible, bohemio, racionalista, libre, universal. 

Juan era todo eso, mientras sufría la humedad filtrada por las zapatillas de lona y era alimentado diariamente por una milanesa de soja del Centro de Estudiantes.

Cualquiera de nosotros se hubiera enojado. O en todo caso, se hubiera vuelto melancólico, o simplemente, una persona triste.

¿Cómo conservó el equilibrio en esa situación? ¿En qué se sostuvo?

No hay respuesta a esta pregunta. Al menos, para quien escribe.

Solo dispongo de una certeza; 

Juan no se había rendido. 

Juan observaba, y por momentos, reía.

V

No es fácil conocer a una persona invisible.

Rumio que nos llevó a trabar una relación de confianza. Esa clase de persona donde la afinidad y el tiempo van instalando una serie de complicidades y un fondo recuerdos comunes: una intimidad que se parecía mucho a la amistad. 

Presumo que el motivo que nos unió fue que Juan, a pesar de sí mismo, tenía un cuerpo que cuidar.

Si, había una materialidad que, aunque olvidada y relegada, reclamaba también sus derechos en el concierto de su vida.

“Quiero hablar con vos, avisame cuando estés”. 

Además de conocernos por la vida facultativa, él sabía que yo era el presidente del centro de estudiantes. Buscaba una pierna.

“Me roban mercadería del armario, y ahora me quieren rajar”. Se refería a las autoridades con las que mantenía tensiones tan intermitentes como reiteradas.

Si algo nos enseña la Universidad Pública, además de rendir finales, es que nadie se salva solo.

Desde la preparación de una materia hasta el acto de presentar unos papeles, siempre andamos necesitando de un otro. Los actos individuales, aunque posibles, suelen naufragar en las ventanillas, o peor ahora, en los impersonales e impiadosos contestadores automáticos. 

Para cambiar, para hacer ruido, en las universidades nacionales lo que aparece es la red, es lo colectivo, es el solicitar a otro que te banque; y sino, que te escuche y piense el problema con vos. 

En Filo, esa dimensión social, vincular y afectiva tiene su sede en el patio de la facultad, más precisamente en torno a la figura de una firme araucaria a la que todos totemizamos como el pino.

Estudiantes se reúnen alrededor de la araucaria conocida como “el pino”.

Por eso cuando Juan vino a contar su problema, no podíamos hacer otra cosa más que bancarlo: terciar, hablar con las autoridades, pasar información, bancarle su lugar en los períodos de toma. Básicamente, estar ahí para él como otros estuvieron para nosotros.

Así las cosas, ese gesto fue la piedra de toque de una relación que pasó del interés a la confianza, y de la confianza a la amistad. 

Asamblea estudiantil sobre la calle Puan, frente a la facultad.

Corrida esa primera cortina del ventanal, fui descubriendo a la persona detrás del personaje; al que siempre se la rebuscó para salir a flote, al que pensamiento y voz encontraban una hilación firme y sólida en esa garganta arañada por las adicciones.

Al polizonte que nunca viajó, al soñador metódico, al filósofo asistemático, al poeta y al inventor de palabras (o epítetos) por los cuales abrazaba o hería con misma intensidad; el silencioso, el intempestivo, el de los audios, el que creía en la humanidad, el misántropo, el refinado, el básico, el que se queda mirando, desde quién diablos sabe donde, el argumentador, el insolente, el empecinado en fabricar historias asombrosas. ¿Dónde irán a parar, ya sin vos, tantos personajes?

Siempre pensé que no era extraño que Filo haya cobijado a Juan. En definitiva, Filo es uno de esos lugares que conserva un universo de reglas particular, en donde lo asombroso y lo terrenal encuentran límites difusos.

Pero me tiento a mirarlo del revés. 

Puede que Juan, el puestero de la entrada, el loco de las lapiceras, es quien haya revelado lo que la Universidad pública es capaz.

Su potencial para quienes la defienden, el peligro para los canallas que hoy la castigan.

Devolverle un lugar a la gente sin lugar.

Devolverle un país a un paria.

No deja de sorprenderme esta inversión; por su ácida simetría, por su elegante venganza, por su guiño al protagonista.

Detrás de la magnífica UBA, la de los premios nobel, la del orgullo argentino, respira una comunidad que abriga a los que andan por el mundo perdidos. 

Un vendedor de lapiceras arrancó esa verdad que hoy nos atraviesa a todos los que defendemos la Universidad Pública.

Estudiantes juegan al ajedrez en uno de los pasillos de la facultad

VI

Juan Lojo murió un 28 de septiembre de 2023 de un enfisema pulmonar.

En la primera página del libro de poemas y ficciones, del cual es autor, Juan escribe:

“Dedico este libro a todos los que anden por el mundo sin patria y sin dios” 

Lo escribió en la Universidad de Buenos Aires hace algunos años.

Breve Antología General (Cuento y poesía), libro escrito por Juan Antonio Lojo

VII

Suena otra vez esa melodìa. 

Me levanto de la cama y prendo la radio. Mientras pongo el agua en la pava, reviso las notas de clase. Decir unas palabras en la formación, leo, después de apurar la taza de té, y conjeturar por qué razón dejó siempre la parte del final.

Un comentario sobre la marcha por la ley de financiamiento universitario es lo que tardo en lavarme los dientes, agarrar unos guantes, gorro de lana, perder y encontrar las llaves, y salir a pedalear hacia el primero de los tres colegios en el barrio de Constitución.  Docente bici, le llaman.

En clase dos alumnos escuchan. 

Uno habla.

Amenazas de tiroteos

Mañana serán otros. 

En la sala de profesores tocamos el tema.

Tengo un conocido que este mes dejó las aulas.

Podríamos ser todos, pienso.

Probamos palabras que pongan nombre a todo eso que hoy amenaza con convertir los colegios y la universidades en un espacio insoportable. 

Ajuste, neoliberalismo, redes sociales, violencia son algunas.

Suena el timbre del recreo y todos a las aulas. La efervescencia se disipa – últimamente, suele pasar – en un registro de impotencia que como un techo de cristal impone un coto al discurso. 

Pero la bronca – como las filtraciones de humedad – ya no pide permiso.

Toma el cuerpo y se esparce. A veces en una niebla espesa, fría y quieta. 

En otras ocasiones, se convierte en una poderosa serpiente humana hecha de guardapolvos, docentes, columnas de estudiantes que ingresan a Plaza de Mayo desde las diagonales y calles aledañas. Desde unas de esas calles, bajo el peso de las mochilas y los abrigos, entre las batucadas y los pisotones, veo ondear banderas y carteles al viento. No se sostienen solos. 

En definitiva, ¿Quién podría hacerlo?

La Universidad pública me lo recuerda.

A veces, con una pancarta.

Otras, con una caja de resmas.

Estudiantes durante una clase de trabajos prácticos en la facultad

Juan explica su inicio en el ajedrez y los primeros torneos organizados por él en Filo.

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