Un cine del estar ahí: El Príncipe de Nanawa de Clarisa Navas

Por Nicolás Grandi

La frontera es un espacio seductor donde confluyen diversidad y universos. Es en ese lugar límite donde Clarisa Navas, mientras estaba grabando una miniserie documental sobre mujeres entre fronteras, se topa con el pequeño Ángel de nueve años. Un niño cautivador, de padre de ascendencia alemana y madre paraguaya “Yo quiero ser veterinario y hacer una guardería para todos los animales del mundo. Todos pueden traer sus animales y yo, Ángel Omar Stegmayer Caballero, los voy a cuidar. Porque soy paraguayo y un argentino independiente. Soy paraguayo y mi sangre es argentina”.  En la frontera, donde el comercio y el contrabando conviven, encontrarse con esta sensibilidad confirma lo poroso y fértil que este tipo de territorio puede llegar a ser.  

El Pilcomayo separa las ciudades de Clorinda y Nanawa, y la cámara constantemente cruza la pasarela de un lado hacia el otro siguiendo al pequeño Ángel. Las mercaderías afloran en miles de pequeños comercios improvisados. Ese cruce se repite a lo largo de las tres horas y media de película, tiempo en el que se plasman diez años del crecimiento de un Ángel niño, carismático y  locuaz. Un Ángel adolescente, que se enfrenta a descubrir un tipo de masculinidad donde el límite seductor de la frontera entre lo legal e ilegal conforma una subjetividad particular. Y un Ángel en las puertas de la adultez, a punto de ser padre. 

Pero la película no es específicamente sobre Ángel, sino sobre la construcción de un vínculo entre él, Clarisa y el pequeño equipo de rodaje. Sentarse a ver el documental implica sumergirse en una experiencia temporal donde se despliegan varios sentidos sobre los afectos, y sobre la potencia que existe al ser capaces de sostenerlos a lo largo de los años. En tiempos donde el descarte instantáneo en los vínculos y el consumo snack de imágenes son la regla, reencontrarnos con esto es una declaración poética, estética y política. El Príncipe de Nanawa propone al cine como proceso, como potencia reconfiguradora de la manera en que construimos nuestras relaciones. 

El Príncipe de Nanawa

Argentina/Paraguay, 2025.  210´

Guion y dirección: Clarisa Navas

Realización e imagen: Lucas Olivares y Clarisa Navas

Producción ejecutiva: Eugenia Campos Guevara

Montaje: Florencia Gómez García

Con: Angel Omar Stegmayer Caballero

La frontera entre cine y vida se diluye. Hay una concepción imperante dentro del universo de este arte nacido del hibridaje con la industria donde la vida se interrumpe para que el cine se pueda hacer. Pero a la vez, la historia nos ha brindado cientos de ejemplos que pensaron y practicaron mayores hibridajes que son ejemplos donde esa interrupción no es tal, sino que cine y vida se pueden volver una práctica indiscernible. En este sentido, cuando la antropología y la etnografía adoptaron al cine como herramienta la práctica cinematográfica se enriqueció.  Por ejemplo, el cine antropológico del australiano David MacDougall empezó a problematizar la cuestión de la autoría, en su concepción lo central era ser un partícipe en la cocreación con los sujetos con los que trabajaba. Su cine es una invitación a ser visto como un encuentro de subjetividades que buscan tejer un relato colaborativamente. Otra gran referente es la cineasta y teórica de la diáspora vietnamita Trinh T. Minh-ha, que dio un giro a la concepción del cine etnográfico al elaborar una mirada “cerca de” los sujetos. Es decir, un corrimiento radical de la idea de “darle voz a”.  Concepciones que han permitido desplazar a esas disciplinas nacidas del colonialismo.

El Príncipe de Nanawa pone en práctica esta cocreación como proceso que demanda tiempo. El espectador necesita entregarse a este tiempo, porque los vínculos y los afectos se tratan de eso. De permitírselo, necesitaríamos revalorar colectivamente –como práctica de volver a poner en valor– de qué se trata sostener nuestros vínculos, de ser testigos de nuestras propias vidas, de tejernos mutuamente como frente disidente al extractivismo de la imaginación. Clarisa nos regala una oportunidad de reencontrarnos con la vitalidad del proceso de la vida. 

Similar Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *